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Gijón en el retrovisor

La municipalización de los autobuses costó mucho dinero al Ayuntamiento

Solamente salían siempre los números de la Empresa de Aguas, gracias a la brillante gestión del ingeniero José Luis Díaz-Caneja Burgaleta

Usuarios de los autobuses municipales en El Humedal.

Usuarios de los autobuses municipales en El Humedal.

La municipalización de los servicios públicos era por entonces considerada como la panacea, aunque no siempre fue así a la hora de la verdad. Pero para los trabajadores tener asegurado el pago de la nómina desde las arcas públicas era algo así como entrar en el cielo laboral, al convertirse en una especie de empleados públicos hasta el día de su jubilación.

De las tres empresas municipales, a la única que le salían siempre bien los números era la de Aguas, gracias al excepcional trabajo del ingeniero José Luis Díaz-Caneja Burgaleta -tan inteligente era que cuando le propusieron presidir el Club de Regatas rotundamente se negó con un argumento implacable: un cargo por el que no se cobra lo único que te hace es perder amigos cuando tomas decisiones que no comparten- quien había sabido modernizar las redes de abastecimiento y asegurar el suministro de aguas a la ciudad para que no se padeciesen nunca más los periodos de recortes. El balance del año 1982 presentaba, así, un superávit de cerca de siete millones y medio de pesetas, con un inmovilizado de más de treinta millones de pesetas. La política inversora y diversificadora que desarrolló discretamente José Luis Díaz-Caneja le llevó hasta comprar discretamente inmuebles en la calle Jovellanos de Oviedo y hasta una famosa discoteca en un sótano, al lado de la también ovetense calle de Caveda.

No pasaba lo mismo con la de los autobuses, cuyas pérdidas fueron de casi cincuenta y siete millones de pesetas, a pesar de lograr un ligero incremento de viajeros. Pero su gerente, Jaime Salgado Estrada, que según sus propias palabras había heredado los cascajos de "Tunisa", se rompía la cabeza tratando de resolver de manera eficaz la paulatina sustitución de vehículos, paralelamente a la reconstrucción de los antiguos en sus propios talleres, a los que les supo sacar el máximo partido, a fin de dar un servicio acorde con los nuevos tiempos. Pero los números rojos brotaban por todos los agujeros y ni siquiera era rentable el servicio de grúa, por lo que la situación era desesperante. No le faltaba la razón a Gonzalo Arrojo cuando, junto con Pepe Cosmen, solicitaron a la Alcaldía la subida de una peseta del billete advirtiendo que si se municipalizaba la empresa el incremento sería cinco veces mayor. Lo que así fue porque el tiempo siempre deja a cada uno en su sitio.

Por lo que se refiere a la Empresa Municipal de Limpieza, las críticas a la gestión de Ángel Gómez arreciaban por parte de todos los grupos políticos y aunque presumía de un balance positivo en sus cuentas oficiales, la realidad es que si no estaba en números rojos era gracias a la subvención de trescientos setenta y seis millones de pesetas que anualmente le concedía el Ayuntamiento. Así cualquiera podía hinchar el pecho.

El Ayuntamiento, escenario de encierros de los trabajadores. La gran sensibilidad de aquella Corporación Municipal hacia los graves problemas laborales con motivo de la reconversión industrial y el cierre de empresas gijonesas, no solamente fue una temática prioritaria en acuerdos plenarios de solidaridad -por entonces en las tertulias de Corrida Street se calificó como "el parlamentín" al máximo organismo municipal- sino que los trabajadores también utilizaron la Casa Consistorial como escenario idóneo para sus encierros, liberando así al párroco José Luis Martínez de su acogida en la iglesia de San José, donde no se permitía la entrada de las llamadas fuerzas del Orden Público. Los conflictos laborales estaban a la orden del día, tanto en la bahía con la gradual desaparición de los astilleros, como en fundamentales empresas industriales como el llamado "tallerón" de Duro Felguera, por lo que las escaleras municipales se veían habitualmente invadidas por trabajadores en defensa en sus puestos, cuando el Ayuntamiento poco podía hacer más que darles su apoyo testimonial.

Pero también hubo problemas de puertas adentro, ya que los funcionarios municipales desenterraron el hacha de guerra, al no estar de acuerdo con la política de personal que desarrollaba el presidente de la Comisión de Régimen Interior, José Luis Ortiz Hornazábal, que trataba de aplicar unilaterales criterios salariales, tal como sucedía en la mayoría de las empresas privadas, sin respetar las prebendas que se gozaban hasta entonces. Las protestas se crisparon tanto que los funcionarios municipales llegaron a impedir la salida del alcalde -a quien en algunas pancartas le tildaban de patrón- y algunos miembros de la Corporación de la Casa Consistorial, por lo que fue preciso recurrir auxilio solicitando la intervención del mismísimo comisario jefe de Policía de Gijón en persona, Eulogio Martínez.

La gran operación urbanística del "Guanikey". Desechada por el equipo del Plan General de Ordenación Urbana la idea de que el martillo de Capua pasase a mejor vida, la Corporación Municipal se puso a la obra con la erradicación de otro martillo, el del "Bar Guanikey" y las casas del entorno, al tirar los edificios de la avenida de los Hermanos Felgueroso y de la calle del Diecisiete de Agosto para propiciar la creación de la gran avenida de El Llano -tras haberse logrado la comunicación directa entre la avenida de Pablo Iglesias y la calle de Manuel Llaneza- lo que fue toda una gran operación urbanística que supuso un antes y un después en aquella conflictiva esquina.

El Sporting no pagaba el canon de "El Molinón". En aquellos tiempos las dificultades económicas ya lastraban el futuro del Real Sporting, por lo que desde 1982 no podía pagar el arrendamiento anual que había sido fijado en cien mil pesetas en el contrato firmado en el año 1970, ni tampoco afrontar su contribución anual por las obras realizadas en el estadio municipal con motivo de la Copa Mundial de Fútbol, que ascendían a cerca de ochocientas mil pesetas. Todo se complicaba más todavía ya que como consecuencia de una negligencia municipal -al no haber sido sometido a la aprobación del Ayuntamiento Pleno- tampoco se le podía exigir al pago del nuevo arrendamiento anual de dos millones de pesetas. Por si fuera poco, el Real Sporting de Gijón -tal como se había comprometido con el Ayuntamiento para colaborar en la remodelación del estadio municipal- tampoco había organizado los partidos amistosos pactados, por lo que la deuda total ascendía a ciento cuarenta y dos millones de pesetas. Debido a ello, se iniciaron las pertinentes conversaciones para tratar de encontrar una solución asumible por ambas partes, con la firma de un nuevo contrato de arrendamiento. Siempre en buen plan, por supuesto.

Miguel Ríos no quiso asumir las responsabilidades por los daños ocasionados en el césped y la salvaje rotura de puertas en "El Molinón", como consecuencia de su actuación el 22 de agosto. Debido a ello, el Ayuntamiento optó por retenerle unos ocho millones de pesetas de la recaudación en taquilla, al no querer hacerse cargo de los gastos la Compañía Internacional de Seguros, que solamente estaba dispuesta a pagar cien mil pesetas, a pesar de que la evaluación técnica de los daños fue de tres millones y medio de pesetas. Quien había empezado su carrera de éxitos en la sala de fiestas "Acapulco" como Mike Ríos -gracias a Pendás que le dio clases intensivas después de que en la sesión de la tarde le echasen del escenario por malo- cuando ya había tirado la toalla y se había decidido a tomar el tren "expreso" de retorno a Madrid con las orejas gachas.

De vuelta a Granada y también a Gijón, Miguel Ríos se soltó la lengua diciendo que Manolo Vega-Arango era un truhan y no un señor.

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