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Habitaciones en Tubinga

Safranski explora la existencia y la obra de Hölderlin, donde perviven respuestas a las angustias actuales

Ilustración de Pablo García.

Ilustración de Pablo García.

Dos habitaciones en Tubinga, la de tres estudiantes del seminario de la ciudad alemana y la de la torre del ebanista Ernst Zimmer, acogieron el nacimiento de una mitología de la razón y de una actitud de espíritu que está en el origen de las manifestaciones artísticas y filosóficas de los tres últimos siglos. Friedrich Hölderlin (1770-1843) fue el inquilino de ambas estancias y en ellas se incubó el sentir y el pensar de un genio elevado a las peanas de los clásicos universales y cuyo legado aún late en la conciencia de nuestros días, sea cuando el ser humano “soporta la plenitud divina”, sea “en lo incierto, hacia abajo”, en la devoción por el abismo.

Quien se ha encargado de descender del santoral al autor de “Hiperión” es el filósofo y biógrafo germano Rüdiger Safranski con su “Hölderlin, o el fuego divino de la poesía” (Tusquets, 2021), obra que se suma a una amplia bibliografía en la que destacan obras extraordinarias: “El mal o el drama de la libertad” (2000), “Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán” (2009) o “¿Cuánta verdad necesita el hombre?” (2013), todas ellas publicadas también por Tusquets, así como sus ejemplares biografías (Goethe, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger y Schiller). A estos nombres propios suma ahora el del poeta sufriente, volumen publicado en alemán durante el año pandémico, con motivo del 250.ª aniversario de su nacimiento.

La escritura biográfica de Safranski se sustenta en el conocimiento de las peripecias vitales del autor elegido, pero sólo cuando adquieren relevancia en su obra y en su legado. El descendimiento de Hölderlin del pedestal de un academicismo plañidero lo acomete sin casquería ni anécdotas. Lo hace con la perspectiva de un legado intelectual que transciende las taxonomías de la Ilustración y del Romanticismo y contribuye a conformar las creaciones artísticas y filosóficas de más de dos siglos. Sin Hölderlin las obras de Nietzsche, Rilke, Heidegger, Thomas Mann, Cernuda, Aleixandre, Colinas o Argullol no serían las mismas.

Hölderlin nació herido. Una temprana orfandad paterna y una maternidad inquisitorial contribuyeron a conformar una personalidad marcada por el sufrimiento. La imposición de la entrada en el seminario, las frustraciones amorosas (especialmente su pasión imposible por Sussette Gontard, la Diotima de los poemas), los fracasos profesionales y las desilusiones políticas procedentes de la Revolución francesa asfaltaron su senda hacia los acantilados de la locura, primero con sus peregrinajes a pie por Francia y Alemania, después con su internamiento en un sanatorio. Un solo verso le retrata: “¡Ya nada soy, no sé vivir gozando!”.

Una vida llagada que propició una personalidad trágica, capaz de alumbrar una obra en la que a través de la fantasía mítica “se abre e interpreta la vida”, como advierte Safranski. “Hiperión”, “La muerte de Empédocles” y sus himnos y elegías reflejan el anhelo de un genio dispuesto a seguir “al héroe, hasta el abismo”, con una escritura persuadida “de que el acto supremo de la razón […] es un acto estético, y de que la verdad y la bondad solo están hermanadas en la belleza”. Estas palabras, atribuidas a Hölderlin por Safranski, están incluidas en “El más antiguo programa del sistema del idealismo alemán”, texto fundador de la llamada “iglesia invisible” que conformaron tres seminaristas de Tubinga: Hegel, Schelling y Hölderlin.

Si los dos primeros avanzaron por las rutas de la filosofía, el autor de “A las parcas” optó por otra senda, incapaz “de soltarse de sus garras”, subraya Safranski. No es que rechazase el pensamiento puro, sino que su concepción mística de la belleza y la bondad le exigía acogerse a la poesía, cuya superioridad invocó. Pese a todo, las aguas profundas de la escritura de Hölderlin proceden de la filosofía: la de la Grecia clásica, Spinoza y Kant. Para “[…] alcanzar la calma de lo bello”, aconseja el poeta, “no dejéis la virtud, imitad a los griegos. / A los dioses amad, pensad en los mortales. / […] pedid sólo consejo a la naturaleza”.

La actualidad de Hölderlin había sido adelantada por Safranski en su estudio sobre el Romanticismo, tal vez como ejemplo de que lo romántico “es una actitud del espíritu que no se circunscribe a una época” y que sigue siendo necesaria para explicar lo que acontece a los hombres y mujeres de nuestro siglo herido. ¿“Poeta loco”? No, derrotado: comprendió que la armonía de Hellas era sólo “un susurro del pasado” y que los anhelos de fraternidad, igualdad y libertad son “promesas de futuro”. “Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno”, escribió en “Hiperión”. Sin pasaporte griego ni carta de identidad de la revolución ilustrada, Hölderlin encontró refugio para su “locura” en la casa del buen carpintero Zimmer, donde pasó sus últimos 36 años.

No sólo explicaciones nos ofrece la obra hölderliniana, también consuelo. El maestro Hans-Georg Gadamer, que buscó en la poesía respuestas a los interrogantes eternos, se pregunta en “Poema y diálogo” (Gedisa, 2016) si “el oleaje pensativo” de la escritura de Hölderlin “seguirá resonando en el estrépito de nuestra civilización industrial y técnica, o terminará enmudeciendo”. No tiene dudas: en su obra, también en la de otros autores, “volvemos a reconocer la armonía entre la naturaleza y el hombre, incluso en un entorno desfigurado por la laboriosidad de nuestra civilización técnica”.

Sin Hölderlin no solo hubiesen sido muy distintas las obras de tantos autores esenciales, tampoco nuestra manera de mirar el mundo sería la misma. De ahí su actualidad y su oportunidad, porque aún flamea el “fuego divino” de su herencia. Esa es la lección que nos lega el maestro Safranski en su estudio sobre un poeta que alumbró un romanticismo ilustrado (¿o tal vez el “neoclasicismo sentimental” de nuestro Jovellanos?) más que urgente frente al imperio de la maldad y el feísmo. Aliviados, mientras tanto, por sus palabras: “Mas lo que permanece lo fundan los poetas”.

Cubierta del libro

Cubierta del libro

Hölderlin o el fuego divino de la poesía 

Rüdiger Safranski

Traducción de Raúl Gabás 

Tusquets, 336 páginas, 21 euros

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