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ENTREVISTA
James Ellroy Escritor, publica la novela "Pánico"

“Me leen más los hombres, pero yo escribo para Dios y para el mundo”

“Me llaman racista, fascista, homófobo, misógino, siempre la misma letanía; me la pela” | “Putin es un pinche puto”

James Ellroy. Ferrán Nadeu

“Yo soy el perro diabólico”, saluda James Ellroy, así en castellano, grotescamente teatral para demostrar que la lengua de Cervantes no se le resiste. Su léxico español es bastante reducido y pronto sus alaridos entran en bucle y el perro se transforma. “Yo soy el burro del diablo”, dice mientras te mira con el rabillo del ojo, observando el efecto provocado. El más reconocido autor de novela negra norteamericano, el “macho man” del “noir”, vuelve con las pilas puestas. Con todo, su estilo en general es mucho menos agresivo que en pasadas décadas.

–Su nueva novela, “Pánico”, es un concentrado de Ellroy en estado puro. ¿Está de acuerdo?

–Yo te diré lo que es. Es un mejunje en el que se mezcla mi obsesión por Los Angeles en los años 50. Mi querencia por el periodismo de escándalos. Mi obsesión por el departamento de policía de la ciudad. Mi locura por las mujeres. Mi anticomunismo. Mi disgusto clarísimo por James Dean, así como por el director, y puto comunista, Nicholas Ray. También mi odio por el violador Caryl Chessman, que acabó en la cámara de gas en 1960, después de haber convencido de su redención a todo el mundo a través de sus libros. Todo ello aliñado con mucha marcha, humor, robos, trapicheos, escuchas y torturas.

–¿Por qué abandonó la continuidad de la escritura del segundo “Cuarteto de Los Angeles” por esta novela?

–Fue el por el covid. Me desconcentré. Así que cogí una novela corta que escribí hace 10 años sobre Freddy Otash y quise unirla a otras dos piezas breves, pero no me convencía. Así que decidí escribir dos partes más y se puede decir que el resultado es una novela.

–Otash es un tipo despreciable, pero consigue que el lector le tome simpatía.

–El Otash de la vida real era un saco de mierda.

–¿En qué sentido?

–Era un mal tipo. Un matón sin escrúpulos y sin el menor encanto. Nadie podía confiar en él.

–Se puede decir que lo ha humanizado.

–Si tienes acceso a los pensamientos de un personaje, como es este caso, entiendes lo que suponía esa manera de vivir y todas sus contradicciones. El Otash de ficción mata, pero siempre está indemnizando a las viudas cuando liquida a alguien. Además, mi Otash está siempre buscando el amor.

–Es usted un romántico.

–Yeaaaah. Soy el perro romántico.

–¿Qué cosas íntimas le ha prestado a Otash?

–Compartimos la misma curiosidad. Él es un pervertido mirón, que siempre está husmeando por las ventanas. Yo, durante mucho tiempo, en mi adolescencia, me dediqué también a eso. Entraba en las casas para olisquear la ropa interior de las mujeres. Por suerte aquello pasó.

Kennedy fue un presidente mediocre, marcado por las mujeres y las drogas

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–¿Por qué odia tanto al presidente John F. Kennedy?

–No le odio exactamente. De hecho, su hermano Bob me caía francamente bien. Pero no entiendo el prestigio que arrastra. Fue un presidente mediocre y por su estilo de vida, marcado por la seducción de mujeres y el consumo de drogas, es bastante creíble que hubiera podido necesitar los servicios de Otash.

–¿No acepta que Kennedy fue un soplo de aire fresco en el panorama de los sesenta?

–Sí, pero ¿qué hizo con ello? Nada. Era un tipo atractivo, tenía sentido del humor e ideales, pero no se puede comparar con Dwight D. Eisenhower, el presidente que lo precedió y que también tuvo ideales.

–Kennedy y James Dean forman parte de la mítica de la posguerra y usted los destruye a placer.

–Dean era una mala persona. Un mangante que trataba mal a la gente, manipulaba a sus compañeros gais, era además un mal actor. Yo quería pinchar el globo hinchado de su fama. Se le recuerda más por cómo la palmó. Y sí, se quedó ahí en medio de un amasijo de hierros retorcidos, pero eso no le hace mejor persona. Se habrá dado cuenta de que me cuesta destruir mitos. [Ríe sonoramente.]

–¿Se siente mejor considerado ahora que hace algunos años?

–Creo que tengo una reputación literaria mucho mayor en Europa que en Estados Unidos. Aquí me toman mucho más en serio. El nivel de crítica literaria en Estados Unidos es una estupidez. Cualquiera puede hacer una crítica si es usuario de Instagram, Facebook o Twitter.

–Su padre formó parte de ese mundillo un tanto subterráneo de Hollywood. ¿No se plantea escribir sobre él?

–No.

–Pero alardeaba de haber tenido una historia amorosa con Rita Hayworth. Ahí hay una gran historia.

–Sí, y yo he optado por creerlo. De hecho, su nombre aparece en una biografía sobre la actriz porque en los años 40 trabajaba como mánager de artistas y una década antes había conocido y trabajado para la familia de la actriz, los Cansino, en México, donde vivió un tiempo. Hablaba bien español y trabajó llevando las apuestas de las carreras de caballos de Aguascalientes.

–“Pánico” se plantea como una confesión. ¿Qué papel ocupa la religión en su vida?

–Soy cristiano, creo en Dios y en la resurrección. Estoy convencido de que las Escrituras son verdaderas de manera literal e infalible: el pecado original se produjo gracias a una manzana. Y sí, soy un escritor cristiano. Joyce Carol Oates me hizo un gran cumplido cuando me llamó el Dostoievski americano. Dostoievski tiene un gran sentimiento del pecado y de la redención. No imagina un mundo sin Dios, por eso asegura que cuando no existe Dios todo está permitido. Yo veo a Dios en todas partes y traigo a todos estos hombres horribles a este momento de confesión.

–¿Quiere esto decir que por fin ha podido leer “Crimen y castigo”?

–No, lo he intentado varias veces y no he podido. Quizá porque él es el Ellroy ruso. [Ríe.]

–En sus novelas hay una fuerte concentración de inmundicias humanas. ¿Se siente bien al describirlas?

–Escribo siempre en un estado de gran nerviosismo, pero a la vez muy controlado. Estos libros son densos y complejos, con muchas capas. Hay violencia y pasiones. Y, sin embargo, desde un punto estilístico son muy rigurosos. Además, las escenas sexuales están muy diluidas, son reservadas y nada explícitas.

–¿Quién cree que le lee mejor, los hombres o las mujeres?

–La mayoría de mis lectores son hombres, pero yo escribo para Dios y para el mundo.

–¿Qué le dicen las lectoras? ¿Cómo lleva esas críticas?

–Dicen: “Ellroy es un fascista, un racista, un homófobo, un misógino”. Siempre la misma letanía. Me la pela. Que les den. Como dicen en Italia: “Va fan culo”.

–Es curioso, pero el más influyente movimiento feminista de los últimos años, el #MeToo, surge de un escándalo larvado en Hollywood.

–La de Harvey Weinstein es una buena historia, pero como no ocurre en los años 50, nunca escribiré sobre eso.

–¿Sigue sin ver películas actuales?

–Solo veo boxeo y películas antiguas en la tele.

–O sea, que por fin confiesa que tiene televisión.

–Es mi mujer, Helen Knode, quien la tiene. Bueno, Helen fue mi mujer, luego mi ex y ahora es mi novia. Vive muy cerca.

–Se le ve mucho más calmado que otras veces. ¿Helen ha tenido algo que ver con ello?

–Me ha amansado su amor. Ha adiestrado al perro diabólico. Ella también es una mujer que escribe. Ha publicado dos novelas negras y está escribiendo una novela sobre un perro que habla. A los dos nos gustan mucho los perros, los “bull terrier” en especial.

–“Pánico” es un libro con mucho sentido del humor. ¿Ha pasado algo en su vida para que sea así?

–Quería mostrar la vida de los hombres, siempre en busca de amooor, amooor, amooor, como algo ridículo. Mi vida tiene muchos momentos risibles, sé de lo que hablo. Escribir así de los hombres es una manera de mostrar mi solidaridad con las mujeres poniendo en evidencia la ridiculez de ellos.

–Resultará que es usted feminista.

–En cierto modo, sí. Un feminista canino. Los perros son amistosos y buscan afecto, pero si no les gustas te muerden. Es tonto, pero es así.

¿Tras “Pánico” ha regresado a la escritura del “Cuarteto”?

–No, tendrá que esperar. Estoy escribiendo otra novela de Freddy Otash, con un tono muy diferente al de esta. No será tan grotesca y sí mucho más seria. En Estados Unidos y en España es muy probable que se publique dentro de año y medio.

–Supongo que se ha puesto ese pin en la solapa con la bandera de Ucrania para que los periodistas le preguntemos por la actualidad y usted pueda recordarnos que no habla de política.

–No te preocupes. Pregúntame.

–¿Por qué lo lleva?

–Recuerdo que tenía 8 años en 1965, cuando los tanques rusos entraron en Budapest, en Hungría, para acabar con la revuelta contra el Gobierno comunista. Los rusos se cargaron entonces a miles de personas. Para mí fue muy impresionante. La situación que vivimos actualmente me recuerda ese momento. Así que he enviado dinero para ayudar a Ucrania y además llevo este pin en la solapa. Porque odio a Vladímir Putin, que es un pinche puto. Esto tiene que acabarse ya. Y si no, puedo enviar a Freddy Otash a que se lo cargue. [Risotadas finales.]

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