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Oír con sentido

El mapa acústico de Gijón o cómo identificar nuestra riqueza sonora para construir una ciudad evocadora y evocable

Mi joven amigo José me cuenta que pocas veces desde que ha dejado su Alcázar de San Juan natal ha vuelto a escuchar la llegada de las golondrinas en primavera tal y como suena allí. Nació a la vera de los molinos cervantinos y es ingeniero de sonido, una peculiar mixtura que, en todo caso, le permite especular con las variables que afectan a las ondas sonoras del canto de la golondrina y hacen que el anuncio de la primavera suene tan distinto según dónde se escuche: a veces, tal y como ha quedado grabado en su memoria infantil, otras, de forma perfectamente reconocible pero en absoluto evocadora, nada que altere el presente continuo del lugar donde se halla.

Los investigadores asturianos Javier Suárez Quirós y Juanjo Palacios acaban de anunciar la intención de realizar un mapa sonoro de Gijón. Es una iniciativa que me resulta muy atractiva porque rescata del ostracismo un sentido -el del oído- que hemos subestimado, particularmente en su potencial con respecto a nuestro bienestar como individuos y sociedades. Si invertimos tiempos y dineros en estudiar los sonidos de las urbes suele ser fundamentalmente para detectar puntos críticos de contaminación acústica como lo haríamos con la concentración de carbón en el aire.

El control del ruido es una exigencia legal y un medio de prevención de enfermedades físicas y psicológicas, así que nada que objetar a la noble tarea de la cartografía acústica. Sin embargo, el despliegue técnico no suele ir más allá; para, por ejemplo, saber a qué suena hoy nuestra ciudad, cómo, en su momento, lo hizo el Gijón de Jovellanos o la Noega astur. Y, mirando hacia el futuro, cual queremos que sea el paisaje sonoro en el que se desenvuelva nuestro día a día: ruidos aparte, de qué sonidos poblaríamos nuestra vida cotidiana para hacerla evocadora y evocable, para construirla más feliz. Ése es el planteamiento de los investigadores asturianos.

En realidad, el asunto viene de lejos y ha dado lugar a innumerables enfoques. El músico y experto canadiense Murray Shafer forjó el concepto de "paisaje sonoro" equiparable a físico y tangible. El hombre se ha confesado cada vez más preocupado por la forma en la que hemos "aplanado" la riqueza tridimensional de nuestros sonidos cotidianos con focos sonoros tan potentes que tapan todas las sutilezas que matizan los espacios en los que habitamos. El tráfico engulle el canto de los pájaros, el borboteo de una fuente, los balbuceos de un bebé. En otras palabras, oímos en 2D en vez de escuchar en 3D. Y ahora llega la paradoja resultante.

Con el fin de contrarrestar lo que instintivamente nuestro cuerpo y mente consideran una agresión -razona el canadiense- nos aislamos escuchando a través de auriculares músicas o sonidos previamente "aplanados" para ser portables, y entramos así en un espacio ficticio que no guarda relación ya con el físico. Nos desdoblamos en lo que él ha llamado "esquizofonia", inquietante concepto que contiene una realidad que cada día cobra más forma: vivimos mentalmente lejos de donde estamos, nuestros dispositivos móviles nos secuestran y arrastran a un presente que es mitad real mitad imaginario.

Ojalá hubiera sensibilidad y dineros para apoyar iniciativas como la de este mapa sonoro, así como para mejorar nuestra ciudad tomando como referencia las conclusiones a las que llegue. Achicar los ruidos, recuperar el sonido del mar, potenciar el silencio, reconocerle al bullicio su valor sanador, descubrir los matices sonoros que nos identifican como ciudad y que forman parte de nuestra marca, aunque -por obvio- nunca hayamos reparado en ello.

Yo les confieso que en mi mapa sonoro personal hay voces que no olvido, ronroneos que me reparan de casi todo o músicas que me ayudan a entender el mundo, pero no conozco sonido más reconfortante que la risa de mis hijos y nada que me desazone tanto como su llanto o el timbre de la tristeza en sus voces. Si en mi paisaje sonoro irrumpieran las bombas y la destrucción, buscaría como una loba enloquecida un lugar en paz para mis retoños. Otros lo están haciendo ahora mismo pero para no escuchar sus gritos de auxilio estamos subiendo el volumen de nuestros cascos.

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