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El atraco del siglo digital

Tim Wu detalla en "Comerciantes de atención" cómo las plataformas tecnológicas vampirizan la experiencia vital para generar grandes beneficios

Miren a su teléfono móvil. Mírenlo fijamente. Esa pequeña pantalla que ya todos llevamos implantada y donde picoteamos constantemente actualizaciones de las redes sociales, o cualquier tipo de mensaje o información que va cayendo como lluvia incesante, está haciendo de nosotros un "Homo distractus", humanos distraídos que apenas logran concentrarse y cuya conciencia vaga de un lado a otro sin estar realmente en ningún sitio. ¿Es eso vivir? La tecnología digital, y, sobre todo, la brutal explotación comercial que están desplegando las multinacionales tecnológicas, está robando el aroma de nuestra humanidad.

Esa es la advertencia con la que Tim Wu termina su libro "Comerciantes de atención", un volumen que fue uno de los libros del año de "The New York Times" y que ahora edita en España Capitan Swing. El volumen lleva por subtítulo "La lucha épica por entrar en nuestra cabeza". Esta obra de Wu -profesor de la Escuela de Derecho de Columbia y articulista del mencionado diario- no es solo una suma de reflexiones sobre el profundo impacto que está teniendo en el comportamiento humano la implantación a través de plataformas como Facebook o Google de un sistema de explotación publicitaria que se está llevando por delante cualquier rastro de vida privada. Es eso, especialmente en su brillante parte final. Pero, sobre todo, es una bien tramada y bien contada historia de cómo hemos llegado hasta esta situación en la que, como dice este autor, el hombre contemporáneo se ha convertido en antítesis de los monjes, tanto occidentales como orientales, cuyo objetivo vital era "recoger los frutos de una atención profunda y concentrada".

Esa historia que cuenta Wu a lo largo de las casi 500 páginas de este libro apasionante comenzó con el primer despegue del capitalismo, cuando alguien descubrió "que captar la atención de alguien puede hacer que esa persona se desprenda de algo de dinero". "Entre la década de 1890 y la de 1920 surgieron los primeros medios de cosechar la atención a escala colectiva y de dirigirla con un propósito comercial gracias a lo que hoy en día conocemos, en sus múltiples variantes, como publicidad". Wu va transitando, en ese modelo de la explotación de la atención humana, desde los primeros periódicos de masas a la radio, a la televisión y desemboca en internet, donde los comerciantes de atención no se quedan en la esfera pública, ni siquiera entran en las cocinas o la sala de estar de las casas, como la radio o la televisión; ahora, una vez emparejado cada hombre y mujer de este planeta con sus respectiva pantalla amiga, penetran en la intimidad, desbaratándola por completo. Quienes diseñaron los mecanismos de funcionamiento de las redes sociales sabían bien cómo estimular con dopamina a la máquina humana para que siga haciendo un "scroll" infinito. Quienes diseñaron los algoritmos que ordenan, diseminan y jerarquizan la información que aparece en esas pantallas son capaces de dar a cada receptor justo lo que él anhela o cree desear. Y nosotros nos dejamos. "Compran barata nuestra conciencia y la venden con gran margen de beneficio", sentencia este experto en tecnología.

Tim Wu afirma que ha llegado el momento de romper con ese dejarse llevar tan característico del "Homo distractus". Porque lo que está en juego es algo medular. "Lo que se necesita podría denominarse 'Proyecto de recuperación humana'. El recurso humano más fundamental que requerirá la conservación y protección durante el próximo siglo seguramente será nuestra conciencia y espacio mental". Y añade: "La cuestión más apremiante de los tiempos que corren no es cómo deberían hacer negocios los comerciantes de atención, sino dónde y cuándo. Por desgracia, nuestra sociedad ha descuidado lo que en otros contextos llamaríamos las reglas de zonificación, la regulación de la actividad comercial que se desarrolla donde vivimos, en sentido tanto figurado como literal. Es una cuestión que va al meollo de cómo valoramos lo que solía llamarse nuestra vida privada".

Los defensores de la economía de la atención aseguran que, al aceptar las condiciones de uso de cientos de plataformas o aplicaciones, cedemos nuestros datos para que, a cambio, podamos encontrar productos y servicios ultrapersonalizados que se ajustarán como un guante a nuestras apetencias. Pero en el viaje cabría preguntarse si, como Fausto, no estaremos vendiendo el alma al diablo. Wu considera que ha llegado el momento de decir basta. "Para que la economía de la atención nos beneficie (y no solo nos explote) tenemos que supervisar su funcionamiento y expresar nuestro descontento ante sus tendencias degradantes. Como hemos visto, para sus peores excesos es posible que, en algunos casos, no haya más solución que la ley". Cree que hay que trazar de una vez una clara línea "entre lo privado y lo comercial". Pero no solo, ni mucho menos, es cuestión de alumbrar una legislación para estos gigantes tecnológicos que ordeñan litros de dopamina. Cada uno de nosotros tiene poder. Un poder que funciona, subraya Wu. El poder de desconectar. "En la práctica, el movimiento podría originarse con individuos que operen cambios graduales tan sencillos como reservar bloques de tiempo, como el fin de semana, para pasarlos fuera del alcance de los comerciantes de atención. Las primeras agitaciones se perciben en las prácticas, ya existentes, de desconectar o tomarse días de descanso digital. El mismo impulso puede conducir también a recuperar santuarios más físicos, no solo el cobertizo del escritor en el patio trasero, sino también las aulas, las oficinas y las casas; cualquier lugar donde queramos actuar los unos con los otros o lograr algo que sabemos que exige un alto grado de concentración. De esa manera, la práctica comienza a pagar dividendos comunales además de beneficios individuales".

Abrir hueco en la corriente digital y recuperar la humanidad de hombres y mujeres que, frente a frente, hablan mirándose a los ojos. Eso es lo que Wu considera la tarea urgente de nuestro tiempo para que no terminemos "siendo menos nosotros mismos y más esclavos de nuestras diversas redes y dispositivos".

El autor de "Comerciantes de atención" llama la atención sobre los costes personales de entregarse a quienes pretenden "exprimir al máximo, con todos los medios posibles, el tiempo que les dedicamos". A tal punto que, "cuando estamos absortos en el trabajo, leyendo un libro o jugando con los niños, para los comerciantes de atención es como si les estuviéramos robando". ¿Qué hace usted viviendo que no está metido en Facebook, gritando en Twitter, posando en Instagram o bailando en Tik Tok?

Pero hay más. "¿Cuáles son los costes sociales de tener a todos los ciudadanos condicionados para que pasen gran parte de su vida, en vez de concentrados y abstraídos, con la conciencia fragmentada y sometidos a interrupciones constantes?". Desde luego, para quien quiera vender algo, desde unas zapatillas al sometimiento político más radical, no hay mejor escenario posible.

La vida misma es lo que nos estamos jugando. Así lo escribe Wu: "Fue Willian James, la fuente del pragmatismo estadounidense, quien sostuvo que en última instancia nuestra experiencia vital equivaldría a aquello a lo que hubiéramos prestado atención. Por lo tanto, lo que está en juego es algo similar a nuestra forma de vivir la vida. Eso debería bastar para que analicemos con más detalles los innumerables acuerdos que suscribimos habitualmente y, lo que es aún más importante, para que tengamos en cuenta que en ciertas ocasiones nos conviene mantenernos completamente al margen. Si deseamos un futuro que evite la esclavitud del estado propagandístico, así como la narcosis de la cultura del consumo y del famoseo, primero tenemos que reconocer que nuestra atención es valiosa y decidir no desprendernos de ella a un coste tan bajo o de una manera tan irreflexiva como tantas veces hemos hecho. Y luego debemos actuar, tanto a nivel individual como colectivo, para volver a ser dueños de nuestra atención y recuperar, así, la titularidad de la mismísima experiencia de vivir".

Y, ahora, la próxima vez que usted mire el móvil, piense que, realmente, puede estar jugándose la vida.

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