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Los viajes de Jovellanos (XXV): Jovino, por los alrededores de San Sebastián

El ilustrado gijonés dedica una jornada a visitar Pasajes, Lezo y Rentería, una ruta en la que incluye una salida en falúa con Miguel de Aramburu, quien fuera director del Seminario de Nobles de Vergara

Puerto de Pasajes

En el capítulo de hoy vamos a acompañar a Jovellanos por los alrededores de San Sebastián, donde como siempre, a parte del disfrute de conocer nuevos lugares, nuestro ilustre viajero nos aporta muchísima información en múltiples aspectos. Veamos que nos dice para iniciar aquella mañana del miércoles 24 de agosto de 1791: “Visitas: en casa de Montehermoso; toca Ortuño el piano organizado, que maneja con gusto y destreza, y es un instrumento muy armonioso. Comer en casa del general con la marquesa D’Angós, francesa, refugiada con su hijo, y cuyo marido está en la asamblea del partido realista; mujer hábil, feísima, muy amanerada y, al parecer, de carácter muy orgulloso. Siesta; al jardín del general”.

Ya hablamos de la importancia de Ortuño María de Aguirre-Zuazo Corral, Marqués de Montehermoso, en un capítulo anterior, y también de Ramón Ricardos, el que Jovellanos llama “el general”, pero aquí, en este fragmento, aparece una de esas descripciones, que leídas hoy nos resultan cuanto menos llamativas por el carácter tan personal e íntimo del escrito, es la que se refiere a la marquesa D’Angós, a la que tilda de hábil pero feísima.

Tras este párrafo cuenta Jovellanos su salida, casi a modo de excursión, y dice así: “la expedición de Pasajes. Salida con D. Miguel Lardizábal a caballo; gran calor; a caballo hasta La Herrera; arenal y calzada penosísimos. D. Joaquín Juni nos espera con la falúa de la villa; atravesamos la grande, limpia y profunda concha; el pueblo a uno y otro lado de ella; a la izquierda, en medio, el puerto y la canal, estrecha y de difícil entrada; mas, después de ella, todo es lo mejor del mundo; a la derecha astillero; allí hay fragatas del rey mandadas por Maestre en ellas está el marino Inguanzo, que nos visitó aquí. Desembarcamos en Lezo, casa de los Lezos y Barones; ermita del Cristo, nada bueno; más arriba iglesia parroquial, de buena arquitectura y grande, según el gusto de esta tierra. Magnífico retablo mayor en madera, de bellísima escultura, así en estatuas como en bajos relieves; no es comparable al de San Francisco de Tolosa. Bellísimo sagrario de estuco al lado del altar y del evangelio, desfigurado por estar blanqueado y reblanqueado, pero de bellísimo gusto de arquitectura y escultural. Vuelta al barco”.

Hermosa ruta la que nos va desgranando Jovellanos, aunque es evidente que la perspectiva actual de ese espacio difiere mucho de lo que él vio transitando desde San Sebastián. Hoy no hay espacio libre para construir en ese entorno ya totalmente urbanizado, y sin solución de continuidad se llega hasta Pasajes. Nos hace saber que pasa por La Herrera. Actualmente, tras salir de la ciudad hacia el este, atravesando el mítico barrio de Intxaurrondo, se pasa incluso por una estación ferroviaria llamada La Herrera.

Se sube a continuación en una falúa con su amigo Miguel de Aramburu, que como ya indicamos en otro artículo, fue director del Seminario de Nobles de Vergara, y desembarcan en Lezo. En el viaje marítimo observa el canal, el puerto y los astilleros y cita a Maestre, cuando menciona la presencia de fragatas mandadas por el Rey. Sería Rafael Maestre y Thous de Monsalve, nacido en Sevilla en 1755, llegando a ser Jefe de Escuadra de la Real Armada Española. Era capitán de navío desde 1783 y lo fue precisamente hasta noviembre de 1791. Y si Jovellanos hace esa indicación es por algo, y de nuevo la historia le da la razón, ya que Maestre, al frente de la fragata Santa Leocadia, transportaba al regimiento de infantería de León hasta el puerto de Pasajes.

Visita a continuación en Lezo la capilla del Cristo, y la iglesia parroquial, dos edificaciones importantes. La historia de la capilla empieza como pequeña ermita donde ya se veneraba con intensidad una talla de un Cristo sin barba de influencia bizantina y situada cronológicamente en el siglo X. Fue tal la devoción a esta imagen que en el siglo XVI la ermita tuvo que ser ampliada convirtiéndose en la basílica renacentista que hoy disfrutamos. La leyenda, como en tantos otros lugares, cubre con un halo especial este Cristo de Lezo.

Así se cuenta que la imagen apareció flotando, en el interior de una caja, en la bahía de Pasajes. Esto fue visto como un milagro y los habitantes de Pasajes y Rentería se disputaron tener la talla en su población. Ante la discusión se olvidaron del Cristo, y al abrir la caja comprobaron sorprendidos que había desaparecido. La imagen apareció justo en el lugar donde se levantó posteriormente la capilla, en Lezo, pero la leyenda no acaba aquí, porque un vecino de Pasajes, no contento con la supuesta decisión divina, decidió llevarse la talla a Pasajes Donibane, tras este hecho se inició una tremenda tormenta, y ante la sorpresa del propio vecino de Pasajes, la caja se abrió y el Cristo parecía orientarse hacia Lezo. Ante esto se decide devolverlo a la capilla de Lezo.

Posteriormente, la devoción se desbordó y no había tripulación que antes de partir no pasase, pidiendo suerte, incluso alguna curación milagrosa, ante el Cristo de Lezo. Ingente cantidad de exvotos decoran sus espacios interiores, destacando una maqueta de barco donada como ofrenda de agradecimiento por marineros de la zona. También es muy destacable a nivel artístico el retablo del siglo XVIII que decora el interior.

Historia, leyenda y tradición se unen para crear un lugar cargado de espiritualidad.

A muy pocos pasos se levanta la citada iglesia parroquial que Jovellanos también visita, que sería San Juan Bautista.

La iglesia, sobre lo alto de la colina que preside Lezo, y citada en un documento por primera vez en 1399, tiene una sola nave, diáfana y de destacadas dimensiones. Se hizo así de grande por una razón, y es que antiguamente los pueblos de Lezo y Pasajes de San Juan estaban unidos, hasta que en Pasajes se levantó una nueva parroquia a partir del siglo XVI. Existía también una gran afluencia de fieles devotos a este santo, autor según la tradición de numerosos milagros y al que se encomendaban sobre todo tullidos y gentes afectadas de perlesía y del “mal de San Juan”. En el interior destaca el retablo mayor, obra de principios del siglo XVII. Domingo de Goroa y el escultor Diego de Mayora serían sus principales artífices.

Prosigue la narración don Gaspar y nos cuenta lo siguiente tras la visita de Lezo: “Se navega a Capuchinos, y por una larga tirada, llenos de calor, a Rentería. Bella portada moderna; iglesia gótica, con columnas redondas colosales; preciosísimo altar mayor, de D. Ventura Rodríguez, de preciosos mármoles y bronceados, plantado en curva; la escultura de estuco blanco, de D. Alonso Bergaz; de Rentería a la fondería de Iranda: máquinas de cilindros movidas por agua, con ruedas grandes, alguna de 22 pies de diámetro, mueven unos llenos para tirar las barras de hierro, y otros para partirlas en cuadradillo o barretas que sirven para facilitar el trabajo de la clavazón; en la primera se hacen los flejes o barretas de dedo y medio de ancho y delgadas para aros de pipas y toneles. Hay allí ferrería, martinete, vacío de agua corriente, habitación para el director y buenas oficinas”

Como vemos se acerca a Rentería y además de visitar una fundición y observar su modo de trabajo también se acerca a su iglesia, que en este caso sería Nuestra Señora de la Asunción. La iglesia tal como hoy la conocemos, es un edificio del siglo XVI, cuando se llevó a cabo la ampliación del primitivo conjunto parroquial del que prácticamente nada se conoce. El retablo mayor es magnífica obra de finales del XVIII, y lo diseñó Alfonso Bergaz miembro de la Academia de Bellas Artes. Y como bien nos indica Jovellanos, el altar mayor es de Ventura Rodríguez pero lo ejecutó el retablista guipuzcoano Francisco de Azurmendi.

Escribe finalmente Jovino: “Vuelta por la ría, después de haber tomado un refrigerio. Por la noche, casa de Montehermoso”.

Finaliza así su día, tras esta preciosa narración por Pasajes, Lezo y Rentería, regresando de nuevo a las posesiones del marqués de Montehermoso en Donostia.

Lo que acontece después lo vemos en el próximo capítulo.

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