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Las castañas, patrimonio de Castropol

Un grupo de vecinos del concejo muestra a los escolares cómo era antes la vida a través del magosto y el esfoyón

Ángel García, de pie a la derecha, con el bombo de castañas, ante la mirada de los escolares.

Ángel García, de pie a la derecha, con el bombo de castañas, ante la mirada de los escolares. G. GARCÍA

Cuenta Ángel García que, antaño, todo el mundo sabía que la fiesta de las castañas estaba, sin lugar a dudas, en Seares. "En realidad la patrona es Santa Cecilia, pero se decía 'la fiesta de las castañas' porque invitábamos con un magosto a toda la gente que venía", explica este vecino de la parroquia castropolense. La degustación de castañas asadas, que solían hacerse en un cilindro, se acompañaba de música de acordeón, "y muchas mozas bailaban", rememora García. Ayer, este lugareño de Seares preparó en el colegio La Paloma de Castropol kilos y kilos de castañas como siempre se hizo: girando continuamente un bombo lleno de ellas sobre la lumbre. Y lo realizó dentro del nuevo proyecto que el Ayuntamiento de Castropol ha puesto en marcha, conocido como "Cultura en el Camino", que pretende acercar la cultura y sabiduría de los mayores a la infancia. La de ayer fue la primera, y muy sabrosa, sesión.

Una primera prueba demuestra que a las castañas aún les falta tiempo en el bombo. Ángel las devuelve al cilindro y continúa dándole vueltas y más vueltas, al calor del fuego. "Ahora la costumbre de hacer el magosto resurge, y son muchos los pueblos que lo hacen", señala Ángel García ante un grupo de alumnos de Primaria que no paran de hacer preguntas. impacientes por probar el manjar.

También de comida les hablan a los más pequeños las vecinas de Presno Lurdes Iglesias y Carmen Fernández, que traen bajo el brazo no un pan, sino un rapón o rapela, que de las dos formas se puede decir en Castropol, aseguran. Es una muestra para que los escolares prueben un alimento a base de maíz que fue básico durante décadas en la alimentación de sus antepasados. "Lleva la berza por debajo, y para hacer la masa se utiliza harina de maíz y una poca de trigo; agua, por supuesto; sal, tocino chorizo, cebolla y perejil", enumera, con la seguridad de quien ha hecho muchas rapelas, Lurdes Iglesias. "Ahora ya se hace menos. Hay gente que sigue con él porque le gusta, porque así recuerda tiempos de juventud", bromea Carmen, o como todos le llaman, "Carmina".

Ese maíz no venía del supermercado, como pasa ahora, sino que salía del trabajo y del sudor de los vecinos, que una vez cosechado, se reunían en las fiestas del "esfoyón". Benigna Álvarez, vecina de San Juan de Moldes, lo recuerda muy bien: "Había maíz, porque se sembraba. Cuando estaba curado, se recogía. Se iba amontonando, y luego, los vecinos nos juntábamos e íbamos a ayudar a colgarlo". A la mazorca se le quitan unas hojas, para poder sujetarla a la cuerda central, pero no eran desechadas. Servían como un estupendo relleno para los colchones. Una vez colgado, "se dejaba secar allí, y según se iba necesitando, se iba descolgando. Era la despensa de la casa", subraya Benigna, cuyas manos se mueven con la agilidad de quien ya ha vivido muchos "esfoyones". "En rapela, o en papas. Así se comía, y bien rico que estaba, no había otra cosa", añade la de San Juan de Moldes.

El duro trabajo no estaba reñido con la diversión. De hecho, era un pasatiempo de lo más agradable para las frías noches invernales. "Hacíamos unas castañas cocidas o asadas, unas manzanas si las había, y si no lo que hubiera, para comer, y allí nos pasábamos las horas. Una 'copina' de algo, después de terminar la faena, e incluso había gente que llevaba el acordeón, por lo que nos echábamos unos bailes al acabar", rememora la vecina castropolense.

Este acervo cultural, esta sabiduría de los más veteranos, se quiere conservar en Castropol, en donde se fomentarán más encuentros intergeneracionales para efectuar ese trasvase entre mayores y pequeños.

Ellos, los abuelos, están encantados. "Es difícil que les llegue, porque están en otra onda, pero haremos lo que podamos", opina Carmen Fernández. "Es importante que sepan lo que había que trabajar para poder comer. Había que vivir de lo que cosechabas en casa. No había para ir a comprar ni dónde hacerlo", reflexiona Benigna Álvarez. "Tendrían que saber muchas cosas que ahora no conocen; aunque sea de su tierra, es nuevo para ellos", considera Lurdes Iglesias.

Por lo que parece, esta novedosa iniciativa también está teniendo buena acogida por parte de los receptores, que no son otros que los niños. La curiosidad innata que despiertan estas actividades tradicionales los llevan a participar activamente tanto en el esfoyón como en el asado de las castañas, aunque el fuego pide prudencia.

Para el escolar de Piñera Juan Antonio Martínez ésta es la primera vez que ve cómo se trabajaba el maíz a mano. "Durante tiempo hemos cultivado maíz, pero era con máquinas, y para alimento del ganado", afirma. Ahora es uno de los que más maña se da para retirar las hojas de la mazorca.

El proyecto, impulsado desde las concejalías de Cultura y Servicios Sociales, busca dar un soporte a la "verdadera esencia de nuestro municipio", como explican los organizadores. De momento, la primera toma de contacto no ha podido ser más satisfactoria. En las próximas semanas se conocerán los siguientes encuentros, que serán recogidos en formato digital y difundidos a través de un blog en internet. Será así de momento, hasta que se encuentre la financiación necesaria para el verdadero objetivo que se plantea: crear un libro físico que guarde para siempre el saber de Carmina, Lurdes, Ángel, Benigna...

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