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Por lo visto

No una batalla, sino una masacre

La película “The father” permite al espectador asomarse al abismo de una mente enferma de alzhéimer

Un fotograma de la película “The father”.

Un fotograma de la película “The father”.

Decía Phillip Roth que “envejecer no es una batalla, es una masacre”, y la película “The father”, dirigida y escrita por Florian Zeller, explora esta “masacre” muy de cerca. Las críticas hablan del duelo de titanes entre Anthony Hopkins y Olivia Colman representando respectivamente a Anthony, el padre con alzhéimer, y a Anne, la hija que lleva tiempo ocupándose de él. Sin duda, las actuaciones son no solo impecables sino también conmovedoras. La cinematografía de Zeller nos mete de lleno en las distorsiones del entorno que sufre el padre, pero sin el propio cuerpo de Hopkins, su mirada, su manera de caminar o de hablar tratando desesperadamente de reconocer ese entorno, no nos engancharíamos tan profundamente como lo hacemos con esta historia y sus personajes.

Zeller no intenta tanto que simpaticemos con el personaje principal como que atisbemos el abismo al que ha llegado este hombre. Por lo que vamos entreviendo en sus conversaciones con su hija Anne, no es un hombre adorable, ni cariñoso, ni comprensivo. El efecto de sus palabras en la hija que le cuida, casi siempre teñidas de preferencias por la otra hija, se traduce en una dolorosísima combinación de desconcierto y tristeza que Anne trata una y otra vez de contener y de comprender. El abismo se va acercando tanto a uno como a otro personaje. Anthony se rebela ante lo que cree que es una conspiración contra él y, en consecuencia, se vuelve más intratable. Anne ve que sus esfuerzos no producen los efectos deseados y que su propia vida se le va escapando. La masacre es ese alejamiento de la realidad golpe a golpe que no puede acabar sino con la víctima rendida y destrozada, solo capaz de refugiarse en la memoria de su infancia más inarticulada y dependiente.

Es difícil hacer una película con tanto sufrimiento y que disfrutemos de ella, que nos parezca que ha merecido la pena ir a verla. Como he dicho, los actores nos enganchan con su credibilidad, con sus peculiaridades, con esa calidad tan británica de la infraactuación en la que los gestos son apenas perceptibles y las palabras, de no ser por la intensidad de su significado en cada situación, podrían parecer banales. Los cambios de escenario (apartamentos que en la mente de Anthony se intercambian) nos afectan porque intentamos, como el propio Anthony, darle sentido y reconocer lo que no reconocemos y así acercarnos también al abismo. Solo la música de Ludovico Einaudi nos ayuda a entender y sentir la fluidez del tiempo a la vez que puntúa e intensifica el “pathos” de esta historia.

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