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ÁNGEL GARCÍA RODRÍGUEZ | PIONERO DEL YOGA EN GIJÓN

Maestro forjado en el fuego industrial

El profesor de meditación, un hombre "pionero, atípico y exótico", fue portero de hockey y se licenció en las Bahamas el día del golpe de Tejero

Maestro forjado en el fuego industrial

Maestro forjado en el fuego industrial

Lo primero que hay que decir de Ángel García es que desde luego no encaja en el prototipo de profesor de yoga. Claro que la imagen de maestro de meditación es un cliché reciente y este mierense de 74 años, y gijonés de adopción, lleva haciendo el saludo al sol desde la década de los setenta. Ha sido siempre "pionero, atípico y exótico". Primero, porque fue el primer profesor de yoga que contrató el Patronato Deportivo Municipal para impartir clases en los noventa. Segundo, porque se licenció en las Bahamas en febrero de 1981, a la vez que el golpe de Estado de Tejero. Y tercero, porque aunque fue de los pocos profesores de yoga de su tiempo, nunca abandonó su trabajo en Ensidesa. O sea, fue un maestro de yoga forjado en los fuegos de la industria pesada.

Para encontrar los orígenes de Ángel García hay que irse al Mieres de principios de la década de los sesenta y setenta. Allí llevaba una vida plácida trabajando en la industria y jugando en el Mieres Club Patín, un legendario equipo de hockey sobre patines que llegó a jugar en Primera División. La posición de Ángel García no era precisamente sencilla. Jugaba de portero, así que los golpes le iban en un sueldo que era más emocional que otra cosa. Jugaba prácticamente por amor al arte, pero el hockey le permitió viajar en una época en la que no era tan común y, lo más importante, tener una disciplina férrea.

Como muchos otros, terminó viviendo en Gijón desde la Cuenca. Empezó a trabajar en Ensidesa y ahí se habría quedado hasta que en 1976 su mujer acudió a una clase de yoga. Cuenta Ángel García que la vio tan cambiada que se animó él también a probar. Lo que experimentó, le cambió para siempre. El yoga entró en su vida y ya nunca más salió de ella. Tanto le enganchó la práctica de este tipo de meditación que su maestro, Fernando Bao, le animó a licenciarse. Incluso se ofreció a pagarle un curso en el Caribe.

Hasta las Bahamas se fue para aprender todo lo que hay que saber sobre el yoga. Lo único malo es que eligió el peor mes para salir del país. Era febrero de 1981 y en pleno golpe de Estado de Tejero. Ángel García estaba ahí, en la playa, haciendo el saludo al sol. Por teléfono, y al día siguiente por los periódicos, se enteró del fracaso de la intentona golpista. Eso sí, como él mismo cuenta, llegó a temer que se pudiera quedar varado en las Bahamas vendiendo gorros, casi como si fuera Tom Hanks en la película "La Terminal".

Por suerte no fue así; pudo regresar sin mayores problemas a España y pronto montó su propia academia de yoga en Gijón. La primera sede estuvo en la calle Cabrales, y la segunda, en Casimiro Velasco. Se llama Yoga Ahimsa, que en sánscrito viene a significar "No violencia".

Ya en la década de los noventa se convirtió, junto a su hija Silvia, en el primer maestro que contrató el Patronato Deportivo Municipal para dar clases de yoga a los gijoneses. En esa decisión tuvo mucho peso Teresa Rodríguez, hoy directora de programas del Patronato, y el recientemente fallecido por coronavirus Javier Faes. Esas primeras clases, que Ángel García recuerda con especial cariño, las impartieron en las piscinas de El Llano y duraron hasta pasado el año 2000.

Ahora, a sus 74 años y confinado como el resto de Gijón, Ángel García Rodríguez echa la vista atrás y se emociona. Lo que más le gustaría que se recordara de su yoga es su visión de esta disciplina. La cual él no entiende que sea estar en las nubes, sino como una herramienta para afrontar el día a día. Bien lo sabrá él, que empezó con el yoga cuando no era una moda que ahora está en auge y que muchos gijoneses emplean para sobrellevar el confinamiento.

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