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Los guajes que escriben de la mina

Autores de la última generación que recuerda la vida en las Cuencas con los pozos mineros en plena actividad publican obras sobre el duro oficio y la sociedad que lo rodeaba: “Es una historia que tenemos que contar”

Una de las  ilustraciones de “carboneras”.

Una de las ilustraciones de “carboneras”.

Sabían que era la hora de comer porque sonaba el “turullu” del pozo. Jugaban en una escombrera y volvían a casa con los playeros negros. Temblaban si se interrumpía “Barrio Sésamo” para informar de un accidente en la mina. Si había huelga, olía a goma quemada y los coches no

Están a caballo entre la “generación X” y los “millennials”, nunca bajaron a un pozo. Pero son los últimos que recuerdan cada detalle de la vida en las cuencas mineras cuando el carbón aún era riqueza. Y ahora, ya no tan guajes, son los autores de un “boom” literario: el de los libros que recuerdan un oficio duro que armaba una forma de vida única.

No son los primeros en contarlo, la mina lleva décadas ocupando páginas y tomos. Pero le han dado una vuelta de tuerca. Basta un vistazo a las portadas de “Los niños de humo” y “Carboneras” (editorial Pez de Plata). Los dos creados a cuatro manos por la periodista Aitana Castaño y el ilustrador Alfonso Zapico, colaborador de LA NUEVA ESPAÑA. El primer libro lleva siete ediciones, el segundo –publicado el 23 de noviembre– ya va por la segunda (más de 5.000 ejemplares vendidos).

“Mucha gente nos pregunta cuándo saldrá el próximo”, dice él, natural de Blimea y ahora con residencia en Angulema (Francia). Muestra la sonrisa del que ha conseguido un objetivo: “Creímos que había una necesidad de explicar a la gente de fuera lo que hay en las Cuencas. Tenemos una historia que hay que contar”.

La escritora Noemí Sabugal, en Mieres. JANDRO RODRÍGUEZ

Lo hicieron como nunca se había hecho. Adiós al ensayo, adiós a los testimonios. En “Los niños de humo” hay relatos cortos –la mayoría basados en historias reales– y dibujos para narrar el alma de las Cuencas: el dolor de una llamada desde el pozo, una charla en el economato, los ojos siempre enmarcados de negro.

“Tenemos una forma de vida distinta aquí, en las Cuencas. A veces, no nos damos cuenta de que mucho de lo que tenemos aquí es único. Como la solidaridad sin medida entre los vecinos”, explica Aitana Castaño, que sigue viviendo en su localidad natal, Ciaño (Langreo). Añade: “Me hace gracia cuando dicen que las Cuencas eran muy machistas... Toda España era machista en los sesenta. Pero la sororidad que había aquí era difícil de encontrar en otra parte”.

De sororidad y de feminismo en años negros habla “Carboneras”, el segundo libro de Zapico y Castaño. Como “Los niños de humo”, es una colección de relatos, la mayoría basados en historias que le contaron a la autora. Como la de una mujer allerana que perdió a su padre en la mina y todos los vecinos se unieron para hacerle una cuna. “Esto solo pasa en les Cuenques”, matiza Castaño. Un carácter solidario y un humor socarrón, como el de la pequeña Evelia: “Es una mujer de Urbiés que me escribió un correo electrónico precioso. Me contó que, de niña, tenía la salud delicada y que su madre siempre le compraba una milhojas en Mieres para que se pusiera fuerte. A veces, fingía estar mala para comer el pastel”. “El milhojas de Evelia” es otro de lo relatos.

Coinciden Zapico y Castaño en que el proceso de creación no sería tan fácil si los dos no fueran de las Cuencas –los dos son nietos de mineros, y la madre del ilustrador ha trabajado siempre en Hunosa–. “Yo le digo a Alfonso: ‘Dibuja un castillete’, y no hay más que explicar”, apunta ella. Le pidió el dibujo de una iglesia, y el templo es, sin duda, el de Bustiello. Pero “Carboneras” está ambientado en Montecorvo, un universo ficticio que Zapico creó para su tetralogía, aún inacabada, “La balada del Norte”.

Las historias son de las cuencas de Asturias, y hay referencias claras a los territorios, pero querían que todos los vecinos de zonas mineras se sintieran identificados. “Queríamos que toda la gente minera que tuviera el libro en sus manos, fuera de Asturias, León o Huelva, se reconociera y disfrutara de los recuerdos”. Atendiendo a los ejemplares vendidos, parece que el objetivo se ha cumplido.

Aitana Castaño y Alfonso zapico, dibujados por este último

Así que Montecorvo puede ser Mieres, Urbiés o Santa Lucía de Gordón (León), la tierra natal de Noemí Sabugal. La periodista y escritora leonesa ha publicado “Hijos del carbón” (editorial Alfaguara). Es un “libro viaje” en el que la autora repasa recuerdos, como las brasas de la cocina del carbón encendidas en invierno; historia, la del declive de las Cuencas, y un sentir que, como en Montecorvo, es común a todos los vecinos: “La mayoría de las cuencas mineras históricas tienen muchísimas cosas en común. Son pueblos ligados a un trabajo que se ha mantenido durante décadas, que ha pasado de abuelos a padres, y de padres a hijos. El orgullo minero es una seña de identidad. Tanto en las cuencas de Palencia como en León, Asturias, Teruel o en el valle de Berguedà de Cataluña. Hay un arraigo de este trabajo y, además, una conformación de los espacios y de la vida alrededor de la mina. Para lo bueno y para lo malo”, aseguró Sabugal en una reciente entrevista a LA NUEVA ESPAÑA.

Ella lo sabe de buena letra. Es hija, nieta y bisnieta de mineros. Parte de su familia es natural del valle de Santa Bárbara (San Martín del Rey Aurelio), aunque ella nació y se crio en la montaña central de León. Una tierra arraigada a la minería con la actividad de la histórica Hullera Vasco Leonesa, cuyo cierre ha supuesto una caída poblacional trágica.

En Santa Lucía de Gordón, su localidad natal, se cerraron en menos de diez años un colegio y un instituto. Además de los bancos, tiendas y bares que tuvieron que bajar la persiana por falta de actividad.

En las páginas que escribe Sabugal, a pesar de todo, se percibe más recuerdo que nostalgia. En palabras de la autora: “El libro se prestaba mucho a la amargura y la nostalgia, pero yo tenía otra idea. Así que, cuando recorría las cuencas, hablaba de paisajes, de proyectos, de su gente”. Una fórmula que evitó, dice, “que la nostalgia me comiera”.

Una de las ilustraciones de “carboneras”. ALFONSO ZAPICO

Ella, Zapico y Castaño son “guajes mineros” que nunca sacaron carbón. Pero los hay que, tras dejar el tajo, cambiaron el martillo de barrenar por las letras. Como Juan Carlos Lorenzana, también de la comarca leonesa de Gordón. Autor de “Relatos mineros”, una obra que repasa “un trabajo duro, durísimo, que nos ha hecho pagar mucha sangre”.

Desde Mieres, Carlos Barros –también minero jubilado– le pone a la mina teatro para que no se olvide. Lo hace con su libreto “Tormenta sobre Durán”: una obra que narra un accidente de mina y está inspirada en el trágico suceso del pozo San Nicolás (Ablaña, Mieres). El accidente se saldó con la muerte de catorce mineros, el 31 de agosto de 1995, y las causas no se llegaron a esclarecer nunca. “Creo que los que escribimos sobre la mina lo hacemos para fijar en el tiempo un carácter que estamos perdiendo a un ritmo vertiginoso. Una forma de ser basada en la lucha”, señala el autor.

La lucha, las barricadas y los piquetes. Si hay un libro que recomendar sobre las movilizaciones mineras, aunque haya que cruzar el canal de la Mancha, es ”GB84”. Escrito por el británico David Peace (Yorkshire, 1967), en España lo ha publicado la editorial asturiana Hoja de Lata. Es una historia ambientada en las movilizaciones que siguieron al anuncio del final de la minería en Gran Bretaña, la mayor huelga de la historia británica.

Imposible olvidar en esta literatura minera la muerte, siempre tan cerca de los vecinos de las Cuencas. Cada autor la refleja a su manera. Zapico y Castaño, con el relato de una llamada a medianoche: “En casa de los mineros no debería haber teléfonos”, dice Castaño. Sabugal la trata con un optimismo medido: “Cuando muere un minero todo el mundo va a su entierro, porque mañana le puede pasar a tu padre o a tu tío. Eso ha creado lazos estrechos”. Una sombra que hace personalidad.

Hace unos años, en el pregón de las fiestas de Santa Bárbara de Mieres, el cómico Alberto Rodríguez bromeó sobre el carácter de las Cuencas: “Somos buenos, pero repunantes”. Quizá, dijo, porque “descubrimos muy pronto lo rápido que se puede acabar la vida”. Todos. También esos guajes que comían escuchando el “turullu”, que desgastaban los playeros en la escombrera. Los que hacían pellas consentidas por Santa Bárbara, y ahora le escriben a un oficio duro, son también la última generación de una triste certeza. En cada clase, siempre había un huérfano de padre por la mina.

LIBROS

”Carboneras”.

De Aitana Castaño y Alfonso Zapico. Repasa el papel de las mujeres en las Cuencas. Un homenaje a la solidaridad y la lucha femenina. Editado por Pez de Plata.

“Hijos del carbón”.

Noemí Sabugal reflexiona en su “libro viaje” sobre el declive del sector. Un ensayo que une recuerdos e historia. Lo edita Alfaguara.

”GB84”.

Referente literario sobre la lucha obrera. David Peace relata en “GB84” la huelga histórica que intentó –sin éxito– frenar el cierre de las minas en Gran Bretaña. Editado por la asturiana Hoja de Lata. 

“Tormenta sobre Durán”.

Libreto teatral de Carlos Barros. Basado en el accidente del pozo Nicolasa que, en 1995, se saldó con catorce mineros fallecidos. Las causas del siniestro no se esclarecieron.

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