Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Isabel Menéndez Benavente

Tormenta de ideas

Isabel Menéndez Benavente

Dos sirenas

El alma rota de un padre que asesina con alevosía a sus hijas para matar en vida a su exmujer

No me lo puedo quitar de la cabeza. La noticia del jueves me dejó absolutamente desolada. No hago más que preguntarme cómo un padre puede llegar a eso. Por qué el deseo de hacer daño a otra persona puede llevar a cometer el acto más atroz que se puede llevar a cabo. Llevo estudiando la mente humana más de 40 años y sigo sin entenderlo.

En ocasiones nos refugiamos en que hay una psique rota, como en el caso de los niños de Godella, aunque nuestras teorías de la psicopatología se caen cuando sabes que, además de una madre esquizofrénica sin tratamiento, hay un padre al que se le presupone sano mentalmente. Igual que ha pasado ahora con las niñas en Tenerife. Un padre aparentemente “normal” que adoraba a sus niñas, con una madre que estaba segura de que su exmarido no era capaz de una atrocidad semejante. Me agarré a la misma idea, con la esperanza de que ese padre no pudiera hacer algo así. Pienso en esas niñas, que podían ser mis nietas, pienso en esos abuelos. No solo en los maternos. Pienso en los paternos, en esos padres que vivirán sabiendo que su hijo, al que han criado, educado y amado, ha sido capaz de destrozar la vida de una familia entera, perpetrando el mayor pecado que uno se pueda imaginar. Pienso en que se les ha roto la vida y que la culpa irá siempre asociada a una pena que no les dejará respirar. Y no dejo de estremecerme cuando pienso en esa madre, en la agonía de más de 40 días, en que trataba de mantener la esperanza en esa persona que había compartido con ella la vida y que, junto a ella, había engendrado dos niñas maravillosas. Un buen padre. Amaba a sus hijas. No soy capaz de entender el hecho de que, por hacer daño, por matar a su exmujer en vida, alguien en su sano juicio sea capaz de esto. Con premeditación y alevosía. Despidiéndose antes, haciendo que sus niñas se hundieran en el abismo marítimo para que nunca las encontraran.

No es posible que esa mente sea normal. Me niego. Algo ha tenido que romperse en el alma de ese padre, algo tuvo que nublarle la razón y sobre todo el corazón para acabar con la vida de lo más sagrado que tiene un padre… Me niego a pensar que la venganza justifique este horror. Y ahora solo pienso en ella, en Beatriz, en que ese mar ya será para siempre la tumba de sus hijas, esas que ella ya imaginará como dos sireninas que para siempre estarán juntas… Ahora solo queda rezar.

Compartir el artículo

stats