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Fallece José Luis Montero, cura “cariñoso y campechano” de Ceares y Lavandera

“Era el típico párroco de pueblo, muy cercano y querido”, relatan los feligreses de la iglesia del barrio, donde llevaba 36 años y “se comportaba como un vecino más”

José Luis Montero, en una misa en la iglesia de San Andrés de Ceares. Julián Rus

José Luis Montero Álvarez, párroco de Ceares durante los últimos 36 años y también responsable de Lavandera, falleció en la madrugada del sábado de forma repentina mientras dormía en su domicilio del barrio gijonés. Tenía 86 años y deja una profunda huella entre sus feligreses. Nacido en Castropol, cogió el testigo de su hermano Antonio, que había fallecido meses antes estando al frente de la parroquia de San Andrés. “Era el típico perfil de cura de pueblo, muy cercano. Deja mucha huella entre los feligreses, era muy querido”, destaca Juan Lozano, párroco del Corazón de María y arcipreste de Gijón. La capilla ardiente se encuentra instalada en el tanatorio de Cabueñes. Mañana, lunes, el cuerpo será trasladado a la parroquia de San Andrés de Ceares, donde se celebrará su funeral a las 12.00 horas, oficiado por el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes. Después será enterrado en Castropol.

Montero se asentó en Gijón en 1949, cuando aún era un niño, junto al resto de su familia. Su primer destino nada más salir del seminario fue Miranda, en Avilés, donde ejerció de coadjutor. Después, le sobrevino un largo periplo por distintos puntos de Asturias, como Sama de Langreo, Bimenes, Tapia de Casariego o Nueva de Llanes. “Era un hombre bueno. Una persona sencilla, optimista y generosa, con sentido del humor y con una gran capacidad de servicio. Siempre estaba dispuesto a ayudar en lo que fuera necesario. Como párroco, se entregó en todo momento a sus feligreses”, destaca el sacerdote claretiano Simón Cortina, vecino de Ceares y director del Colegio Corazón de María. “Tenía un gran corazón y era capaz de acoger y de empatizar con las personas que acudían a él en situaciones, en ocasiones complejas, sin juzgarlas. Con su forma de ser y de actuar se ganó el cariño y el respeto de todos, no solo de quienes participaban de la vida parroquial”, subraya.

Otro sacerdote con el que mantuvo mucha cercanía siempre es Fernando Fueyo, antiguo párroco de San Nicolás de Bari, en El Coto. “Nos conocíamos desde hace 60 años, cuando él estaba en Sama y yo, en La Felguera”, comenta Fueyo, que también recuerda que “la parroquia de El Coto nació a partir de la de Ceares”. Y subraya, sobre el carácter de Montero: “Era un hombre muy campechano, muy buen paisano”. El arcipreste de Gijón, Juan Lozano, destaca también su entusiasmo a la hora de participar en los encuentros de la diócesis. “No faltaba a casi ninguno, a pesar de su edad, tenía muchas ganas. Era muy participativo, cordial con la gente, muy amable y cercano a todo el mundo”, apunta.

Entre sus feligreses, dejó una profunda huella. Uno de los que más le conoció fue Rufino Gallegos, ya que estaba en la asociación vecinal de La Cruz de Ceares cuando llegó al barrio. “Era todo bondad, allí lo tenías para todo lo que necesitabas”, comenta. “Era buena gente, se preocupaba por lo que nos preocupaba a todos, se nos va un vecino más, de los que estaba en el bar siempre junto a nosotros”, valora Pilar Ruiloba, actual vicepresidenta de la asociación.

En Lavandera también le echarán de menos después de compartir muchas experiencias. “Después de dar la misa los domingos nos juntábamos con él al vermú y charlábamos un rato. En Lavandera se le tenía mucho cariño. Participaba en las fiestas, en el homenaje a los mayores y en todo lo que se hacía”, indica Isabel Trabanco, del colectivo vecinal.

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