8M. Día Internacional de la Mujer
Nosotras, las mujeres

Paquita Suárez Coalla. / LNE
Paquita Suárez Coalla
Me ha tocado vivir principalmente en un mundo de mujeres. No solo en la familia en la que crecí, donde no hubo más hombre que mi padre después de la muerte temprana de mi abuelo, sino en el grupo de mis amistades cercanas, en la misma familia que yo he llegado a formar con el tiempo, y también en el trabajo. Es un mundo en el que, en general, me siento cómoda, supongo que porque es el mundo que mejor conozco y porque fueron sobre todo mujeres las que me enseñaron en los momentos seminales de la vida a interpretar mi existencia. Muchas veces he llegado a pensar que han sido únicamente ellas las que han esculpido y fraguado la persona que soy, y aunque hay parte de verdad en esto, sé bien que intentar buscar en el ramaje de nuestras experiencias personales el esqueje exacto del que proceden es empresa tan fascinante como infructuosa.
Antes de que mis hijas nacieran, lo mismo mi esposo que yo deseábamos que fueran niñas, deseo que solo nos confesamos en voz baja el uno al otro cuando ya supimos que lo eran. No hay modo, ni tampoco necesidad, de racionalizar los deseos. Sospecho que, en mi caso, rodeada como siempre estuve de mujeres, no podía imaginar un mundo muy distinto al mundo en el que me había criado. A mi marido, en cambio, le asustaba la idea de tener que criar un varón sin modelos, sin un patrón de relación entre hombres más sana que la que él había podido tener con su propio padre, muerto, además, demasiado joven. Entendía que eso lo iba a llevar a reconsiderar el modelo de una masculinidad con la que no se identificaba, aunque al final, para criar a nuestras hijas, también tuvo que revisar ese mismo modelo.
Y yo tuve que reevaluar el legado de las mujeres con las que crecí, celebrando sus saberes, revalorando lo que en su día, cuando era joven, me sentí en la obligación de rechazar, viviendo –como Lourdes Casal en el poema "Madre"–, su mundo al revés. A fuerza de cometer mis propias faltas, intenté limar cuanto había hecho de muchas de esas mujeres –abuelas, madres, maestras, tías– personas menos libres y, a veces, más insatisfechas, pero reconociendo, también, la fragilidad de algunas de nuestras supuestas libertades. Demasiadas fueron las veces en las que sentí que me faltaban señales que me orientaran en los caminos que tenía que recorrer con mis hijas en este país de adopción en el que ellas nacieron y, en más de una ocasión, y como ocurre con los hijos de los que emigran, tuvieron que ser ellas las intérpretes de códigos que yo desconocía y ayudarme a descifrar un lenguaje al que nos acercábamos juntas desde la incomprensión inicial, luchando (al menos yo) para ahuyentar la incómoda sensación de que mis hijas y yo perteneciéramos a esferas de la vida diferentes y distantes.
Entiendo de sobra que este camino no se acaba de recorrer nunca, y sé lo pedregoso que a veces puede llegar a ser, pero ahora que las niñas que fueron ya se han hecho grandes, mi mayor deseo es que no se quiebre el diálogo entre nuestras respectivas generaciones, que se afiance la relación con esas otras mujeres que nos precedieron y que, sin haberlos llegado a habitar siquiera, nos dejaron en herencia mejores espacios, y que seamos capaces de buscar en el léxico familiar todas las palabras que nos den la oportunidad de seguir tejiendo juntas el tapiz común de nuestra propia estirpe. Incluyendo en el tejido a las que en tantas ocasiones, nosotras, las mujeres, hemos ido dejando fuera.
Paquita Suárez Coalla es una escritora nacida en Grullos (Candamo) que desde 1994 vive en Nueva York, donde es profesora en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Ha publicado "Para que no se me olvide", "La mio vida ye una novela" o "El día que nos llevaron al cine", entre otras obras y relatos breves
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