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Gustavo Suárez Pertierra | Presidente de Unicef España, exministro de Defensa y Educación

“Con la pandemia vamos a perder una generación y hay que ponerle remedio”

"Es una amenaza global, mientras no estemos todos a salvo nadie estará a salvo"

Gustavo Suárez Pertierra. |  | LNE

Gustavo Suárez Pertierra. | | LNE

Gustavo Suárez Pertierra (Cudillero, 1949) es desde 2018 presidente del comité español de Unicef, organización que cumple 75 años desde su nacimiento, 60 de presencia en España y 50 desde su implantación en Asturias. Suárez Pertierra llegó al cargo al final de su vida activa y después de ser ministro de Educación y de Defensa en los gobiernos socialistas de Felipe González.

–Unicef cumple años en plena pandemia, ¿cuáles son los principales logros y los principales retos de la organización?

–Celebramos los 75 años del fondo Unicef de Naciones Unidas, que nació tras la Segunda Guerra Mundial para ayudar a los niños europeos. España fue un país receptor de ayuda de Unicef hasta principios de los años 70, recibíamos alimentos básicos, leche el polvo, mantequilla. Yo recuerdo vagamente esos productos, pero mucha gente se acordará. También recibíamos de Unicef ayuda sanitaria para algunas enfermedades endémicas, se crearon salas de prematuros en algunos hospitales. En 1961 se crea en España la asociación de amigos de Unicef para aportar fondos a la matriz internacional. Ahí nació una iniciativa muy importante, el gran invento de las tarjetas de Navidad, que ahora ya no tienen aplicación alguna pero fueron importantísimas. En 1964 Unicef tenía en España 240 socios y se recaudaron 118.000 pesetas con esas tarjetas. Son 700 euros que pueden parecernos muy poco pero para la época era mucho. Hoy en España hay más de 410.000 socios y en un año tan complicado como el pasado, aquellas 118.000 pesetas se han convertido en 70 millones de euros. En Asturias la comisión provincial de Unicef se estableció en Gijón en 1971 y ahí sigue.

–¿70 millones de euros dan para decir que España es un país solidario?

–Sin duda. Con esta afición que tenemos en España a autoflagelarnos tendemos a olvidar que somos una sociedad muy solidaria.

–¿Y Asturias?

–Unicef Asturias goza de muy buena salud, con 10.500 socios, la tercera comunidad autónoma con más socios por número de habitantes. En Asturias tenemos dos programas muy importantes de participación infantil y juvenil. Por un lado está el sello “Ciudad amiga de la infancia”, que concedemos a la ciudad que cumple unos estándares determinados en defensa de los niños y jóvenes y que en Asturias tienen 35 ciudades, y por otro, los consejos infantiles, que funcionan en 46 municipios asturianos. Podemos decir que el 85 por ciento de los niños, niñas y adolescentes de Asturias viven en ciudades amigas de la infancia, en las que la calidad de vida en promoción y defensa de derechos de los niños es muy alta.

–¿El principal reto?

–Hay que distinguir entre los retos de España y del exterior y entre la situación de la infancia en estos momentos y la situación que se va a producir con la pandemia, que agravará determinadas desigualdades. Vamos a perder una generación entera y hay que ponerle remedio.

–¿Es tan grave la situación para afirmar con rotundidad que vamos a perder una generación?

–Es muy grave. La pandemia viene a agravar muchas carencias que ya existían. Centrándonos en España, uno de los problemas más graves es la pobreza infantil. Casi un 30 por ciento de los niños españoles, uno de cada tres, está en riesgo de pobreza o exclusión. Esto no se corresponde con un país con nuestro nivel de recursos. Esto se va a agravar con la pandemia. Los hogares más desfavorecidos será a los que les cueste más trabajo superar esta situación. Un ejemplo es la digitalización. El 90 por ciento de los hogares españoles están digitalizados, pero al cerrar los colegios por la pandemia hemos visto que hay 100.000 hogares españoles en los que los niños no han podido seguir su educación online. Volviendo a lo que decíamos antes. En 2020 España ha pasado de ser país donante a ser receptor de ayuda de Unicef. Al principio de la pandemia ayudamos con suministros sanitarios como mascarillas o EPI para los hospitales. Durante el confinamiento nos ocupamos de que los niños que vivían en centros de acogida tuviesen acceso a la educación telemática.

–¿Y fuera de España?

–Si vamos al caso de los países de rentas bajas, el problema de la pobreza se convierte en miseria. Para nosotros es un grave problema no poder encender la calefacción durante el confinamiento, pero en esos países cuando cierran los colegios significa que los niños no pueden acceder a una comida digna al día. El cierre de colegios en esas sociedades acaba teniendo consecuencias en la nutrición, en que los niños se ponen a trabajar y en que las niñas se ven amenazadas por el matrimonio infantil. Sí, hay un riesgo de perder una generación y hay que evitarlo. En el mes de noviembre de 2020 el número de hogares sometidos al peligro de pobreza extrema había crecido en 140 millones en todo el mundo.

–¿Cómo se debe hacer frente a esta situación?

–Unicef es el proveedor de vacunas más importante del mundo. Antes de la pandemia distribuíamos 2.000 millones de dosis de vacunas cada año. La pandemia es una amenaza global y si queremos resolverla no podemos depender de los recursos de cada país. Mientras no estemos todos a salvo nadie estará a salvo. Las vacunas tienen que llegar a todas partes, debe haber un acceso justo y equitativo para todos los países.

–¿Se está haciendo así?

–Se ha creado una alianza global llamada ACT-A en la que están representados gobiernos, ONG, organizaciones sanitarias y científicos. Uno de los pilares es “Covax”, el programa de vacunación. Unicef se encarga de toda la operación logística de las vacunas, adquisición, envío y distribución. Tenemos experiencia, estructura y capacidad logística. Somos la única organización que estamos en todos los países del mundo. Somos los únicos que tenemos una red global de cadena de frío, algo importantísimo para las vacunas. El gran desafío que tenemos ahora con la vacuna es doble. Tenemos que preparar los sistemas sanitarios de estos países, que suelen ser muy precarios, para que cuando lleguen las vacunas puedan inocularlas. Pero también debemos procurar que al centrarse en esto no olviden otras cuestiones como la prevención, porque si esto ocurre corremos el riesgo de que en países de África, América Latina o Asia meridional avancen otras enfermedades como el sarampión, la malaria o la disentería, que se llevan muchos miles de vidas de niños todos los años.

–¿Unicef sufre presiones por la distribución de vacunas en esos países más desfavorecidos?

–No alcanzo a la envergadura del trabajo de Unicef global, pero no creo. Es una organización con muy buena reputación porque se asienta en la transparencia. Nuestro desafío está en analizar la realidad y denunciar las carencias. Nosotros ahí sí presionamos, cuando decimos que es necesario eliminar las barreras que se oponen a la extensión de las vacunas, incluidas las barreras de la propiedad intelectual, cuando queremos concienciar a los fabricantes de la necesidad de compartir. Pero ahora lo urgente es que “Covax” se dote de recursos suficientes para alcanzar esos 2.000 millones de vacunas. Es necesario compartir tecnologías, eliminar barreras, insisto, incluidas las de la propiedad intelectual en estos casos. Pero ahora lo urgente es que todos estemos a salvo a la vez.

–¿A Unicef le preocupa la salud mental de los niños y jóvenes después de la pandemia?

–Es una de nuestras prioridades. Es necesario concienciar a la sociedad de este problema. Lo vimos en España durante el confinamiento. El cierre de los colegios causó problemas emocionales. Este cierre provocó problemas educativos y de socialización, pero también emocionales. Los menores necesitan espacios libres, salir de casa, tener relación con personas de su edad, vivir en ambientes acogedores que la pandemia y el confinamiento o el cierre de los colegios a veces estropean. El ambiente familiar en algunos casos no es favorable y aparece la violencia física o psíquica. Y eso que en España los colegios estuvieron cerrados 15 semanas, frente a las 43 de Estados Unidos, las 36 de Canadá, las 33 de Italia, las 23 de Alemania o las 25 del Reino Unido. Otro problema relacionado con esto es la malnutrición. En España hay un 30 por ciento de niños obesos y eso tiene consecuencias sobre la salud mental.

–¿Cuáles son los logros de Unicef en estos 75 años?

–Ha habido muchos avances, se han erradicado enfermedades. Otra de las grandes lacras de la sociedad mundial es el matrimonio infantil. En el mundo, cada año, 10 millones de niñas son sacadas de la escuela para ser entregadas en matrimonio o lo que sea. Este número se había conseguido reducir en un 15 por ciento en las últimas décadas. Se había avanzado mucho pero ahora calculamos que de aquí a 2030 es posible que se recupere ese ritmo de crecimiento de 10 millones al año. La pandemia influye enormemente en esto. También calculamos que el número de niños afectados por desnutrición grave, que en muchos casos acaba en muerte, se incremente un 14 por ciento.

–¿Es este el mayor reto de su vida?

–Es un reto enorme, pero compartido. Yo soy el presidente de Unicef en España pero debajo de mí tengo 17 comités autonómicos y trabajo con otros 32 comités nacionales. En mi vida política me tuve que enfrentar a retos muy serios como la reforma de la justicia militar o la ordenación del sistema educativo, que tenía unas carencias enormes.

–Cita usted la reforma educativa que hizo entre 1993 y 1995. ¿Es normal que todos los gobiernos quieran hacer su propia reforma educativa?

–La educación es uno de los grandes problemas de España. Tenemos un grado de inversión en educación por debajo de la media y eso hay que remediarlo. Otro gran problema es el abandono escolar temprano. Y todo esto está afectado por la falta de un sistema estable. El problema es que muchos de los acercamientos que se hacen al sistema educativo tienen un componente ideológico muy exagerado. Hay veces que las reformas educativas se basan demasiado en cuestiones ideológicas. Si un partido hace una reforma basada en la ideología cuando está en el Gobierno, no podemos pedir al que venga después que no lo haga. La educación es un terreno de valores y por ello es muy propenso a la utilización política. Si se convierte en un terreno de confrontación es imposible llegar a un consenso. Todo esto metido en una coctelera nos da como resultado que no es posible un consenso suficiente que nos permita diseñar una legislación a medio o largo plazo. Llegar a consensos en materia de educación y ciencia, y hacer una potente inversión en los dos campos, es el gran reto de España, si no, no podemos estar entre los países de cabeza de UE.

–Le tocó la reforma del sistema educativo como ministro de Educación, la de la justicia militar como ministro de Defensa, y ahora, desde Unicef, una pandemia.

–He tenido esa suerte. Hay un proverbio que dice que “ojalá te toque vivir tiempos difíciles porque son interesantes”. Yo he tenido la ocasión de participar en procesos para la modernización de la sociedad española. Tampoco fue fácil la época en que fui diputado por Asturias, pero sí me permitió desarrollarme como persona.

–Cuando usted era ministro de Defensa, había más de 300 chavales presos en las cárceles españolas por insumisión, por negarse a hacer el servicio militar obligatorio.

–La mili siempre fue un tema complicado y difícil de gestionar. En tiempos de la reforma militar el problema más serio era la ubicación de los ejércitos en el sistema constitucional. Estuve en Defensa de 1984 a 1993. La idea era profesionalizar la mitad de las Fuerzas Armadas para finales de los 80, crear un ejército mixto entre profesionales y soldados de reemplazo. Se consiguió en parte. Promovimos la regionalización, hacer mili en cada región militar. Luego llegó la objeción de conciencia, regulada por leyes de 1985 que yo había iniciado en el 82 como director de Asuntos Religiosos del primer Gobierno de Felipe González. En el 96 se aprobó la supresión del servicio militar. El PP había ganado las elecciones ese año, pero no era una medida que llevase en su programa electoral, fue una exigencia de Jordi Pujol, de la minoría catalana. Respecto a los presos por insumisión, no era responsabilidad mía, sino del Ministerio de Justicia; pero sí, era muy duro. El de los insumisos fue un fenómeno muy difícil de gestionar porque tenía un impacto muy grande sobre la juventud. Yo lo que hacía era una apelación constante al sentido de la responsabilidad.

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