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El canon no se mueve

Un año más, la ópera y la zarzuela mantienen sus compositores clave en lo alto

Cultura - Música

Tanto la ópera como la zarzuela llevan décadas con un canon artístico en el que un ramillete de títulos de algunos compositores son los que “mandan” en los circuitos. Apenas se mueve el ranking ni de obras ni de autores, y en la cima, entre los cinco primeros, las variaciones son escasas y vienen determinadas especialmente por el número de funciones que de cada uno se hacen en los grandes teatros que son los que mueven la clasificación. La revista especializada “Ópera Actual” publica cada año un interesante estudio sobre la temporada que se inicia en septiembre y que este año, sin duda, estará muy determinada por la evolución de la pandemia. Los números españoles no son, en esencia, muy diferentes, del resto de los países de nuestro entorno, salvo por un detalle no menor: si se analiza en otros países europeos la presencia de obra autóctona siempre es más significativa que en España.

Giuseppe Verdi es, de lejos, el compositor al que más recurrirán los teatros españoles. Con diferencia. Hay previstas 79 funciones suyas y le sigue a cierta distancia Giacomo Puccini que, sin embargo, es el que consigue la ópera más representada: “Tosca”. Después de ambos gigantes, siguen otros pilares de la historia de la ópera como Donizetti, Wagner, Bellini o Rossini. Es decir, los compositores que son garantía en la taquilla a través de títulos como “Don Giovanni”, “Un ballo in maschera”, “La Traviata”, “L’elisir d’amore” o “Tannhäuser”. Llenar los aforos al máximo posible, es clave para la sostenibilidad de los ciclos y es lógica la apuesta por los valores más seguros.

La música española alcanza el “top ten” gracias a las numerosas funciones que de cada proyecto realiza el madrileño teatro de La Zarzuela y, de este modo, se logran colar dos autores que han sido los protagonistas en el arranque de la temporada, Gerónimo Giménez y Manuel de Falla, con “La tempranica” y “La vida breve” respectivamente, que supusieron gran éxito de público y crítica en su presentación hace poco más de un mes. El propio teatro sube a posiciones muy altas a autores como Pablo Sorozábal, Federico Moreno Torroba o Pablo Luna. Pero si por ello pensamos que nuestra música cuenta en las programaciones de los teatros, la realidad es muy otra. Fuera de Madrid, y del festival del teatro lírico de Oviedo, todo lo más se encuentra la programación de un título de lírica nacional por coliseo, y eso siendo generosos. Se trata, exclusivamente, de cubrir el expediente. Con lo cual, una vez descontada esa “anormalidad” estadística, la música española se desploma a los últimos lugares de la tabla. La zarzuela, para ser más concretos, camina firme hacia la progresiva extinción a la que poco a poco la están llevando, de forma inexplicable, las instituciones públicas.

Hay, sin embargo, pequeñas notas que pueden ser indicativas de cambios que quizá sean más profundos en el futuro: ya no es algo raro la presencia de la lírica de hoy y de autores de nuestro tiempo, incluso de encargos, que se van estrenando dentro de las temporadas. Los títulos del siglo XX han conseguido un acomodo en la programación y vamos viendo otros que no eran habituales. Así, a lo largo del año, encontramos obra de Laura Kaminsky y su ópera de cámara “As One”, sobre la problemática trans, que el teatro Español estrenó para abrir temporada en las Naves del Matadero; en mayo, el teatro Real, ha programado el estreno de la ópera “Tránsito” de Jesús Torres sobre la obra homónima de Max Aub y con el exilio republicano como protagonista, en el mismo espacio escénico. Otros autores como György Kurtág, Miquel Ortega, entre otros, verán óperas suyas en cartelera. Estas iniciativas sí que, afortunadamente, se están normalizando y son cada vez más los teatros que asumen la necesidad de sumar repertorio contemporáneo.

Sigue faltando un circuito. Para esto deberíamos tener, por parte del Ministerio de Cultura, una verdadera política musical de estado, algo que está muy alejado de una institución a la que le falta un plan en condiciones en este ámbito. Las unidades de producción del Ministerio llevan una más que relevante parte del presupuesto que se elabora con los impuestos de todos pero, salvo alguna excepción, el grueso de su actividad no se mueve de Madrid. Esto es escandaloso porque un trabajo conjunto, coordinado por el Ministerio, podría impulsar que las obras de nueva creación, por ejemplo, desarrolladas en organismos estatales pudiesen girar en otros teatros sin los habituales costes añadidos, demasiadas veces inasumibles. Ojalá los estrenos sigan formando parte de la normalidad del teatro musical y, además, que no sean flor de un día sino que tengan recorrido en el tiempo y accesibilidad para un público mayoritario.

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