Opinión | Crítica / Cine
"Contracampos": Heridas invisibles
Bande continúa con su disección minuciosa y audaz de un pasado que insiste en ser presente
En sus cinco años de existencia, por el campo de concentración de Arnao pasaron más de 2.000 personas. En los terrenos en los que se levantaba hay ahora un campo de tiro y un área recreativa. Sobre estos terrenos posa su cámara Ramón Lluís Bande en su nueva película, "Contracampos", un corto en la frontera del mediometraje de aliento largo y poso perdurable.
Estructurada en tres movimientos, "Contracampos" se presenta como una pequeña sinfonía audiovisual que trabaja con las variaciones sobre el espacio que antaño ocupó el campo. En un primer estadio, esos planos largos y la descripción física del campo invitan a imaginar a James Benning revisando "Noche y niebla". Pero Bande, de estilo y compromiso irreprochables, destierra parecidos con su poderoso segundo movimiento, en el que revisita esos mismos lugares en un lluvioso atardecer. El sonido de la lluvia llama a la reflexión ante la descripción minuciosay vívida del día a día en el campo. "Dempués de la bandera –y el ¡Arriba España! ¡Viva Franco!–, rompíen files y formaben la cola del almuerzu. Café y un cachu pan ruin", se lee en el filme. El destino de aquellos presos de Arnao estaba labrado en las mismas piedras que construirían monumentos a la falacia como el de Cuelgamuros. "Poques yeren les alternatives pa un prisioneru políticu: l’estierru, la cadena perpetua, o la pena muerte", recuerda el filme. Y los disparos del cercano campo de tiro comienzan a romper la película, retumbando como amenazas.

Heridas invisibles / Franco Torre
Con el último movimiento, cerrada ya la noche, sin renunciar a cierta poética en los encuadres, Bande extrae hasta la última gota de ese paisaje, escenario de "una autobiografía colectiva probable", planteando la cuestión de si los campos de concentración son un hecho pasado o si, presos del silencio y el olvido, construimos cada día una prisión invisible. En suma, "Contracampos" es otro jalón, uno más, en la minuciosa y audaz disección que, desde hace años, Bande dirige sobre ese pasado que insiste en interferir en el presente, en condicionar el presente. Ese pasado que insiste en ser presente.
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