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Macrino Fernández Riera

Ante el centenario de la muerte de Rosario de Acuña

Macrino Fernández Riera

Lluvia de piedras, disparos de fusilería

La escritora afrontó varios problemas de convivencia al poco de estrenar su casa en El Cervigón

Fragmento de un grabado de autor anónimo publicado en 1911.

Estaba tan contenta en su nueva vivienda –la que se había hecho construir sobre un alejado promontorio del litoral gijonés– que no pudo menos que proclamar a los cuatro vientos dónde firmaba aquel escrito: "En mi casa del Cervigón (Gijón) 1º de julio de 1910". Desde entonces vivía reconfortada por la visión cambiante de aquellas aguas que contornean la punta del cabo de San Lorenzo, por la audición de la "sonata majestuosa o idílica de las olas del Océano"... Claro está que no siempre fue así, pues hubo ocasiones en las cuales aquella melodía marina se vio apagada por ruidos bastante más estridentes y sorpresivos. Tal sucedió un día del mes de febrero del año dieciséis, cuando una lluvia de piedras cayó sobre el tejado de su casa: es fácil de imaginar que el estruendo provocado por aquel ruidoso zambombazo ahogara los armónicos ecos que llegaban del acantilado.

El caso es que se habían propuesto convertir en cantera los terrenos de una finca tan cercana a la suya que, cuando los obreros que estaban al cargo de la obra hacían explotar un barreno, del cielo empezaban a caer piedras de diferente tamaño (algunas de varios kilos, que la damnificada las ha pesado) impactando sobre el tejado, rompiendo cristales de las ventanas, desgraciando alguna que otra gallina y sembrando la finca de guijarros. Habló con los canteros, les pidió que evitaran aquel peligroso despropósito, y por toda respuesta escuchó que, mientras no traspasaran el límite de cuarenta metros que fija la ley, ellos no podían hacer nada, que eran unos mandados.

Quizás fuera por la pública denuncia que de aquella atrocidad realizó en las páginas de El Noroeste, el caso es que no encontramos nuevas noticias de bombardeos similares, tampoco de las réplicas vespertinas: resulta que por las inmediaciones de la finca solía pasar un escuadrón de chiquillos al cuidado de dos hermanos de negra sotana, resulta que los cuidadores debían de quedar tan traspuestos al llegar a las proximidades de la casa de doña Rosario que la vigilancia se resentía, tanto que aquellos rapazuelos aprovechaban el momento para correr alrededor de la finca lanzando cantos por lo alto de las tapias... Que cada cual suponga qué cosas les habrían contado acerca de la propietaria de aquella casa para que así se comportara esta chavalería hambrienta de educación. En fin.

Origen bien diferente tuvo el estruendo que años después acalló las rítmicas embestidas con las que el oleaje azotaba el acantilado. Aquella mañana fue la ruidosa presencia de armas de fuego lo que provocó que cesara de inmediato en sus habituales tareas domésticas: había patrullas de tiradores por el perímetro de su finca haciendo disparos a diestro y siniestro. Aprovechó un momento de calma para salir a averiguar lo que estaba sucediendo y fue entonces, "con el sobresalto natural del que se siente fogueado a todo trapo", cuando alcanzó a ver a unos cuantos soldados corriendo, de un lado para otro, por la Ería del Piles: el Ejército estaba realizando por aquella zona –desde El Cervigón a la Punta de La Providencia– ejercicios de fuego de fusilería. Lástima que no hubiera tenido tiempo de leer en la prensa local de aquel mismo día un anuncio de la Comandancia de Marina en el cual se alertaba a las "gentes del mar" en evitación de desgracias. De haberlo sabido, seguramente se hubiera ahorrado aquel espanto.

No creo que el temor se lo produjeran las armas. Al fin y al cabo había estado casada con un militar y su padre había sido un regular cazador, actividad de la cual y dicho sea de paso dudo mucho que pudiera alardear delante de su hija (gran amante de los animales, como ya sabemos) por mucho que fuera conocedor del amor que sentía por él. Felipe de Acuña, nacido y crecido en las estribaciones de la serranía jiennense, abandonaba con cierta frecuencia el urbano escenario capitalino para reencontrarse con umbrías y solanas, con collados y vaguadas, con valles y montañas; y allí se convirtió en entusiasta cazador, en montero asiduo de partidas varias. No, no creo que fueran las armas, pues también sabemos que ella tuvo una que, al parecer, manejaba con acierto. Contamos con algún que otro testimonio al respecto.

El primero tiene por escenario la villa de Pinto, donde decidió construir una casa de campo. Pues bien, así que se concluyó la obra empezaron a romper a pedradas los cristales de las ventanas que estaban más próximas al camino vecinal. Para poner remedio a tan mal comienzo y sabedora de que su nuevo pueblo llevaba tiempo intentando conseguir, sin éxito, autorización para organizar una feria de ganados, se puso manos a la obra. Valiéndose de sus amistades y de la ayuda de su padre, a la sazón alto cargo del Ministerio de Fomento y miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas, consigue la ansiada autorización y una dotación de tres mil pesetas para premios. Con el permiso en una mano y con un arma de fuego en la otra, se presentó ante el alcalde dejando bien a las claras su firme voluntad de resolver el asunto: "Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia". Al parecer, aquella visita surtió el efecto esperado, pues no hay noticia de que tras las contundentes argumentaciones de la nueva vecina se repitieran las roturas de cristales.

El segundo sucede algún tiempo después, en 1900. Por entonces vive en la localidad cántabra de Cueto, en una casa en la que tiene instalada una afamada granja avícola, con la que se gana su sustento. Después de una larga jornada, de esas que en el mes de marzo anuncian ya la primavera, el silencio de la noche se interrumpe de pronto por el tronar de unos cartuchos. Fue ella quien disparó al aire para amedrentar a alguno de sus vecinos que pretendía acrecentar sus míseras rentas con productos de su corral. Al ver que dos hombres habían penetrado en la huerta de la casa e intentaban romper la verja que la separa de la portalada, no dudó en echar mano de su vieja escopeta y disparar dos tiros al aire, argumento más que convincente para que los ladrones huyeran por donde habían entrado.

De haberla podido usar tiempo después, diferente hubiera sido el resultado de otro robo que, esta vez sí, ocasionó un gran quebranto económico a la hacendosa avicultora. Los ladrones se llevaron gallos y gallinas con un valor que, a precios de mercado, equivalía al importe de un año de trabajo. Aunque la propietaria está convencida de que los robadores no residen muy lejos y que venden sus aves impunemente, todos sus intentos por recuperarlas fueron infructuosos, a pesar de que localizó –y compró– algunas de sus gallinas en el mercado de Santander. A tenor de lo sucedido, bien pudiéramos concluir que, de haber escuchado algún ruido sospechoso no hubiera dudado en volver a utilizar su escopeta, de cuyos efectos ahuyentadores ya contaba con evidencias más que sobradas. Queda dicho: una fiel amiga, que doña Rosario maneja con regular acierto.

Carácter más festivo tuvieron los chupinazos que disparó en el verano de 1911 en el litoral gijonés, en El Cervigón, paraje donde poco tiempo antes se había hecho construir la que, a la postre, se convirtió en su última vivienda. Los de entonces, no fueron para evitar las pedradas a la casa o para provocar la huida de los ladrones, pues tenían como objetivo anunciar la llegada de un gran buque a la bahía. Rosario de Acuña, que no hacía mucho que vivía en su nueva residencia, se había ofrecido a atalayar la llegada del trasatlántico La Navarre al cabo de Peñas. La estratégica situación de su finca le permitía cumplir satisfactoriamente tal cometido. Una vez que avistase el navío en las proximidades del cabo deberá proceder al izado de una bandera y a lanzar seis chupinazos al aire. Aquellas señales servirían para ultimar los preparativos de la llegada de aquel barco procedente de La Habana con un grupo de entusiastas hijos de la tierra a bordo. Eran representantes del Casino Español, el Centro Asturiano y el Club Gijonés que acudían a Gijón a rendir homenaje a Jovellanos, el ilustre gijonés de cuya muerte se cumplía por entonces el centenario. Aquellos chupinazos iniciaban la cuenta atrás del tiempo previsto para la entrada en El Musel del navío que, según las previsiones, se produciría sesenta minutos después de que doña Rosario efectuara los disparos desde su finca de El Cervigón.

No; no creo que fueran los disparos de los soldados que aquella mañana de febrero del año veintitrés realizaban ejercicios de tiro por las inmediaciones de su casa; no creo que fueran ni las armas ni los disparos, sino la lamentable imagen que había contemplado desde la atalaya del Cervigón: "¡Trigales soberbios, estúpidamente pisoteados; praderas en plena florescencia, pateadas por todas partes; sebes asaltadas; sembrados recién hechos, volteados impiadosamente al desaforado correr de la tropa para combatir con más éxito al temido enemigo. En fin, todo el aterrador espectáculo de unos campos maltratados por el esquilmante paso del caballo de la guerra!"

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