25 de mayo de 2008
25.05.2008

A un maestro con mayúsculas

Vecinos y antiguos alumnos descubren una placa en recuerdo de Augusto Blasco por sus 17 años de dedicación a Poago

25.05.2008 | 02:00
Familiares de don Augusto, arropados por vecinos y autoridades, ante la placa que recuerda al maestro de Poago.

M. SUÁREZ

«Ameno, comprensivo, recto, dadivoso, leal y extraordinario. Tu arte y poesía fue un halago para Puau». Así es como recuerdan a Augusto Blasco Belmer, maestro de Poago durante 17 años, los antiguos alumnos y los vecinos de la parroquia, que han decidido inmortalizar su figura grabando estas palabras en una placa. «Don Augusto fue un maestro con mayúsculas», reconoció el concejal de Educación, Justo Vilabrille, tras el descubrimiento de la inscripción.


La escuela donde don Augusto impartió clases entre 1952 y 1969 es ahora sede de la Asociación de Vecinos «Vegas Bravas» y centro cívico de Poago. Pero sus enseñanzas están muy presentes, y no sólo por la placa que desde ayer preside una de las paredes del remodelado edificio. «Nos caló muy hondo», dejó constancia José Ángel Álvarez, presidente vecinal y antiguo alumno de Blasco, que mantiene fresco el recuerdo de «su sexto sentido para aconsejar a cada uno en su futuro profesional, los partidos y meriendas con ocasión de su cumpleaños, las poesías que nos hacía a cada uno el día de la primera comunión, o las excursiones de fin de curso, y que nos permitió conocer esa Asturias que hoy conocemos como Paraíso Natural».


Como él, todos los que ayer participaron en el homenaje que Poago rindió a su maestro, fallecido el pasado mes de diciembre, a los 100 años de edad. La familia de don Augusto, que agradeció el gesto con unos versos, recibió también el cariño de las autoridades municipales. Vilabrille, en nombre del Ayuntamiento, compartió la admiración popular hacia este conquense de amplia formación, que fue destinado a Asturias coincidiendo con la proclamación de la Segunda República, cuya defensa le supuso varios años de represalias.


Ayer, además de su fondo humano y su «gran vocación» docente, se destacaron sus aficiones musicales y poéticas, su sportinguismo «cerrado», su implicación con Poago y el hecho de que «no cerraba la escuela hasta la noche». En definitiva, era «un hombre bueno», concluyó José Ángel Álvarez.

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