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Un talento desbordado

Thomas Wolfe, autor de “El ángel que nos mira”, desvela su frenesí creativo en “Historia de una novela”

Cultura - Libros

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Thomas Wolfe (Asheville,1900-Baltimore,1938) planeó “Historia de una novela” como un tributo a Maxwell E. Perkins, de Charles Scribner’s Sons, no solo el mejor editor de su tiempo, sino un hombre dotado de una paciente y generosa sabiduría, de fortaleza amable aunque inflexible. Como el propio Wolfe escribió en la dedicatoria de su novela “Del tiempo y el río”, fue la persona que, además de pulir sus inabordables manuscritos hasta convertirlos en legibles, impidió que se hundiese en la desesperación. Pero al revelar cuánto le debía a él y a su persistencia, animó, a la vez, al columnista Bernard DeVoto a escribir aquello de que el Genio no era suficiente, en el famoso artículo donde cuestionó su obra como producto exclusivo de una sola mente y sí más bien de algo empaquetado en una línea de montaje de la editorial que publicaba los libros de Wolfe, pero también los de Hemingway y Scott Fitzgerald, entre otros grandes autores del momento.

Cualesquiera que fuesen los méritos esgrimidos por de DeVoto en su tesis, “Historia de una novela” muestra cómo los objetivos literarios de Wolfe sufrieron una transformación debido a las presiones del negocio editorial. Este empezó su monumental segunda novela, “Del tiempo y el río”, con un material que cubría casi 150 años de historia y exigía la intervención de más de dos mil personajes. En su diseño final abarcaba casi todos los perfiles de raza y clases sociales de la vida estadounidense. Pretendía ser la “gran novela americana” elevada al cubo por obra y gracia de un empedernido grafómano. Para escribir sobre algo tan grandioso, Wolfe se ingenió un lenguaje poético diferente con que transmitir lo que sabía y no podía decir. Pero ante la insistencia de Perkins, la “gran epopeya estadounidense” acabó convirtiéndose en las nuevas aventuras de Eugene Gant, el protagonista de su primera novela, “El ángel que nos mira”.

Hubo un momento en que Wolfe parecía pertenecer a la historia editorial, más que a los anales de la literatura de América. Perkins, el “editor del Genio”, como lo llama su biógrafo con cierta oscuridad involuntaria, no hace otra cosa que alertarnos sobre los excesos o defectos de los grandes escritores que tenía a su cuidado. Pero en el caso de Wolfe el trabajo del lápiz fue doble por la desmesura de los originales manuscritos que el propio escritor le hacía llegar en cajas y que parecían no tener fin. El editor jamás pretendió jactarse de las líneas o correcciones que imponía en el folio, ni del esfuerzo de tener que suprimir 300 páginas con tal de mejorar la novela y que pudiese gozar de aceptación entre los lectores. Mientras tanto, el escritor se mostraba ansioso y ufano de escribir líneas y líneas en sus montañas de papel.

Ilustración de Pablo García

Ilustración de Pablo García

Wolfe dejó de existir cuando no había cumplido los treinta y ocho años. Mientras viajaba hacia el oeste enfermó gravemente de neumonía y, sin que los síntomas desaparecieran, lo trasladaron al Hospital John Hopkins en Baltimore, donde murió de una lesión tuberculosa en el cerebro. Según el parte médico, le detectaron una miríada de tumores. Era descomunal en todos los aspectos; físicamente inmenso, atractivo, torpe e intimidante. Bebedor, alborotador, e insomne para poder producir tanto como producía: su estadística de escritor acabó siendo extrema. Lo tacharon de vanidoso y hasta de bravucón en la defensa de su talento, pero a la vez, según cuentan, se mostraba como un sureño inseguro e inestable fuera del hogar. Quiso darle la razón a quienes lo criticaron por insistir en la novela de su vida. Él mismo es personaje y ficción, cada paso de sus viajes, su familia, la turbulenta multitud de gente de la que procedía, cada pasaje en un tren, cualquier rostro encontrado en el camino, el paisaje, las voces, la historia, la memoria asombrosa, y el lenguaje fluido como el agua que corre por el arroyo. Así se le deben dos de los más grandes títulos literarios del pasado siglo: “El ángel que nos mira” (1929) y “Del tiempo y el río” (1935).

“Historia de una novela”, que ahora ve la luz gracias a Periférica, se publicó de forma abreviada en 1936, y “Writing and Living”, también pensado para una conferencia y el segundo de los textos abiertamente sinceros que Wolfe escribió sobre su carrera, no apareció impreso hasta 1964. Los dos sirven para acceder a la intimidad del proceso creativo que el escritor dejó al descubierto cuando su colosal talento había desbordado la capacidad de comprensión de la propia obra.

Cubierta del libro

Cubierta del libro

Historia de una novela

Thomas Wolfe

Traducción de Juan Cárdenas

Periférica, 104 páginas, 9 euros

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