El monasterio de Cornellana (Salas) ya tenía agua corriente en el siglo XVIII
El estudio arqueológico de las estancias menores del cenobio ofrece una idea de cómo era la vida cotidiana de los monjes y de qué comían
Cornellana (Salas), Sara ARIAS
El día a día a de los monjes benedictinos que habitaron el monasterio de San Salvador de Cornellana (Salas) en el siglo XVIII está más cerca que nunca. La excavación arqueológica que realizó la Consejería de Cultura en las dependencias menores del inmueble ha dado como resultado un mayor conocimiento sobre la cotidianidad del templo y da cuenta de los modernos sistemas de canalización de aguas con los que contaban en la época. El estudio se completará con un mapa en tres dimensiones que recreará la vida monástica.
Los trabajos arqueológicos se centraron en la cocina, el refectorio y la despensa. Aunque el monasterio data del siglo XI, la investigación se centró en los estratos más modernos, del siglo XVIII, cuando estos espacios menores fueron reformados. Para empezar, la distribución cumple perfectamente con la norma benedictina de establecer las cocinas al suroeste, precisa Alejandro García Álvarez-Busto, director de la excavación. Añade que accedieron a un espacio "deteriorado" por su uso como fábrica de mantecas en el siglo XIX y durante los años de la Guerra Civil.

El monasterio de Cornellana (Salas) ya tenía agua corriente en el siglo XVIII
En la cocina había un moderno sistema de aguas, con agua corriente a presión, que discurría por tuberías de barro. Además, los arqueólogos estiman que este agua se podía calentar en su tránsito por las tuberías ya que pasaba por debajo de los fogones de la cocina, que hasta el siglo XVIII había sido un llar. "Es muy sofisticado para la época, por la relación entre las cañerías y los fogones hay posibilidad de que pudieran calentar el agua; no conseguirían temperaturas muy altas, pero sí se agradecería en invierno", explica García.
El sistema de canalizaciones asistía la cocina del monasterio y contaba con un desbordadero para el agua sucia, que, al mismo tiempo, daba agua limpia a la siguiente estancia, el refectorio. Allí es donde los monjes se lavaban las manos antes de comer. Además, la cocina y el refectorio estaban comunicados por un pasaplatos, por el que introducían la comida.
La sala donde comían y la documentación histórica también ayudan a saber cuántas personas vivían en el monasterio. Serían alrededor de veinte monjes, más novicios y criados, estima el arqueólogo. El refectorio estaba conectado con la despensa por una puerta, la única entrada y salida del espacio.
En la despensa aún se conservan en el suelo baldosas de barro cocido y también el espacio donde albergaban la comida, en tinajas de diferentes tamaños, y las poleas en las que colgaban los jamones o los quesos que querían mantener a salvo de los roedores. En las tinajas, con toda probabilidad, había adobos y escabeches, los métodos de conservación de los alimentos que se emplearon en los monasterios.
Además, los arqueólogos se encontraron una grata sorpresa en la despensa: en una de las paredes se conservan unas cartelas pintadas justo por encima de las tinajas, en las que se indica la capacidad de almacenamiento, medida en arrobas. Son unos restos que los arqueólogos consideran "especialmente relevantes". Además, han podido conocer que la medida en arrobas que figura inscrita fue modificada con el transcurso de los años.
Pero lo más interesante de la investigación está aún por llegar. Los arqueólogos han recogido residuos del suelo de la cocina y la despensa para analizarlos en el laboratorio de la Universidad de Oviedo, y a partir de ellos podrá obtenerse una idea de cómo faenaban los monjes y criados en la cocina, y será posible conocer qué alimentos tenían en el monasterio por entonces. También están estudiando los objetos que hallaron durante los trabajos, como cerámicas y herramientas.
Los trabajos arqueológicos se desarrollaron en los meses de julio y junio, y ahora los investigadores se centrarán en el análisis de los restos hallados, que podrían estar listos a finales de año, según avanzó García. A la presentación de los resultados acudió la directora general de Patrimonio, Otilia Requejo, el Alcalde de Salas, Sergio Hidalgo, y el delegado espiscopal de bienes culturales, Víctor Cedrón.
Los responsables de estos trabajos arqueológicos coinciden en que estas dependencias menores corrieron peor suerte que los templos o los refectorios tras el abandono de muchos monasterios durante el siglo XIX, por lo que resultan más desconocidas y enigmáticas. "Es algo muy pocas veces estudiado porque es más extraño que se conserven los espacios de trabajo", precisa García.
En cuanto a la reforma general del monasterio, Requejo apunta que la segunda fase está ya en proyecto, junto con su estudio arqueológico. Unos trabajos que se centrarán en la consolidación de los muros y el cierre de la envolvente, aunque no hay plazos para el inicio de las obras. El monasterio de Cornellana aún tiene mucho que enseñar de su pasado.
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