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El Gijón que mete miedo

Un recorrido turístico semanal desvela al visitante las historias macabras de la ciudad de la mano de la historiadora Arantxa Margolles

La historiadora, en la plaza del Lavaderu. ÁNGEL GONZÁLEZ

Hay un Gijón que no sale en los folletos de turismo y que, a poco que se escarbe, pone los pelos de punta. Es el "Xixón mete mieu", un recorrido alternativo por los puntos más oscuros de la ciudad, especialmente en su parte antigua, aquella que atesora leyendas, historias de crímenes y fantasmas y que, por cierto, encanta a los visitantes. En el buen sentido.

Lo explica la historiadora Arantxa Margolles, apasionada del Gijón de las crónicas negras históricas, encargada de dar un paseo de unas dos horas todos los viernes a aquellos que lo deseen, a partir de las diez de la noche desde la Plaza del Marqués.

Es precisamente en este punto donde se inicia el recorrido terrorífico con una historia de espíritus. Porque en un antiguo palacete ubicado entre el Barjola y el Revillagigedo y ya desaparecido "se puso de moda hacer espiritismo a principios de este siglo, y la gente aseguraba que se oían voces y lamentos de los fantasmas, un marinero que presuntamente había matado a su mujer y al amante de ésta", relata Margolles. Hasta tal punto los gijoneses se interesaron por estos espíritus que "según las crónicas de la época los serenos tuvieron que acudir a dispersar a un centenar de personas agolpadas frente al palacio".

Poco más allá, en la Torre del Reloj, la crónica negra habla de su pasado como cárcel, de la que los prisioneros se fugaban por los huecos de los muros. La historia de la Torre se remonta a los tiempos de la Inquisición, que tuvo a una vecina de Jove como protagonista involuntaria en el siglo XV: Teresa Prieto, que fue juzgada en Valladolid por "estriga". O lo que es lo mismo, "una especie de insecto gigante que se aparecía por la noche para beber la sangre de los niños", relata la historiadora. La mujer fue denunciada por sus vecinos probablemente con un interés económico, puesto que tenía muchas tierras y bienes que, al ser juzgada por la Inquisición, se repartían entre los vecinos.

Lo cierto es que fue condenada a morir lapidada, pero recurrió y tras 20 años de proceso, quedó en libertad. Al parecer recorrió Castilla en su camino de vuelta, pero nunca llegó a Jove, o al menos, su pista se le perdió antes.

Cimadevilla es el paraíso de los amantes del género negro, con varias historias que se pueden contar en la siguiente parada del pavoroso recorrido. No en vano "las casas de citas fueron escenario de crímenes no tan macabros, pero muy habituales". Las entonces llamadas "casas de palomitas" propiciaron sucesos luctuosos, como en el caso del lupanar de "las chatas", madre e hija meretrices a las que se les hacía la vista gorda en cuanto a horarios y espirituosos, por aquello de que había clientela que no interesaba dar a conocer. Uno de esos crímenes tuvo lugar "al final de un partido del Sporting. Sólo quedaba ese bar abierto y el sereno, ante el alboroto que había en él, disparó un tiro al aire. Cuando vio que sin querer había matado a un hombre, se suicidó", relata Margolles.

El edificio de la antigua Tabacalera también trae a la mente viejas historias de fantasmas de monjas, que relataban "las trabajadoras veteranas a las más jóvenes para asustarlas". Y cerca de él, uno de los edificios del barrio antiguo fue el escenario de un macabro hallazgo: el de las herramientas oxidadas con las que un médico practicaba abortos ilegales a las jóvenes en los años 20. Una de ellas, Petra Alfayate, murió desangrada en una corrala cerca de Celestino Solar, y "una investigación del forense de guardia destapó una red criminal que acabó con varias personas en la cárcel".

El recorrido por Cimadevilla se cierra con la archiconocida muerte de Rambal y las múltiples teorías sobre su asesinato y posterior incendio de su piso. "Aún hoy en día viene gente al paseo con sus propias teorías de lo que pasó y de quién fue el culpable, aunque no se puede contar", indica Margolles con un guiño.

La última parada del Gijón oscuro se sitúa en la escalera ante la antigua pescadería, donde un niño que jugaba solo a la hora de la siesta descubrió a una misteriosa dama de negro que portaba un paquete y lo abandonaba junto al mar. Ufano, pensando que podría ser un pulpo, el niño se llevó el susto de su vida al descubrir el cadáver de un bebé, envuelto en papeles de un periódico de Liverpool. Nunca se supo quién era la dama de negro, pero "lo que sí se supo es que el niño había muerto de hambre y que era habitual que madres desesperadas se deshicieran así de sus hijos a principios del siglo pasado", asegura la guía de la visita. Un Gijón menos conocido para el gran público, en tinieblas, que resurge todas las semanas para los que no tengan miedo a la oscuridad.

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