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La estética transfronteriza

Juan Hernández maneja una de las claves literarias para adentrarse en la frontera entre lo humano y lo animal

Desconocemos cuál pueda ser la frontera de nuestra humanidad, pero entrevemos su proximidad cuando, inmersos en un tejido de sensibilidades nuevo, nos afectan extrañas relaciones, antes "imposibles". Entonces, la distancia entre el animal y el humano llega a anularse, y otras veces, nos encontramos con nuestras propias raíces silvestres primitivas y benéficas o, también, con el violento salvaje hacia el que regresamos. Esta tesis parece subyacer a estos cuatro cuentos de amor sesgado, que se leen como cuatro historias bien diversas, sobre la prisión y el amor, la guerra étnica y el amor, la vejez y el amor y el aislamiento y el amor, pero que están construidas desde un mismo esquema antropológico.

Se imagina uno que Freud y Jung leerían estos cuentos de amor sesgado con fruición, porque sin duda su psicoanálisis y sus arquetipos inconscientes encontrarían allí buen material para sus pesquisas psicológicas. También sería del agrado de Merleau-Ponty, que vería su prosa filosófica reflejarse en esta literatura, contorneada de parajes que se desandan entre el cuerpo sexuado y los sentidos del mundo. Henri Maldiney disfrutaría igualmente comprobando con qué facilidad las síntesis pasivas que transitan los fenómenos interiores se deslizan al lado de las síntesis operadas en el mundo "objetivo" y exterior. Cualquier estudioso de la teoría estética debería quedar por lo mismo emboscado en estos cuentos. Y Mary Shelley, Allan Poe, Dostoievski, Nietzsche, Óscar Wilde, Kafka, Unamuno, Borges y Deleuze hallarían aquí escenarios conocidos. Y quienes, concreta o genéricamente, se inclinan a bucear en las esquinas del psiquismo humano... o también los amantes de las palabras que se entrelazan siguiendo cadencias sorpresivas, sugestivas y originales.

Juan Hernández en Cuentos de amor sesgado nos conduce la mirada hacia formas de filia y de eros oblicuas, desviadas de la horizontal que traza la continente moralidad y alejadas del ángulo recto de las estéticas habituales. Pero no accedemos a ese lugar por la pendiente de una voluntad que se inficionaría en depravadas morbosas insanias, ni pretende tampoco ser un transparente ejercicio de "sonrisa vertical", pues llegamos a ese límite empujados por la misma humana naturaleza, en su sintaxis determinista, cuando otros caminos poco a poco ocluidos se van obturando del todo... precediendo a las varias formas de locura o a la última salvación que trae la muerte.

Nuestro escritor entra con naturalidad en el trance capaz de leer las olas que se mecen en el umbral entre lo humano y lo "demasiado-humano", y ahí la aparente arquitectura de lo morboso proyecta, sorprendentemente, sombras de puro lirismo donde la humanidad, lo animal y las leyes de la naturaleza se congregan.

A través de cuatro líneas de fuerza trazadas por los cuatro cuentos contenidos en el libro, quiere alejarse tenazmente siempre de lo mismo: de lo depravado, lo feo y lo inhumano. De la cárcel injusta, de la guerra asesina y atroz, del insidioso desprecio hacia quien es ya viejo y molesto y del individuo aislado, solipsista e inmunizado contra la sociedad... Los resortes psíquicos de los personajes, llevados al límite, ya de lo infrahumano ya de lo suprahumano, como huida de la asfixia que produce el sufrimiento extremo y arbitrario, aquel que procede de la mutua laceración en el interior de la sociedad, encuentran una vía de escape en la muerte o hundiéndose en la salvífica locura, pero en la antesala de esto, se descubre el reencuentro con los engranajes de las sensibilidades animales, capaces de trenzarse con lo humano (los cuentos del canario y de la cerdita)... O la salvación de la locura senil previa al aniquilamiento definitivo, a través de benefactores fantasmas ("El abuelo enamorado", de su esposa ya muerta)... O los propios espectros maléficos que no pueden sino ajusticiarme como atroz asesino ("Si me quieres, mátame").

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