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Los límites del patrimonio cultural

El catedrático de Granada José Castillo Ruiz examina en su último libro el mal de la “patrimonialitis”

Cultura - Libros

“Los límites del patrimonio cultural: principios para transitar por el desorden patrimonial” es un nuevo libro del catedrático de Granada José Castillo Ruiz. Comí con él, hace diez años, en el marco de unas jornadas de Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo organizadas por la activa profesora Carmen Adams. Recuerdo con empatía su figura, pero no su cara. La conservación del patrimonio permite recordar a una escala mayor lo que pasó en la ciudad, en la memoria de la ciudad, y no encontrarse, como yo ahora, con una laguna que la búsFqueda en Google no me rellena.

¿Pero qué es el patrimonio en 2022? El otro día me reía con un chiste estúpido de “El Mundo Today” que decía que “el coño de la Bernarda” había sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Pasando por alto la grosería, el chiste, como todos los buenos, tiene un trasfondo importante de realidad, y el libro de Castillo Ruiz hurga, y mucho, en esta situación en la que vivimos, que el autor denomina “patrimonialitis”. En España, hasta el año 2018 –nos dice–, había 17.621 bienes de interés cultural (BIC).

Por un lado, el libro trata de separar los conceptos de patrimonio histórico y patrimonio artístico, y lo hace presentando muchos ejemplos y situaciones. Nos cuenta, por ejemplo, cómo se han declarado BIC muchos de los edificios contemporáneos de la Expo de Zaragoza: el Palacio de Congresos (Nieto-Sobejano), la Torre del Agua (Enrique de Teresa) o el Puente de Zaha Hadid. ¿Por qué no declarar BIC “todas las obras del premio ‘Pritzker’ Rafael Moneo?”, se pregunta. Y es que, con el patrimonio, pasa como con la luz: si todo es luz, la cualificación desaparece.

Con el patrimonio, pasa como con la luz: si todo es luz, la cualificación desaparece

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Me vienen a la memoria cómo la casa de Burdeos de Rem Koolhas o las Termas de Vals de Zumthor fueron protegidas a los pocos años de haberse construido. Es decir, que aquel proteger “todos los edificios con más de cien años” debe ser revisado urgentemente, y lo mismo aquel otro (“todas las iglesias, capillas y palacios del concejo”) que hace años traían por defecto todos los planeamientos. Evidentemente estas soluciones salomónicas (“todos lo hórreos, cabazos y paneras”) alivian el escrutinio, pero adolecen de la búsqueda científica precisa.

En el libro hay cosas que me superan. Castillo Ruiz dice que las botas de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica son obviamente “museables” y protegibles; o que también lo serán las urnas del “procés”. ¿Y son todas las obras que expone el Reina Sofía protegibles?

Cita a Hugo: “Hay dos cosas en un edificio: su uso y su belleza. Su uso pertenece al propietario y su belleza a todo el mundo; destruirlo es entonces sobrepasar un derecho”. Extremando esa vía, el autor nos presenta ejemplos de destrucción del patrimonio casi como si fueran condenas de la Corte Penal Internacional.

Es muy interesante también cómo trata de desligar el valor económico que el turismo puede conceder a un monumento de su valor artístico, porque, si no lo separamos bien, podemos tomar decisiones “manchadas” por un objetivo económico. “Primero y principal, los valores y significados y, después, el aprovechamiento productivo de los mismos”, escribe. Y toca asuntos que nos son muy cercanos, como “la vinculación con el lugar de los bienes que deben permanecer en el sitio en que fueron construidos o creados”; o que es “inaceptable” el desmontaje o traslado de “bienes inmuebles, pero también [de] muchos muebles”. Con lo que, a quien esto escribe, le viene a la cabeza la venta del Goya de la Casa de los Selgas en El Pito. ¿Cuándo se convierte un elemento en patrimonio histórico?, se pregunta Castillo Ruiz. Y se responde, citando a Choay: “Cuando el pasado ya se hace irrepetible, irrecuperable”.

Después aborda los paisajes y su protección (muchos en el ámbito andaluz) y aspectos relacionados con la arqueología industrial. También el de la “memoria incómoda”, es decir, el cambio de situación de monumentos de otros tiempos que no nos gustan o que celebran a personas cuyas actitudes no merecen, según los valores actuales, que el público las ensalce y las recuerde. Pero ¿cómo separar eso del valor artístico de cada pieza?

Los límites del patrimonio cultural

Jose Castillo Ruiz

Cátedra, 290 páginas, 18 euros

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