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Celso Peyroux

Obituario

Celso Peyroux

Santiago y cierra Teverga

Despedida a un vecino ejemplar y modelo para las generaciones venideras

Creo que aquel grito de ardor y entusiasmo –“Santiago y cierra España”– lo aprendimos los niños de mi generación cuando, armados de espadas de madera, arcos de fresno y flechas de avellano, leíamos con vehemencia las aventuras del “Capitán Trueno”, con su escudero Crispín y el forzudo Goliat. Terminada la clase diaria de don Arturo, nos íbamos todos al Peñón de La Marquesa a jugar entre las breñas de la pétrea atalaya y en las frondas de los castaños. Allí nos dábamos cita Carlos “el berciano”, Balbino Genuterio, Pepe Luis Culada, Pepe Concha, Manolo Visita, Julito Braña, Amador, Toni Barato, Santiago, el de Firme… y este cronista, entre otros. Tiempos felices entre dos bandos con el grito guerrero que invitaba a una lucha incruenta, donde nunca había ni vencedores ni vencidos y el deseo de mostrar a los adultos, desde la puericia, que las guerras no conducen a nada más que al dolor, el odio y la venganza. Con la llegada de la noche, algún moratón en los brazos y rendidos de cansancio por los saltos y carreras, cada uno regresaba a su casa más felices que si tuviéramos un caramelo en la boca. Santiago González Arias, con la tierna infancia entre las manos, había llegado un día de Madrid a vivir con sus tíos. Era para nosotros algo nuevo con su lengua castiza y la gracia que nos producía su inexperiencia cuando, en días de lluvia, se caía una y otra vez a causa de las madreñas un poco extrañas en sus pies. Buena gente desde niño, educado, generoso, trabajador y estudiante del montón como todos nosotros. Sus padres adoptivos, Aurora y Firme –de las mujeres y hombres de entonces, casta sana, dignidad y honradez– le enseñaron los principios éticos de la vida y, así, fue Santiago un hombre ejemplar, un marido modelo y un padre y abuelo cariñoso.

Santiago y cierra Teverga

Siempre juntos. A la escuela al colegio San Pedro, Pedrera arriba, diabluras insólitas; a cortejar mozas a las fiestas por los pueblos; los juegos nocturnos del verano pisando la hierba en los pajares; “robando” peras en Cotariello y a truchas por el río sacadas a mano. Luego, Santiago sería un consumado pescador con su licencia: cucharillas, gusarapas, marabayos, merucos y los cocos de los narvasos del maíz. Siempre juntos a las fiestas, hasta que un buen día -–muy buen día, para ambos– llegó María Elena Rozada y nos lo llevó. Buena tarde echó Santiago el día en que conoció a la mujer de su vida. Mujer profunda, bella en sus modales y en su cuerpo. Una perla cultivada, de las pocas que quedan en el socialismo de este pícaro país, donde todo el mundo ansía su parcela de pesebre y de poder.

Buen comerciante, con don de gentes y de venta, estaba orgulloso de haber vendido miles de diarios de LA NUEVA ESPAÑA y cientos de ejemplares del libro de “Teverga, Historia y Vida de un concejo” que por los años ochenta se vendía, hasta el final de la edición, como los “suspiros” en la confitería de Morocha y Conchita en “La Favorita”.

Santiago querido –“… nosotros los de entonces, ya no somos los mismos…” (Pablo Neruda)–, pero los pocos que aún quedamos en este rincón de la vida plena de añoranzas y recuerdos nos subiremos una tarde al Peñón de La Marquesa para gritar con todas nuestras fuerzas, como si fueran flechas de avellano lanzadas al viento, “Santiago y cierra Teverga”. Seguro que nuestras voces, a modo de plegaria y de recuerdo llegaran a ese país silente y misterioso donde habitan los justos.

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