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Ciencia y religión en la Ilustración

Después de los libros dedicados al siglo XX y al XIX, este tercero explora ahora las cosmovisiones de los científicos del XVIII

Un libro ambicioso sobre el siglo ilustrado, sin duda, que, además, se suma a un recorrido histórico más amplio, el de las cosmovisiones de los científicos de los siglos XIX y XX. Ambicioso, y de trabajo en equipo: veintisiete autores que recrean las ideas de treinta y cuatro figuras destacadas de la ciencia del siglo XVIII.

Contribuir a recuperar los contextos complejos del conocimiento científico y filosófico es siempre, desde luego, un mérito. Labor de divulgación en la que volvemos a ligar el pararrayos a Benjamin Franklin (1706-1790), la química científica a Antoine Lavoisier (1743-1794) y la superación de la mecánica clásica (la de las coordenadas cartesianas y la de la mecánica newtoniana) a Joseph Louis Lagrange (1736-1813), con la función escalar “lagrangiana”. Pero asistimos a algo más: comprobamos los detalles de la investigación científica colectiva y vemos que el trabajo de Lagrange, al igual que el de todos los demás, se basó en todo un entramado de contactos, empezando por su relación con el gran matemático del momento, Leonhard Euler (1707-1783), y continuando con la red de instituciones que en Europa se estaba conformando. Las academias de ciencias –París, Londres, Bolonia, San Petersburgo, Estocolmo… sin olvidar tal vez a la más activa, la prusiana, que Federico el Grande, rey filósofo, dirigió–; las expediciones científicas, como las de Humboldt, Maupertuis, La Condamine, Jorge Juan y Celestino Mutis; los jardines botánicos –como el de Madrid–; las universidades, como Bolonia, Leyden o Montpellier, que revitalizan su perfil investigador empírico y comienzan a superar el rígido sistema especulativo escolástico, ya caduco.

A diario manejamos vatios (w) y voltios (v), y obviamente la gran mayoría no necesita saber nada sobre James Watt ni sobre Alessandro Volta, ni siquiera sobre la galvanización –de Luigi Galvani– y menos, salvo para un examen de Física, sobre la ley de Coulomb. Pero ¿cuáles fueron los procesos sociales que históricamente acompañaron a la ampliación de estos conocimientos?

La red institucional a escala continental y los contactos fértiles que genera –asistimos en el fondo a una verdadera “unión europea”– son el motor, pero se necesita del combustible, que no es otro que el genio individual; él pone las intuiciones de partida, ciertos conocimientos metódicos y el trabajo concienzudo, y, en ocasiones, cierto coraje ante las adversidades y un temple inusual. Cómo no admirar a Xavier Bichat (1771-1802), el médico que consigue introducir una nueva praxis clínica sustentada en el diagnóstico de los tejidos concretos alterados, de base anatómica e histológica (en sus albores) y fundamentada en los hallazgos de la práctica sistemática de las autopsias. Y lo hizo en menos de una década, pues solo vivió 30 años. Bien lo vio Foucault en “El nacimiento de la clínica”. Ahora es uno de los sesenta y dos personajes ilustres franceses grabados en la torre Eiffel.

Cómo no admirar a Madame de Châtelet (1706-1749), con conocimientos matemáticos y físicos a la altura de los mejores, que mantiene correspondencia –no precisamente galante– con Bernouilli, Euler, Wolff, Maupertuis, La Mettrie y Federico II de Prusia, por ejemplo. Voltaire la conoce de cerca, son amantes, y dice de ella que “entiende a Locke mejor que yo y lee álgebra como quien lee una novela”. Gran divulgadora científica, además de traducir a Newton al francés, escribe “Institutions de Physique”, un manual de física pensado para su hijo adolescente, pero que es un sistema filosófico original que aspira a superar la oposición entre leibnizianos y newtonianos, y, en definitiva, en la línea de lo que supondrá pronto Kant, de articulación entre lo que pone la experiencia y lo que establecen los principios de la razón.

Junto a las aportaciones de todos ellos, entre los que están Linneo, Goethe, D’Alembert…, una figura especialmente atractiva es Alexander von Humboldt (1769-1859). Representa la ejemplar integración de aportaciones científicas, de actitudes vitales estéticas y de compromiso con valores universales. Supo detectar bien las corrientes profundas que actúan en los océanos –en su caso, claro está, por la corriente de Humboldt–, pero también las que se desplazan en la historia. Gran parte de su vida la pasará viajando e investigando, por América y por Rusia, y mantiene una intensa relación epistolar: unas 50.000 cartas. Publica sus hallazgos como apasionantes relatos de viajes, con multitud de grabados y dibujos, popularizando la ciencia de la época. Aunque, dado su talante desprendido, sus éxitos editoriales no le reportaban beneficios económicos. Con razón su hermano Wilhelm se preocupa de cerca por sus finanzas. Casi 300 plantas y más de 100 animales llevan su nombre. Pero además de en botánica y zoología, su afán enciclopédico le hizo destacar también en astronomía, geografía, geología, fisiología y química. Influido por su amigo Goethe, busca una nueva concepción filosófica de la naturaleza, en la que las partes han de ser interpretadas por su pertenencia al conjunto. Y es preciso que lo que aportan las ideas se sintetice con el impacto emocional suscitado por su belleza. Trabajó por la seguridad laboral de los mineros. La esclavitud era para él algo antinatural, una vergüenza. Y hablar de razas inferiores, una monstruosidad. Su interés por lo religioso era etnográfico. En su extensa visión de la naturaleza titulada “Cosmos” no menciona la palabra “Dios”.

Este libro, dirigido por Juan Arana, trata de comprender el trabajo de los científicos ilustrados en el contexto de sus cosmovisiones personales, de los nexos entre ciencia, política, ética y religión. Una buena idea. Pero llama la atención que aparezca sistemáticamente en veinticinco de los veintisiete del equipo una apologética y una catequética a favor de las tesis teístas, y contra el ateísmo entonces naciente, de un modo claramente forzado. Y como si el alma de los lectores tuviera que ser salvada.

La cosmovisión de los grandes científicos de la Ilustración

Juan Arana (director)

Tecnos, 494 páginas

27 euros

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