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reportaje

Ser madre es una lucha

Traer hijos al mundo es una opción y cada vez más mujeres deciden ejercerla desde el activismo y militando en movimientos de “crianza slow”

Carol Hanisch publicó en 1970 el ensayo “Lo personal es político”, un título que resumía una idea que se extendió en la segunda ola del movimiento feminista y que ha llegado hasta la actualidad. En las sociedades más desarrolladas, la maternidad sigue siendo un acontecimiento en el que las mujeres comprometen sus cuerpos y sus vidas, pero, en general, es una opción escogida libremente. En ese contexto el paradigma feminista también es aplicable: la forma en la que cada mujer decide vivir su maternidad, o no vivirla, trasciende la decisión personal y es una expresión de su manera de entender el mundo y las relaciones. Muchas mujeres, conscientemente o no, ejercen el activismo a través de su maternidad y con ella cuestionan todo el sistema socioeconómico contemporáneo.

Katia Oceransky es una de esas madres militantes, defensora a ultranza de la crianza con apego, una pionera en esas cuestiones en Asturias y estrechamente vinculada con organizaciones y grupos como “Amamantar”, “El parto es nuestro”, “Petra” y “Loco Matrifoco”. “Nunca pensé en ser madre, me parecía imposible por la conciliación”, admite. Su hermana le pasó el libro “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, de Casilda Rodrigáñez, y con él cambió su percepción del asunto.

Elena Herrero, con su hija Raquel García Herrero a su lado, en la última concentración del 8M en Avilés.

Una apuesta radical. Katia le dio la vuelta a su vida en una apuesta radical por la maternidad. Su hija, Noa, tiene 12 años y nació cuando Katia ya no estaba en pareja. “Ahorré y mi familia me dijo que podía contar con ella. A partir de ahí, a vivir con dos duros”, cuenta. Como no quería que su niña se pasara los lluviosos inviernos asturianos jugando en el interior de los centros comerciales, Katia se mudó a Granada, a un lugar con playa, donde Noa ha crecido al aire libre. Para aprovechar al máximo sus recursos ha aprendido a economizar, sustituyendo los productos comerciales por alternativas más sencillas y naturales. Asegura que los pañales de tela “no son tan engorrosos” y que un par de aceites vegetales son suficientes para cuidar del bebé.

Cuando hace unos años puso en marcha el matrifoco de Oviedo, un espacio en el que las madres se cuidan y cuidan colectivamente de los niños, Katia lo hizo con la convicción de que una mujer sola no puede satisfacer las necesidades infantiles. “Para sacar adelante una criatura hace falta una aldea, pero en esta sociedad tienes que abandonar a tu criatura”, afirma. “La de nuestras madres era una maternidad obligada y excesiva, ese era su seguro de vida. Era una maternidad silenciosa: no te podías quejar, había mucha infantilización, soledad… Criar sola en tu casa es antinatural”, explica. Luego, continúa, “entramos en un siglo en el que podíamos elegir nuestra maternidad, tener hijos o no tenerlos, y en el que la maternidad no te define, eres tú quien se define”.

Maternidades subversivas. El gran cambio en la maternidad está ligado a esa posibilidad de elección y también lo que Katia llama “maternidades subversivas”. “Estamos disfrutando de nuestros hijos, sin ir al gimnasio ni maquillarnos a diario”, refiere, y han dejado atrás “el ideal de la mamá perfecta, el de las películas americanas” y se han liberado de “la carga mental” que lleva consigo. No pasa nada por ir desgreñadas, por no planchar, no se es mala madre si los chiquillos no van de punta en blanco o llevan los zapatos sucios.

Katia Oceransky asume el coste de esa “crianza slow” exige. “Siempre vamos a tener que renunciar a algo: renuncias a un sistema de valores antiguos, tienes que hacer equilibrios... Siempre hay un dilema, escojas lo que escojas siempre hay una pérdida”, admite. Katia liga esa sensación de pérdida con la creencia de que la felicidad y el éxito personal pasa por el desempeño laboral. “Queremos vivir con mucha prisa y un parón de seis años es la muerte profesional; a los hombres no se les exige que renuncien”, dice y opina que mientras “no se eduque a los varones en el cuidado, las mujeres seguiremos soportando esa carga mental y no se logrará hasta que los niños vean a los papás limpiando los cuartos de baño, como hacen las mamás”.

Katia Oceransky y su hija Noa

Lo que más echa en falta Katia para apoyar la maternidad es tiempo, tiempo para que las mujeres afronten el parto y se recuperen bien, para las lactancias, para que no se vean obligadas a dejar a sus hijos en las guarderías cuando aún no están preparados para separarse de su figura de apego. “Estamos criando a niños ansiosos”, se lamenta, y en cuanto a las madres, obligadas a desdoblarse entre el trabajo y los hijos, se queja de que “nunca puedan estar presentes de verdad, que acaben estresadas y muy enfermas”.

La trampa del capitalismo. “Con la llegada de la democracia, las mujeres nos incorporamos al mundo laboral, adquirimos mayor independencia, económica y en todos los sentidos. A la sociedad capitalista le viene bien que haya gente trabajando sin parar y que el nivel de vida sea cada vez más alto: antes una familia sobrevivía con un sueldo, ahora no le llega con dos”. Así sintetiza el cambio en la maternidad en España en estas últimas décadas América Sánchez Cuadra, una zaragozana asentada en Oviedo desde hace 20 años y madre de dos hijos, León, de 12 años, y Astor, de 7. Trabaja como “free lance” y es profesora de inglés y siempre ha contado con la complicidad de su marido, Luis Velasco, a la hora de afrontar la crianza de los niños.

Los tres primeros años de vida de cada uno de sus hijos América se volcó al cien por cien en su cuidado, con sendas excedencias laborales. América no cree que la ampliación de las horas de guardería y la incorporación cada más temprana al sistema educativo ni las jornadas escolares extensas, con comedor incluido, sean la mejor opción para los niños. Katia Oceransky coincide con ella y opina que esas medidas no son más que “parches”, que más que favorecer el bienestar de las madres y los niños contribuyen al mantenimiento de un sistema consumista, en el que la producción es lo primero.

“Si se diera a las madres la posibilidad de quedarse en casa con ayudas económicas y con la promesa de que se incorporarán al mismo puesto laboral, conozco a pocas mujeres que no lo harían”, indica América.

Elena Herrero, enfermera, consultora en lactancia y coordinadora del colectivo “Amamantar”, sostiene que “el sistema capitalista nos ha convertido en lo que ha querido según sus necesidades: ahora somos las cuidadoras, fuimos unas heroínas en la pandemia, pero nadie nos reconoce más derechos por asumir todo eso”. Ella es madre de tres hijos, dos de 26 y 21 años y el tercero, de 16 años, en plena adolescencia.

“En los países donde nos lo podemos permitir y donde las mujeres han podido conquistar un espacio social que nos permite reivindicar lo personal, se ha producido una ruptura en el antiguo modelo de maternidad”, constata. “Muchas mujeres entienden que la crianza, con cierta continuidad de la presencia materna o paterna, es necesaria para las criaturas y muchas mujeres escapan de esa idea que el capitalismo ha vendido, de que los niños tienen que ser independientes cuanto antes: hasta los 6 años una criatura humana requiere muchísimos cuidados”, señala.

América Sánchez y su marido, Luis Velasco, con sus hijos León y Astor.

La revolución feminista. Ese cambio en la percepción de la maternidad también ha removido el movimiento de liberación de la mujer. Katia Oceransky recuerda que “durante mucho tiempo el feminismo consideraba la maternidad una lacra, la maternidad era la jaula de las mujeres” y América Sánchez recurre a su historia familiar: “Mi madre es abogada, había llegado ahí y eso era una revolución, su madre se había tenido que quedar en casa porque no tenían más remedio”, cuenta. Cuando América y su pareja tomaron la decisión de tener hijos andaban por los 35 años. “Nos estábamos empezando a estabilizar en nuestras empresa, íbamos más justos de dinero y fueron años de vacaciones sencillas”, rememora América, que renunció a su sueldo por tiempo para sus hijos. Luego, durante el primer año tras su incorporación al trabajo, fue su marido quien pidió una reducción de jornada. “Trabaja en una empresa de tecnología y en ella fue el primer varón en hacerlo”, comenta.

América ha escuchado a amigas y allegadas hablar del sentimiento de culpa con el que han llevado su maternidad, sobre todo cuando se mueven en terrenos laborales muy masculinizados. Ella no lo ha experimentado. “Mis compañeras eran maestras y algunas, más mayores, me animaron en las decisiones que tomé”, recuerda.

“Un día me paró una mujer en la calle, me vio con mis hijos y me dijo: ‘¡Ay, disfrútalo! Yo me he arrepentido toda la vida de no haberlo hecho”, relata.

Desmitificando. América se siente más cómoda con esta maternidad “desmitificada” contemporánea. “Ahora tienes mil opciones, hay más información, más respeto, la gente puede tomar sus propias decisiones”, valora. Opina que hacen falta “más ayudas económicas a la maternidad” y que a la vista está el gran descenso en la natalidad “por un tema económico: con un hijo ya hiciste el gran esfuerzo, como para pensar en dos”. No estaría de más que las administraciones públicas alentasen los grupos de apoyo y colaboración entre madres, agrega. “En los países nórdicos se crean estos grupos en los mismos centros de salud, los dirigen las matronas y están integrados en el sistema de salud público”, asegura. En Oviedo se intentó, refiere, pero todo eran dificultades. Para ella esa complicidad entre mujeres, a la que accedió a través de “Loco Matrifoco”, fue su “salvación”, el grupo que le ayudaba a cuidar a sus hijos y su madre, la abuela de sus niños, otra figura omnipresente en los relatos maternales.

Los varones se están incorporando a esa nueva sociedad de los cuidados. Elena Herrero lo reconoce: “Cuando empezó el permiso de los padres, las madres nos quedamos sorprendidísimas, porque llevábamos años luchando por la ampliación del permiso maternal y llegó el paternal sin lucharlo. Ha sido enormemente positivo”, pero insiste en que es urgente dar más tiempo a las madres.

Una lucha que continúa. Desde “Amamantar” hay muchas expectativas puestas en la ley de salud sexual y reproductiva que tiene entre manos el Ministerio de Igualdad y a la que han solicitado que se incorporen medidas que favorezcan la maternidad, como “facilitar los tiempos más adecuados para la recuperación y la adaptación de las mujeres tras el nacimiento de sus criaturas”. Pese a lo avanzado, a la mejora de la calidad de vida y de la atención médica, la maternidad sigue siendo una lucha para las mujeres y aun así merece la pena si se asume libre y conscientemente, vienen a decir Katia, América y Elena. “Siempre ánimo a quien me pregunta: tener un peque es maravilloso, para mí lo más maravilloso del mundo; una sonrisa me compensa las noches de sueño perdidas”.

Cada vez llegan menos niños y cada día lo hacen más tarde

La natalidad en Asturias lleva años de capa caída. Cada década que pasa van naciendo menos niños, las madres los tienen más tarde y el coste de mantenerlos, cada día, es más elevado. Solo la inmigración mitiga unas cifras demográficas que se van desmoronando.

En Asturias, la edad media de las madres primerizas ha pasado de los 24 años en 1980 –cuando la región era más precoz que el resto del país, que empezaba a tener hijos con 25 años– a hacerlo con 31. Las razones son sociológicas, pero también económicas. Un reciente estudio del organismo Raisin ha cifrado en 309.381 euros el coste de criar a un hijo en España. Hace solo 20 años, en 2002, estas cantidades eran de 218.848 euros, según el mismo informe. Los costes se han disparado en 2022 al tomarse como base para el estudio las elevadas cifras de inflación actuales, pero han ido creciendo a lo largo de los años según se ha ido retrasando la edad media de emancipación. La economía no permite a los más jóvenes sostenerse económicamente, lo que retrasa inevitablemente la paternidad.

El peso de la inmigración ha escalado durante los últimos años. No porque los de fuera tengan más hijos, advierten desde el Instituto Asturiano de la Mujer, sino porque las españolas tienen menos hijos. En 2020, los hijos nacidos de madres extranjeras ya suponían cerca del 13% de todos los partos registrados en la región.

En Asturias, el mapa de la natalidad es dispar, pero también muy oscilante. Según los últimos datos, el oriente de Asturias y el centro –donde se concentran las grandes ciudades– sostienen tasas de natalidad similares o superiores a la media de España (4,7). El Occidente, más envejecido, se cae. En algunos concejos, como Yernes y Tameza, no se registró ni un solo nacimiento en todo 2020.

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