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JC Herrero

De Lequerica a El Natahoyo

Menos hormigón y más cámara y acción

Muy loable la iniciativa municipal gijonesa de hacer partícipe a todo el mundo mundial para proyectar la remodelación del tránsito entre el espigón Lequerica y El Natahoyo. Las candidaturas lo tuvieron fácil, a través de Google Maps ya tienes una idea clara de lo que hay, Gijón tiene suficiente memoria urbanística de propiedades horizontales que abusaron de excesiva verticalidad ensombreciendo sus bahías. Ahora se trata de dar solución y buscar una movilidad amable en esa parcela. A vista de pájaro, en paralelo, el parque del “solarón” despejaría cualquier duda en hallar una zona verde amplia, tan necesaria en la marina gijonesa. En la zona de Fomento que se pretende idealizar sobre trece memorias ejecutivas se propone demasiado martillo percutor y apenas algún oasis en forma de palmeral como los minimalistas Jardines de la Reina. Se vuelve así a idéntica parcelación del paseo del muro, con carril bici, peatonal o de artilugios propulsores, con alta aspiración de quitar del medio los vehículos. A fortiori un error, pues la crispación con los autos no es por su tamaño sino por la contaminación, cuando está a la vuelta de la esquina el litio – auto eléctrico- luego hay que aceptar el coche como animal de compañía, mal que nos pese.

La cohorte de proyectos seleccionados va desde un sencillo “Entre verde y azul” que apenas rebasa el medio millón de euros, prácticamente gasto de pintura, hasta un ambicioso “Gijón simétrico” de veinte millones de euros, ciertamente poco equidistantes. Hay que lavar la cara a muchos miles de metros cuadrados, en alguna memoria se acotan hasta cien mil. 

En las candidaturas, salvo error u omisión, nadie hizo mención a los ciudadanos de nuevo cuño, hablamos de cerca de tres decenas de millar de mascotas que necesitan, como el comer, espacios verdes, cuya solución está en el “solarón” o parque del Tren de la Libertad.  

Aquí no hablamos del Algarrobico almeriense, al contrario, de Lequerica arranca en ciernes un pedazo de hotel al que hay que llegar en coche o autobús, de momento, hasta que se pueda llegar volando.  

La mayoría de los proyectos vertebran sobre la palabra “memoria” y el ayuntamiento debería ser consecuente. Verbigracia, recuperar la “Rula”: sería un revulsivo excelso la entrada de pesqueros a su lugar de origen. De la Tabacalera, más de lo mismo: se ha hecho una extraordinaria inversión dejando impoluto el edificio siendo necesario que, al menos, una hueco de la fábrica de tabacos recreara cómo trabajaban las cigarreras, daría mucho juego al turismo.

Del edificio de la Comandancia de Marina, idéntico: un cambio de guardia al estilo inglés mostraría que hay alguien ocupándolo. De lo que fue consulado francés, descartado el albergue de peregrinos, exige romanticismo no en vano la mayoría de las embarcaciones que atracan en el muelle local lucen pabellón galo, Nantes está a tiro piedra. Y así un largo etcétera hasta llegar a El Natahoyo. El Conde Revillagigedo y su instituto laboral de principios de siglo es fiel reflejo de los técnicos que salieron a los astilleros de alrededor, otro reclamo para la memoria antropológica, tan necesaria o más que la urbanística, no todo es asfalto.

¿Y el solar de la “Semana negra” por qué no pasa a ser el Año Negro…?

En ese escenario garciniano –de Garci- Cimadevilla reclama centrifugar su gentrificación, de modo que recuperemos el alma playa. Ningún proyecto deja paso a los carritos de pescaderas, ni tan siquiera una simple oda a Rambal, cuyo espíritu sintetiza a un pueblo marinero que izó ballenas a pie de puerta.

Menos hormigón y más cámara y acción sería lo deseable para los trece proyectos que aguardan el premio, un maquillaje al que debe suceder otro, el concurso de ideas en pro de recuperar la cultura gijonesa, eso sí es memoria. 

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