música

En la hoguera

El estreno del oratorio dramático de Honegger se convierte en uno de los hitos de la temporada del teatro madrileño

Plano general de la hoguera, con Cotillard (Juana), Workman (Porcus), el coro titular del Teatro Real  y actores.

Plano general de la hoguera, con Cotillard (Juana), Workman (Porcus), el coro titular del Teatro Real y actores. / Javier del Real | Teatro Real

Cosme Marina

Cosme Marina

“Juana de Arco en la hoguera”, el oratorio dramático de Arthur Honegger con libreto de Paul Claudel, desembarca estos días en el madrileño Teatro Real con la fuerza de un huracán. No llega solo, lo hace en compañía, a modo de prólogo, de “La doncella bienaventurada”, la cantata etérea y sinuosa que Claude Debussy compuso sobre el poema simbolista de Dante Gabriel Rossetti. Sirve, esta primera y breve obra, como prefecto preámbulo a la densidad dramatúrgica del oratorio, a su denuncia, a su fulgurante torrente expresivo.

Conviven, y no precisamente en armonía, dos planos, uno divino, evanescente, y otro de severa brutalidad que utiliza el primero como excusa para perpetrar las mayores atrocidades, la violencia sin fin, la ferocidad contra quien se aparte del estrecho camino establecido por el que se debe circular sin rechistar.

La obra de Honegger nos interpela muy directamente. Compuesta a finales de la década de los treinta del pasado siglo XX –no hay que explicar a qué nuevo despropósito se encaminaba Europa entonces– y encargada por Ida Rubinstein, la bailarina y actriz nacida en Járkov –ciudad hoy que tan bien ubicamos en la nueva y desoladora invectiva bélica que estamos viviendo–, tuvo un añadido en 1944 en el que el autor emparentaba la historia original con la ocupación nazi de Francia.

Son, por tanto, múltiples, a modo de capas de cebolla, las belicosidades que el oratorio desgrana ante los atónitos espectadores, que asisten a una verdadera catarsis escénica y musical, a un hito en el que los cuerpos estables del Teatro Real –el Coro Intermezzo y la Orquesta Sinfónica de Madrid, acompañados por los Pequeños Cantores de la JORCAM– realizan un trabajo impecable, de una veracidad escénica a la altura de los mejores coliseos europeos.

Àlex Ollé (La Fura dels Baus) dibuja un mundo apocalíptico en el que la violencia no sólo es la física, de trazos deformantes, con un universo humano degradado, bestializado, en el que grotescas prótesis de miembros viriles, el desnudo y la cochambre ambiental son la moneda de cambio, en una atmósfera insoportable en la que cuesta encontrar un rayo de esperanza. La luz sólo se atisba en la figura de Juana, que emerge como un grito de verdad en su espiritualidad depurada, esencial, sin doble resorte ni atisbo de venganza hacia las bestias –el cerdo, el asno, las serpiente– que acaban impulsando a la masa borreguil, a los hooligans de todos los tiempos a encender la hoguera de la intolerancia. Hay en la partitura y en la esencia dramatúrgica de la obra un regusto de un medievo oscuro, quizá una apocalíptica señal que también marca el signo de los tiempos por los que transitamos, tan tecnológicos y tan, quizá por ello, fácilmente manipulables, en los que la ignorancia y el salvajismo propician múltiples violencias individuales y colectivas.

La obra está defendida con la mayor de las solvencias por un reparto estelar, entre los actores con el foco puesto en Marion Cotillard, una Juana de Arco impecable en su fragilidad y determinación que encuentra réplica exquisita en el Padre Dominico de Sébastien Dutrieux. Sensacionales los cantantes Charles Workman, Sylvia Schwartz, Enkelejda Shkosa, Elena Copons o Camilla Tilling, ésta en el Debussy, brillando en un elenco coral sabiamente elegido. Juanjo Mena, una vez más, vuelve a dejar claro que es uno de los maestros españoles de mayor interés (no se puede entender cómo no se le ofrece una responsabilidad musical de primer rango en nuestro país). Aquí llevó en volandas la velada, articulando cada escena con precisión y una eficacia narrativa desde el foso que sumó y mucho al excepcional resultado artístico del conjunto.

Estos empeños artísticos de tanta ambición se han convertido en una realidad gozosa en el Teatro Real y, sin duda gracias a ello, se está propiciando un crecimiento sostenido que soslaya los altibajos de épocas anteriores. Hay una línea artística clara que se percibe en el trazo general y también en cada uno de los proyectos. La ya anunciada próxima temporada promete y mucho en cuanto a la calidad de sus propuestas.

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