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La cara más intimista del Renacimiento ibérico

Hubo vida antes de Bach, y en Gijón la "Academia de Música Antigua" lleva años acercándonos un repertorio muchas veces difícil de categorizar y que durante mucho tiempo fue olvidado por las programaciones de los teatros. La relación de la ciudad con este repertorio tiene su gran cita en el Festival de música antigua del verano, pero la actividad de la academia va más allá, y a lo largo del año organiza talleres y cursos para fomentar la interpretación de una música que precisa una formación específica. Esta semana Èlia Casanova (soprano) y Alfred Fernández (Vihuela) impartieron los talleres y, como viene siendo habitual en estas citas, cerraron la actividad de la academia con un concierto en el salón de actos del Antiguo Instituto.

Fue una hora de música en la que primó la delicadeza, un concierto íntimo, sin estridencias, y en el que las obras polifónicas del "Cancionero de Elvas" sonaron a una sola voz, como destiladas, pero conservando todo el carácter gracias al buen hacer de los músicos. Con un diligente cuidado de la prosodia y los acentos, Casanova y Fernández fueron dando vida a un repertorio que continuamente exige matices. Las anticipaciones y los retardos desafían la regularidad de un compás que muchas veces se amalgama, cuando no se disuelve para entregarse a la expresividad.

Fue un concierto en el que predominó el equilibrio y en el que el diálogo entre voz y vihuela primó sobre los lucimientos. Casanova se movió con soltura en un registro grave para una soprano, y supo recrearse en la articulación del fraseo silábico controlando las dinámicas y la articulación de cada verso. Este repertorio se caracteriza por la sucesión de frases melódicas breves y cadenciales, por lo que el tempo, la agógica y el trabajo con la disonancia son primordiales para no caer en la monotonía. El sábado todo sonó en su sitio, Casanova y Fernández hicieron aparentemente fácil lo difícil y lograron encandilar al público desde las primeras piezas. Hubo también varias obras instrumentales de autores como Luís de Narváez y Francesco da Milano, en las que se pudo apreciar cómo las diferentes voces se superponen, se apoyan o se contestan.

A destacar, la carga afectiva que Casanova imprimió a "Testou minha ventura" y, muy especialmente, la dramatización del villancico "Quien te traxo el cavallero" de Juan del Enzina, en el que supo jugar con la coloratura de timbre para evocar el diálogo y construir los personajes tanto desde la interpretación vocal como desde la gestualidad y la performance.

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