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María Domínguez

Vidas protocolarias

Sobre el exceso de normativa en las aulas por la pandemia

Forman parte de mi vocabulario, de mi rutina, de mi existencia: colegio, familias, niños, lectura, cine, manzanas, poemas, lluvia, colores, Amazon, pandemia y, por supuesto, protocolos. Todavía ayer escuché: “Esto es así, te guste o no, díselo a quien hace los protocolos”. Tengo que darle unas gotas de Dalsy a un alumno, protocolo de Administración de medicamentos. Un padre quiere ver un control de Sociales, pues toma protocolo para la revisión de exámenes. Tengo algo de tos y cansancio, pues ya estamos activando el protocolo. Me pregunto cuál es realmente el significado de esta palabra que parece complicar tanto nuestras vidas.

Mañana, cuando esté en clase y un alumno me pida permiso para ir al baño, espero no tener que sacarle antes el protocolo, pues probablemente cuando termine de cubrirlo ya no tenga ninguna necesidad fisiológica que resolver, pero sí la necesidad de ropa interior limpia. Buscando en el diccionario la palabra protocolo aparecen más de cinco definiciones, supongo que será la número cuatro de la que hoy quiero hablar. Secuencia detallada de un proceso de actuación. Pues bien, yo le pediría a quien hace los protocolos del ámbito sanitario que por favor no los anduviesen cambiando semanalmente. Que si es posible, inviertan menos tiempo en revisarlos, añadir, quitar y modificar puntos, para dedicarlo a mejorar de una vez la situación sanitaria. No se puede confundir, a una sociedad que cada día está más trastocada, desconectada y perdida. Se supone que hay que seguir un protocolo para guiar o regular acciones evitando incidencias y proyectando seguridad, respeto y credibilidad. Pues la verdad, es que siguiendo el protocolo, a mí no me ofrece seguridad alguna incorporarme a mi puesto laboral tras haber sido positivo en Covid–19, con síntomas leves y sin una segunda prueba que corrobore mi negativo. Los médicos de cabecera también se lavan las manos en este aspecto y no solo tras una auscultación.

Es decir, que en plena tercera ola (yo aún no sé cuándo terminó la segunda) de contagios masivos, una vez pasados los diez días de rigor y llevando tres sin síntomas, se asume que ya no eres contagiador, así que te vas a currar sin la segunda PCR. Supongo que será porque docentes, profesores y la mayoría de los colectivos de trabajadores (a excepción de sanitarios y sociosanitarios) automáticamente estamos inmunizados, no somos población de riesgo y el bicho ha aceptado su derrota frente a nosotros. La verdad es que no entiendo nada y por eso me pregunto. Cuando uno empieza a cuestionar el trabajo protocolario de la Salud Pública Nacional y quiere dejarlo reflejado, ¿cuál es el protocolo que debo seguir?

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