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Dos grandes pianistas

El fallecimiento, con pocas horas de diferencia, de Radu Lupu y Nicholas Angelich conmociona al mundo del teclado

Cultura - Música

Una de las principales características del universo pianístico es la absoluta cohesión y el continuo intercambio entre sus miembros, basado no sólo en el concepto de las escuelas nacionales, sino en una paulatina globalización que está resultando especialmente enriquecedora y que propicia que el talento no conozca fronteras. Estamos ante uno de los ámbitos musicales con mayor número de integrantes, al que se suman millones de estudiantes en todo el mundo, y con unos circuitos de conciertos de enorme extensión. Junto a ellos convive una élite interpretativa a la que muchos son los llamados y muy pocos los elegidos. La razón es muy clara: las exigencias de la interpretación pianística al más alto nivel son enormes y requieren capacidades extraordinarias. Pese a ello, estos intérpretes están totalmente conectados con estudiantes y aficionados a través de la tupida red de festivales, temporadas, encuentros y clases magistrales sobre las que se articula la vida pianística internacional.

De esa estrecha vinculación se entiende la gran conmoción que causó la desaparición de dos grandes pianistas, apenas con horas de diferencia, y pertenecientes a generaciones y escuelas pianísticas diversas.

Radu Lupu, en el Auditorio Príncipe Felipe, en 2011. | LNE

El pasado 17 de abril fallecía en su casa de Lausana el rumano Radu Lupu, una de las leyendas del instrumento, a los 76 años. Lupu se consolidó, especialmente a partir de la década de los setenta del pasado siglo, como uno de los nombres imprescindibles de los circuitos. Su exquisitez interpretativa le llevó a trabajar con todos los grandes y a forjar una carrera que el paso del tiempo acabó convirtiendo en legendaria. Su acercamiento al repertorio del piano romántico, y a compositores como Franz Schubert, queda ya para la historia de la interpretación. De carácter reservado, no se prodigó en exceso en grabaciones porque era un gran defensor de la experiencia de la música en vivo, como algunos otros compañeros suyos de generación. Pese a ello, lo que nos ha dejado son auténticas joyas que permitirán el disfrute de su legado, especialmente para las próximas generaciones de intérpretes, que seguirán, sin duda, encontrando en él una referencia.

Al día siguiente, en París, murió el norteamericano Nicholas Angelich, a los 51 años. En este caso nos encontrábamos ante un músico en la cumbre de su carrera, aún con décadas de desarrollo por delante; quizá por ello ha sido también una pérdida tan dolorosa para el sector.

Nicholas Angelich, también en el Auditorio, en 2012. | Luisma Murias

Angelich ha sido un pianista especial, profundo, intimista y relevante en sus aportaciones tanto al repertorio romántico como del clasicismo. Además de trabajar con la mayoría de las grandes orquestas, su labor camerística fue intensísima con otros artistas como los hermanos Capuçon, Dimitri Sitkovetsky, Joshua Bell, Paul Meyer o los Cuartetos Prazak o Ysaye, entre otros.

Estamos ante dos perfiles artísticos complementarios que exponen a la perfección la riqueza del piano y explican la fascinación que todo su entorno sigue ejerciendo. Lupu y Angelich tenían seguidores en todo el mundo, eran artistas a los que veneraba una inmensa minoría; nos queda su legado, en una cadena interpretativa que enlaza siglos de trabajo y que explica, mejor que ningún otro aspecto, la relevancia de la música patrimonial.

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