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Los pletóricos cien años de Encarna Vázquez Sariego

Esta bisabuela riosana con salud de hierro vive en Felguera, el mismo pueblo en el que nació

Arriba, Encarna Vázquez celebrando su cumpleaños el pasado 1 de noviembre. | F. D.

Escuchar a nuestros mayores debería convertirse en una asignatura obligatoria en todos los centros educativos ya que transmiten, como fuente de sabiduría única e irrepetible, forjada con sus enriquecedoras experiencias vitales, un gran legado de valores que, sin duda, podría ser mucho mejor aprovechado por la frenética sociedad actual.

La vida de Encarna Vázquez Sariego, quien vio la luz el martes 1 de noviembre de 1921 en la riosana localidad de Felguera, no fue de cine a pesar de haber nacido dos meses después que el actor Fernando Fernán Gómez, treinta días más tarde que la actriz británica Debora Kerr, veinticuatro horas después que Alberto Closas y tres días antes que Charles Bronson. Aunque la dilatada trayectoria vital de Encarna no haya sido de cine, sin embargo, podría adaptarse como guion de una gran película que debería rodarse íntegramente en Felguera, pueblo riosano en el que ha residido, desde su nacimiento, los últimos cien años.

Vázquez, con su marido Joaquín y su hijo Enrique a comienzos de los años sesenta. | F. D.

“Ya no yes pa con ello”, responde tras preguntarle cómo lleva haber cumplido los 100 años. “De los 65 para arriba empecé a notar que los pies y la cabeza no anden como antes. Éramos once hermanos: siete muyeres y cuatro varones, llevaba cinco delante y otros cinco detrás y sólo quedo yo”. Ella es la única superviviente de su amplia familia.

Toda su vida transcurrió en Felguera, el pueblo riosano donde nació y que fue capital del concejo hasta 1880. “En Felguera yo nací, en Felguera me crie, en Felguera fice el nido, en Felguera me casé y no vos puedo decir donde moriré”, recita de memoria Encarna como resumen de su periplo vital.

La antigua casa donde vio la luz apenas dista cien metros de su actual domicilio. Su padre Francisco Vázquez Otero, apodado “Turón”, también era natural de Felguera y su madre Isabel Sariego Alvarez, había nacido en el cercano pueblo de Muriellos. Francisco fue minero e Isabel atendía “la tierra, la casa y a los once fíos”, afirma Encarna. El primero, Isaac, nació en 1911 y el último, Bernardino, en 1934.

La mujer centenaria con sus nietas Lucía y María y con su biznieto Nel. F. D.

Encarna recuerda que durante su infancia alternaba la escuela con el trabajo de la tierra y atender las vacas. “También trabajé durante un tiempo en La Teyera que había en La Ará y en la que éramos muchas mujeres. Luego aquello cerró y estuve de criada sirviendo amo durante 10 años en casa de Dionisio “el de los Bayos” porque su mujer estaba muy enferma. Allí hacía la comida, atendía las vacas y trabajaba la tierra”.

El sábado 2 de marzo de 1957 contrajo matrimonio con Joaquín Perera Muñiz, minero natural también de Felguera y cinco años mayor que ella. “Aunque nos conocíamos desde rapacinos, hicimos amistad bailando debajo del hórreo y comenzamos a cortejar. De viaje de novios fuimos a Gijón y estuvimos hospedados una semana en una pensión de La Calzada”, recuerda con precisión.

Sin embargo, después de la boda llegó la primera gran adversidad para el matrimonio puesto que el miércoles 13 de marzo de 1957, en su primer día laboral después de casarse, su marido Joaquín sufrió un trágico accidente en la mina. “Se mancó y perdió una pierna. Quedamos con una pensión de 907 pesetas al mes”, señala. “Salió del hospital dos meses después del accidente y anduvo con unas grandes muletas hasta que más tarde le pusieron una pierna ortopédica”.

Servicio postal

Su marido optó posteriormente a una plaza de cartero en Riosa animado por el alcalde de entonces Silvino Sariego Muñiz “metió la solicitud el último día”, señala Encarna. A principios de los sesenta tomó posesión de la cartería para repartir la correspondencia en los pueblos de Villameri, La Juncar, Les Llanes, La Cuba, El Cantu La Vara, El Huésped, La Ablanosa, Llamo, Les Texeres, San Adriano, La Cantera, Panderraices, Rozacajil, La Granxa, Felguera y en una parte de los barrios de Nijeres y La Ará, que se acababan de construir para acoger a las familias que venían a trabajar a la mina. “Compramos una pollina para hacer el reparto de las cartas por todos esos pueblos ya que a Joaquín le faltaba la pierna. Compartíamos el trabajo aunque el titular era él”, señala. Repartieron las cartas durante dos décadas hasta principios de los ochenta y también llegaron a gestionar un pequeño estanco en su domicilio de Felguera.

Vázquez, en la huerta en Felguera. F. D.

Encarna y Joaquín siempre se entendieron de maravilla alternando sus obligaciones laborales y domésticas. Cuando ella repartía las cartas o trabajaba en la huerta entonces preparaba él la comida y hacía todas las tareas de la casa “menos la cama”, precisa Encarna. “Y cuando repartía él, las tareas domésticas las hacía yo”. Sin duda, un matrimonio muy moderno para la época. “De aquella había mucha correspondencia de cartas de los que iban a la mili y de las familias mineras que venían de otras provincias. También llegamos a repartir por correo durante una temporada los periódicos ‘La Región’ y LA NUEVA ESPAÑA”.

Alguna mente malvada llegó a protestar sobre “por qué habían puesto como cartero a un coxu”, afirma Encarna. Sin embargo, en el lado positivo destaca el generoso aguinaldo navideño que recibía de las familias de fuera que habían venido a trabajar a las minas y eran las que recibían y enviaban más cartas. “En una Navidad nos llegaron a dar 1.000 pesetas de aguinaldo y muchos nos invitaban a café en sus casas. Después de jubilarse muchos de ellos volvieron a sus provincias con sus paguinas de la mina”, señala.

El matrimonio tuvo un hijo, Enrique, nacido en 1960, que fue minero y se casó con María Lucía, una morciniega de Santolaya a la que conoció bailando, no debajo de un hórreo como sus padres, sino en la mítica discoteca “Hawai”. Enrique y María Lucía hicieron abuela a Encarna de sus nietas María y Lucia, y desde hace tres años ya es bisabuela de Nel. Encarna quedó viuda en julio de 1987 tras fallecer su marido Joaquín.

Esta centenaria bisabuela disfruta de una envidiable salud de hierro al afirmar que “nunca dormí en un hospital a no ser para acompañar a algún familiar que estaba enfermo”, matiza. “Solamente tomo una pastilla por la mañana, tres días a la semana, para regular la tensión”. Come de todo y bebe siempre un poco de vino en las comidas: “muncho no, pero un poco sí”, matiza.

Caminar

La receta para disfrutar esa salud de hierro a los 100 años se basa en salir a caminar un poco todos los días por Felguera con un palo de apoyo aunque no necesite muleta. Afirma que lo que más le gusta comer son “todos los cocidos y especialmente el pote de fabes y berces”. “Contundente, con mucha sal y grasa”, matiza su nieta María. Su rutina diaria es levantarse sobre las diez de la mañana y tomar un café, come sobre las dos y media un buen cocido preparado por ella misma y se acuesta temprano sobre las ocho y media tras cenar un Cola Cao.

Aunque sus familiares pasan todos los días a verla en su domicilio, ella es totalmente independiente y autónoma y vive sola en su casa de dos plantas en Felguera. Sube y baja escalares y afirma que “después de levantarme hago la cama y luego siempre cocino un poco de más por si acaso. Duermo muy bien todas las noches aunque debo levantarme a orinar en varias ocasiones y aunque duermo sola no tengo miedo”. Atiende sin problema cuando le llaman al teléfono fijo de su casa a no ser que sea para venderle algo.

Su prodigiosa y ágil memoria le hace expresarse en verso y recita de memoria populares refranes y cuartetas: “Si tú estás, yo no estoy, si tú me lo pides, yo no te lo doy”. También le gusta mucho cantar en su casa, afición que heredó su nieta Lucia y su biznieto Nel.

En sus diarios paseos por su pueblo saluda a todos sus vecinos y por televisión solamente ve los telediarios, lo que le permite estar al día de todas las noticias. De la telebasura no quiere saber nada. Genio y figura aunque un poco tozuda y cabezona. Así define su familia a esta centenaria riosana que vive pletórica los cien años que acaba de festejar el pasado 1 de noviembre.

“Cumplirás cien o más años, pero a mil nunca llegarás”, sentencia Encarna Vázquez al despedirse tras finalizar la entrevista. Le deseamos que disfrute muchos más años esa envidiable salud de hierro que le permite vivir totalmente independiente y conservar esa prodigiosa memoria y alegría.

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