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Gijón arropa al Cristo de los Mártires en su regreso a las calles

Centenares de personas asisten al vía crucis del Jueves Santo, que tuvo alusiones a la guerra, el covid, la España vaciada y el medio ambiente, con un mensaje de esperanza

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EN IMÁGENES: Gijón arropa al Cristo de los Mártires en su regreso a las calles Marcos León

Nadie quiso faltar a la cita del Jueves Santo. Centenares de fieles se agolparon desde el Campo Valdés, y por las calles, aguardando la salida del Cristo de los Mártires. Lucía el sol. Ni una nube gracias al imperioso nordeste que, a medida que el Cristo de la Misericordia y de los Mártires avanzaba en su vía crucis, soplaba con más intensidad. La hermandad de la Santa Misericordia pudo borrar de un plumazo, en loor de multitudes, un lustro, entre los años de lluvia y pandemia, sin procesionar por la villa marinera que ayer se entregó a la causa. Una cita que sirvió, con un mensaje final de esperanza, para repasar los grandes males a los que se enfrenta la humanidad, instando a hacerles frente desde la fe, como bien reflexionó el párroco de San Pedro, Javier Gómez Cuesta, en cada una de las catorce paradas.

Cofrades de la Santa Vera Cruz y el Santo Sepulcro tomaron la delantera de la procesión. Largas líneas de nazarenos, con sus plateados ciriales de gala. Un penitente sostenía un aterciopelado cojín rojo con la corona de espinas. A escasos metros, un dorado incensario de nueva adquisición que custodiaban bajo palio. No faltaba las nuevas trompetas de plata liderando a los del capirote negro y túnica blanca ni tampoco el estandarte anunciando a la imagen. Tras ellos, ya se veía al Cristo de los Mártires. Flexionados los porteadores, para salvar el listón de la verja que cierra los pórticos de San Pedro, Jesús Crucificado hizo aparición entre la muchedumbre. Lo anunció a bombo y platillo cada uno de los integrantes de la Banda de Música de Gijón que arropó las más de dos horas de procesión. Himno de España incluido para rendir los honores pertinentes.

El Cristo de la Misericordia y de los Mártires, ayer, a su salida de San Pedro, pasando por el Campo Valdés, durante la procesión. MARCOS LEÓN

Para mayor solemnidad, seis miembros de la Escuadra de Gastadores del Regimiento Príncipe III, armas en mano, añadían mayor solemnidad al momento, escoltando un paso adornado por claveles y gerberas de color rojo. Los varales de madera, renovados, eran sostenidos por cuatro filas de penitentes. Un arco con una campana y un lazo con los colores de la bandera nacional unía a los palos centrales. Al tomar la calle Melquiades Álvarez, tal era el gentío que pareciera que Jesucristo andaba entre sus fieles. El porteo, por su naturalidad, elevó el impacto de la recreación de este vía crucis con el que se conmemoró la última noche de Jesucristo.

Las horquillas se hacían más necesarias que cualquier otro momento de la Semana Santa. Catorce fueron las paradas, no solo para reponer fuerzas sino para escuchar el mensaje que emanaba de la voz de Javier Gómez Cuesta. Desde la condena a muerte de Jesucristo hasta la Resurrección al tercer día. Desde la fe se dio respuesta, en cada momento del vía crucis, a los problemas actuales. Se habló de todas aquellas madres que sufren por sus hijos; de los enfermos y los parados; de las pandemias; de la España vaciada y la falta de oportunidades a los jóvenes; de la importancia del abrazo y los mensajes de esperanza; del medio ambiente, siguiendo así la línea vaticana reforzada por el Papa Francisco tras su encíclica instando al cuidado de la casa común. Afrontar los problemas desde la fe fue el mensaje que regó ayer las calles durante una procesión que regresaba a San Pedro al caer la noche. “Viva el Cristo de la Misericordia”, exclamó una penitente, con el rostro cubierto bajo el capirote, para poner un broche emotivo al Jueves Santo.

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