27 de mayo de 2008
27.05.2008

Carta a Javier Fernández

27.05.2008 | 04:48
Carta a Javier Fernández

Muy señor mío: Como mejor proceda y con el debido respeto a su persona y la máxima consideración a la institución que representa, permítame algún recordatorio, dado que es usted amante de la cultura y de las frases lapidarias. Desarrollemos alguna, incluso de su ideario, que bien pudieran ser aplicadas al mal llamado «caso Campelo» -año 2000-. Le recuerdo que cuando el viento del olvido sopla, mata; así que no permitamos que borre nuestra memoria. Señor Fernández, tiene usted una deuda con los asturianos, desde que afirmó que si Campelo es culpable «lo primero que haré será pedir perdón a los asturianos» -martes 24 de abril de 2001, las hemerotecas están al alcance de todos-. Me explicaré: después de calmado el ánimo de quienes pedían la cabeza del secretario general UGT-Nalón y portavoz del Grupo Socialista en el Ayuntamiento de Langreo, para acabar con él políticamente; después del tiempo transcurrido; después de la sentencia del 12-10-2007, oída su propia declaración en la vista del caso, la de don José María García, alcalde de Langreo -no socialista-, a quien desde aquí le envío mi más expresivo reconocimiento por su integridad, nos adentramos en enero de 2008, con la campaña electoral prevista para el 9 de marzo; después de que los socialistas -yo también- hemos ganado las elecciones, que oportunamente me tomé la libertad de felicitarle a usted y a la FSA, es, pues, tiempo de que hoy, desde el sosiego y la reflexión, usted cumpla con el compromiso adquirido, como consecuencia de creer sospechas antes de constatar verdades. Como la justicia no le declaró culpable, es obligada una rectificación, «no sea que la justicia no esté capacitada para diferenciar la sospecha de la verdad».

Señor Fernández: en mi escrito como compañero del 12-10-2007, con registro de entrada 7-11-2007, le rogaba encarecidamente, y también a la FSA, la rectificación. Hoy me dirijo a usted como ciudadano, como asturiano, en los términos recordatorios ya referidos, y le ruego que, apelando a su talante, a su prestigio -no necesario referir aquí-, no olvide su compromiso. Las golondrinas regresan a sus nidos en primavera, y la pregunta sigue siendo la misma. ¿Y ahora qué?

Señor Fernández: he meditado largo tiempo ésta mi decisión, consciente de los riesgos que entraña para interpretaciones diversas e incluso con las peores intenciones; digamos, la tenía en el congelador. Creo que no deberíamos -permítame- emplear más tiempo, dado que el transcurrido nos puede permitir «juzgar» con cierto sosiego y mejor perspectiva, al considerar que algunos protagonistas beligerantes hayan reconsiderado su postura -me consta que es de su conocimiento que así es- y que ésta mi inquietud no es la única que está sobre su mesa. Desconozco si el ciudadano Campelo es merecedor de su olvido o ni siquiera de estas reflexiones. Como le digo, he meditado mucho y me he animado después de oído el debate de investidura de nuestro presidente; no sólo su intervención, sino la de todos los grupos de la Cámara estaban orientadas a la colaboración y la rectificación de los errores anteriores, con propósito de enmienda e intentar que todos podamos ser mejores, incluso cuando ejercemos la autoridad -como es su caso- con arreglo a derecho, en definitiva, con la autoridad que legitiman las urnas. Es por ello que usted está obligado, por coherencia y lealtad al ideario socialista, a la rectificación. Quiero entender que la decisión tomada en su día fue colegiada. Si esto es así, como creo, no podría ser de otra manera que ningún responsable político, ni siquiera militante, ya sea por acción u omisión, se inhiba de la responsabilidad que nos corresponda, independientemente del cargo de cada cual. Yo al menos no permito que nadie diga: «Eso son cosas de Javier», no puedo menos que alzar mi modesta voz, ya que otras más autorizadas guardan silencio. Siendo sordos a voluntad y ciegos siendo videntes, es cierto que los socialistas, en su día, hemos valorado positivamente el gesto, hoy no compartimos el acierto y, demostrada la no culpabilidad, es necesario que el gesto sea la rectificación.

La ley de la Memoria Histórica será también en este caso justiciera. Nuestro presidente del Gobierno nos repite con frecuencia: «Se puede decir todo con una sonrisa» y viene a mi memoria Indalecio Prieto cuando dijo: «Me declaro culpable, ante mi conciencia, ante el PSOE y ante España entera, de mi participación...» No es el caso, aunque se parezca en la génesis del planeamiento. No hay que radicalizarse, aunque tengamos plena responsabilidad en su preparación y desarrollo. Aquí no hay culpables, perdón, sólo lo piden éstos, usted no lo es, pero tiene un compromiso pendiente con Asturias, con los ciudadanos y con el PSOE. También recuerdo de la época de Prieto otra frase, «no esperemos a que vengan las izquierdas hasta que las derechas entren en razón», claro que en este caso pudiera ser a la inversa, aunque hoy planteamientos de este tipo sean menos frecuentes.

Me es muy doloroso expresarme en estos términos, pero debo decirlo alto y fuerte, para que se me oiga: al ciudadano Campelo no se le intentó defenestrar sólo por un error suyo; ha sido un programa preconcebido por las razones ya expuestas. El señor, perdón, los señores que lo organizaron -ver hemerotecas- también deberían dar alguna explicación. Si no la dan y tampoco recurren la mencionada sentencia, es que la acatan; y si esto es así, ¿qué opina usted, señor Fernández? ¿la decisión es suya o de la FSA? Defenestrar a un compañero es grave; y si es de la talla de Campelo, más grave aún, dado que era un cuadro muy significativo del socialismo asturiano. El PSOE prevalecerá, pero el verdadero drama será si nadie aprende nada. Es, pues, preciso que todos sepamos leer la historia con lealtad a la verdad, sin renunciar al legado histórico del socialismo como lucha esforzada por la igualdad, la justicia y también por la fraternidad. La verdad es un proyecto inacabable, son dudosos los que ya han encontrado la verdad, tampoco la justicia es perfecta, yo sólo ruego y solicito la justicia necesaria. ¿Se acuerda usted de Demetrio Madrid? ¿Acaso alguien piensa que actitudes semejantes puedan salir gratis? Siempre habrá alguien que guarde la factura, quedando pendiente como memoria histórica.

Mi formación, como le explico en el escrito ya referido, no es suficiente para poder armonizar la convivencia social con la política. Usted sí la tiene, señor Fernández, y le ruego un análisis del mal llamado «caso Campelo». Algunos creemos que ha sido fruto del voto cautivo y no de la lealtad democrática responsable e institucional, donde no se rehúye la responsabilidad personal, ni se tiene el culto al personalismo perpetuo. Nuestra democracia nos ha enseñado a ir bebiendo poco a poco y con mesura, unas veces para que no se nos borre la memoria y otras para el olvido y el perdón. Esta reflexión tampoco es mía, la pronunció el presidente del Congreso de los Diputados -permítame-, el compañero Pepe Bono; también esta expresión es muy oportuna al caso que me ocupa y ha sido decisiva para dirigirme a usted como ciudadano.

Permítame que, ya abusando de su generosidad, si es que merezco su atención, alguna reflexión más que yo he aprendido de usted y de otros socialistas muy significativos que bien pudieran ser aplicadas: una ley no es justa por el hecho de serlo, debe ser ley porque es justa. Yo no encuentro hora o día, verano o invierno, que no necesite encontrarte, yo agregaría para sumar.

Vivir sin ideal es vivir a medias, ¿se acuerda? A todas ellas agregaría que, independientemente del resultado y las consecuencias de ésta mi libertad aquí expresada, me queda el consuelo de que el discrepante leal pueda estar en lo cierto, o aunque sólo sea en la defensa del diálogo, el entendimiento y la unidad, sabiendo que perdonar con empatía todos los días da más felicidad, tranquilidad y se duerme mejor todas las noches, o mejor todas las noches, o me quedaré al menos con la satisfacción del deber cumplido con arreglo a mi conciencia. Mi ideal es seguir trabajando en la defensa de los humildes, de los más desfavorecidos, de los que no lo tienen todo.

Señor Fernández: es mi deseo el absoluto respeto como ciudadano. Observará que no doy nombres. No sería leal ni ético (no hace falta), pero como aprendiz de socialista en el debate interno ¡que se me ha negado!, aunque pudiera ser beligerante, mi lealtad incluso en la discrepancia es inquebrantable a las personas que les ha tocado el honroso deber y la responsabilidad de la gestión y la organización a la que pertenezco: el PSOE.

Nada más, señor Fernández, espero que éstas mis reflexiones como ciudadano lleguen a su conocimiento, dado que me es imposible «constatar» que mi voz le pueda llegar como militante, en cuyo caso mi tratamiento sería igual de respetuoso pero diferente... compañeru Javier:

No tengas la menor duda de que mi disposición es de reconocimiento a tu gestión y a tu persona, pero algo hay que hacer, con el convencimiento de que el PSOE también es reconocido por la rectificación de sus errores.

Para terminar, una última reflexión: no quisiera que nadie llore sus culpas por la decisión tomada o sus desdichas por haberse equivocado.

En este convencimiento, idea e ideal, seguiré trabajando en la defensa de los valores socialistas con el deseo infinito de paz y amor al bien.

Reciba un cordial y cariñoso saludo de este aprendiz de socialista.

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Antonio Suárez Peón es un veterano militante del PSOE de Laviana

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