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Crónicas Desde La Infiesta

Andrés Carrera y la hormiga

Ésta es la historia de un hombre que atesora humildad y sencillez, ingredientes principales para la fórmula magistral de la felicidad, que intenta extender a los demás

Andrés Carrera y la hormiga

Andrés Carrera y la hormiga

Desde La Infiesta. Buscamos mucho tiempo este taumatúrgico lugar. La casería de La Infiesta disfruta de una ubicación privilegiada. Por su orientación al mediodía, el sol la colma de luz y calor. Por su altitud, los meteoros nieve, lluvia, viento y bruma se relevan sempiternos. Por su situación en la línea donde confluyen los bosques de castaños y hayas, se produce la mayor diversidad biológica. Por su enclave, delimita el área de habitabilidad. Por su enfoque visual, es butaca de platea preferente, para contemplar el escenario de la vida, el anfiteatro más bello del mundo.

El personaje. Estoy convencido de que fue la magia de este lugar la que me eligió a mí. Como hoy lo hace con uno de los primeros de los 100, entre todos los asturianos. Les presento a Andrés Carrera, que nació en Nava, un 3 de junio de 1959. En el concejo destinado a liderar la industria más rentable del futuro. Una factoría cuya principal producción será la exportación al mundo de buenas personas.

Andrés nació en el seno de una familia rica en principios. Fundada por dos grandes magnates de los valores, Jacinto y Angelita, sus padres, que le transmitieron el más opulento de los legados: una herencia genética en la que se hallaban inmersos dos componentes, la humildad y la sencillez. Ingredientes principales para una fórmula magistral: la felicidad.

Historia . Andrés siempre está dispuesto a realizar cualquier tarea que se le asigne o él mismo se otorgue. Disfruta con su trabajo, igual apaga un incendio, corta una fuga de agua o acude a Protección Vivil 24 horas al día y siempre con una sonrisa.

Andrés, además, consigue que Isabel (una mujer a la que Paulino, en vida, prefirió al Cintrón) esté satisfecha de sus logros. Y todo ello enorgullece a Juan, por tener la suerte de contar con tan magnífico elenco humano, capaces de ahorrar el dinero suficiente a sus vecinos como para no tener que subir los impuestos.

Cuento: La hormiga. Esta es la historia de una hormiga. Trabajadora y feliz, en un hormiguero pleno de hormigas trabajadoras y felices. Sin embargo, como en la vida de casi todo ser vivo, el día a día de este conglomerado social estaba repleto de acontecimientos de toda índole, que algunos por cotidianos no dejaban de ser terribles.

El tumulo de entrada a esta nuestra formícida ciudad estaba situado en la parte aérea de un decrépito tocón, último vestigio del otrora gran roble que fue. Hoy podrido y moribundo, aferrado a la vida tan solo por una minúscula ramita por la que aún discurrían los últimos fluidos de sabia. Esencia que mantenía a unas exiguas y diminutas hojas, todavía verdes.

Emplazado y enraizado en la ladera de una estrecha vaguada, y aunque en el borde mismo de un profuso bosque, bien orientado al sur. Ubicación elegida por aquella antaño novel princesa, cuando se aventuró en su primera y única travesía nupcial. Un día soleado de octubre, pero húmedo por las lluvias de los días previos, lo suficiente como para permitirle horadar los primeros centímetros de galerías del incipiente proyecto que con el tiempo se convertiría en una afianzada urbe de esforzados himenópteros.

Aquella estructura viviente y organizada, resultado de una constante evolución durante millones de años, sufría ordinariamente desastres o hecatombes que estuvieron a punto de acabar con la vida de todos sus miembros, ya fueran reina, consortes, princesas, obreras o soldados.

Y así sucedió una de las veces, que en una gran tormenta acabaron anegados casi todos los conductos de la edificación, terminando con la mayoría de la colonia. Quedando con vida la afortunada reina, unas cuantas obreras y la hormiga feliz, que a base de esfuerzo y cuidados volvían a reponer las bajas causadas por la riada.

O en otro momento infausto, cuando un oso hambriento por el largo ayuno de hibernación, necesitado de proteínas, inquirió en lo más profundo del hormiguero, cebándose con las indefensas y tiernas larvas, futuro de la metrópoli de insectos.

O cuando un incendio arrasó el bosque llevándose con él, no solamente la masa vegetal imprescindible para su subsistencia, sino también muchas hermanas que en ese preciso, pero imprevisible momento, andaban a labores de recolección.

A pesar de todo ese cúmulo de calamidades, nunca manifestaron el más mínimo síntoma de desánimo, queja o controversia. Porque siempre estaba ahí, incansable, impertérrita, imbatible, nuestra querida hormiga feliz, dando ejemplo. Y que a pesar de todo, nunca desfalleció.

El animal: la hormiga. Las hormigas existen hace más de cien millones de años. Pertenecen a los himenópteros como sus primas las abejas y avispas. Y como ellas son insectos sociales.

Construyen edificaciones tan sofisticadas que poseen conductos de aire acondicionado, desagües de emergencia, almacenes de alimentos, cámaras de producción industriales, huertos y rebaños ganaderos, incluso esclavos de otras comunidades.

También utilizan sistemas de intercomunicación o lenguaje con el que se transmiten necesidades e informan de situaciones complejas, como lugares donde encontrar alimento, peligros por aplastamientos o enemigos a los que atacar o de los que defenderse. Auténticas sociedades avanzadas en miniatura.

Conclusión. Siempre nos quedará Nava, Andrés, Isabel, Juan y sus vecinos, para recordarnos que la felicidad está en conseguir la de los demás.

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