22 de enero de 2017
22.01.2017
Crónicas Desde La Infiesta

Fernando y el bisonte

La historia de un veterinario al que un vuelco del destino le hizo luchar por la conservación de una especie que se extinguió en la mayor parte de Europa

22.01.2017 | 02:50

El personaje. Fernando Morán nace en Avilés el 8 de Marzo de 1971. Cursó la carrera de veterinaria en la Universidad de Santiago de Compostela, Facultad de Veterinaria de Lugo. Después de trabajar en múltiples proyectos relacionados con la naturaleza, la sanidad animal, el medio rural, incluso en la dirección y propiedad de una clínica veterinaria, completamente afianzada. Decide abandonarlo todo e iniciar una aventura apasionante con un fin absolutamente altruista: Salvar de la extinción al bisonte europeo, un animal emblemático e imprescindible en el medio natural.

Historia. Un día de asueto, hace ya unos diez años, Fernando, llevado por su afán natural, decide visitar el zoo de uno de los pueblos más bellos de España. Allí en Santillana del Mar, vive una auténtica Odisea. Un bisonte hembra lo elige de entre todos los visitantes, lo empitona y lo lanza por los aires. Odisea, que así se llama el bisonte, sabía que era el hombre que habría de recuperar la especie y en su torpeza, de ese modo se lo hace saber. Aún no se había recobrado del susto y nuestro veterinario lee "Bisonte Europeo en peligro de extinción". Ese revolcón, esa Odisea, ese rótulo, cambia la vida de Fernando y éste la del bisonte, como especie.

Prehistoria. El ecosistema primigenio, formado por praderas interminables, producto de las manadas de estos gregarios animales. Intercalados de grandes y viejos árboles, los que al final se libraban de la voracidad de bisontes, uros, caballos y ciervos. Y el hombre en aquellos tiempos aún solo un depredador que no había comenzado a modelar el paisaje.

Las hordas depredadoras seguían a los animales a lo largo de la trashumancia ibérica. Estas migraciones tróficas eran parecidas a las actuales de los ñus y cebras en el Masai-Mara-Serengueti de África. Estas tribus cuando llegaban a una zona con la suficiente cantidad de recursos, decidían trocarse al sedentarismo.

En estos asentamientos utilizaban rudimentarios refugios. Al principio formados con ramas, arbustos y hojas secas, después se irían complementando con troncos de árboles caídos y piedras encontradas al azar. Acabando en las chozas geométricamente perfectas que conocemos, con muro de carga de piedra natural y techados con estructura de madera y cubierta vegetal.

Y por fin, según avanzaban en la urbanización del territorio, surgían las manifestaciones sociales. Los líderes seducían al resto del clan exhibiendo cualidades que los destacaban: eran más fuertes, más hábiles cazadores, incluso más diestros artistas. Poseían una extraordinaria aptitud para la expresión plástica. Las cuevas, entonces templos de culto religioso, verdaderos altares en los que gracias a lo preservado del lugar, hoy tenemos constancia de las primeras obras de arte humanas.

Cuento: El bisonte . El jefe del clan, un hombre fornido, con las líneas superciliares marcadas, atezado en bronce, membrudo, corpulento, barba hirsuta y cabello enmarañado. Vestido con una piel de oso, que años ha, él mismo hubo cazado, para demostrar que estaba destinado a liderar el grupo.

Se encontraba frente al lienzo paramental. Sixtina destinada a albergar la figura del gran bisonte, un animal enigmático, misterioso que solo aparece una sola vez en la vida y que Él estaba destinado a pintar y cobrar con su venablo.

Esbozando la escena en su cabeza, dibujando allí en lo más profundo de la cueva, bajo la luz tenebrosa de la lámpara de tuétano, con pinceles de crin de caballo. Va rellenando el cuerpo, anteriormente perfilado con plantillas de cuero.

Las gotas de sudor por el calor, el fervor de los recuerdos de la lucha cinegética, la creencia ciega en su poder de deidad omnipotente, el realismo de sus dibujos. Las sombras cimbreantes resultado de la luz tenue de las llamas.

Se funden con las figuras de los bisontes que corren por la piedra de la caverna. Y provocan una sensación de movimiento. El gran bisonte cobra vida y comienza a galopar en estampida en dirección a lo más profundo de la cueva. Igualmente la turba de hombres hilarantes los persigue con sus arcos y lanzas. Es un líder, no tiene miedo, pero sí que presiente lo azaroso del gran momento.

Absorto, no sabe si como figura de un boceto de dibujo o auténtico y real, inclina la lanza y la apalanca contra el suelo, clavándola contra el gran monstruo, chorros de sangre, sudor y lágrimas, de Él mismo o de la bestia, se funden con la piedra, entre tintes de cera, carbón, sanguina y muerte. Petrificados para la eternidad.

El bisonte, bisus bonasus. El bisonte europeo, bisus bonasus, es el mayor mamífero del continente, de alrededor de 700 kilos y casi 300 centímetros de largo, un artiodáctilo de los más amenazados. Un milagro de la lucha por evitar la extinción de una especie.

Un nicho ecológico desocupado. El bisonte es una desbrozadora viviente. Ocupaba un estatus que después de su desaparición en la naturaleza, ningún otro animal ha rellenado.

Los campos y bosques de Europa se quedaron huérfanos en su recesión. Las plantas que ocupan estos biotopos, acostumbradas a defenderse de los fitófagos producían tallos leñosos y se entrelazaban entre ellas para impedir su penetración.

Los bisontes al ramonear y presionar sobre estos tallos evitaban el abigarramiento y por tanto creaban el bosque adehesado, que permitía el aprovechamiento de más animales.

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