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Ricardo Montoto

Dando la lata

Ricardo V. Montoto

Prisa

Hoy desperté con el recuerdo olfativo de la huerta de los Aja. El olor de la hierba fresca y los árboles frutales me acompañó hasta el desayuno y la imagen de la tía Carmen sujetando en el mortero con el que en las ocasiones especiales hacía el milagro de convertir un humilde huevo y un hilo de aceite en la mayonesa más exquisita no me abandonó en toda la mañana. Con paciencia y una cadencia mecánica e hipnótica, la tía Carmen revolvía los elementos dentro del recipiente hasta que se producía la perfecta mezcla. Y, con tesón y calma, creyendo en el resultado final, aquella mujer dulce y corpulenta creaba a base de giros de muñeca una salsa deliciosa, con un sabor que medio siglo después mantengo vivo en la memoria.

Porque lo bueno no suele surgir así como así, por casualidad y sin esfuerzo. Hay que poner los medios, conocer los métodos y afrontar la labor con determinación. Y si a la primera no se logra la deseada emulsión, en vez de abandonar, se ha de persistir sin perder los nervios, evitando caer en el desánimo.

En este mundo de usar y tirar, la visión de una mujer sentada en una tayuela junto a la puerta que comunicaba la cocina y el jardín, vigilando de reojo la lenta cocción de la legumbre mientras daba cuerpo a la mayonesa, parece cosa de tiempos remotos, cuando aquello de "despacio y buena letra" era un principio elemental.

Hoy, absurdamente acelerados, pasamos por la vida con los ojos saltando de pantalla en pantalla, ignorando la belleza que reposa más allá de los arcenes de esta vía de alta velocidad que no conduce a ninguna parte.

Y me llega la imagen de mi madre divertida observando a la tía Carmen enfriar, gracias a su pequeño ventilador mágico, los platos de la docena de niños que, hambrientos e impacientes, nos sentíamos incapaces de esperar a que el arroz a la cubana perdiera algo de temperatura. Una prisa estúpida que acabaría apoderándose de nuestras existencias.

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