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El “caminante del mundo” para en Cudillero

El cordobés Enrique Balsera peregrina con su burro desde hace cinco años a lugares santos para agradecer su recuperación de una lesión

Enrique Balsera, en Santa Marina de Cudillero, con su burro, el jueves. | R. A. M. S.

Tal vez si Enrique Balsera, natural de Peñarroya-Pueblonuevo, en Córdoba, no hubiera estado impedido un año y sin poder mover sus piernas, su vida sería ahora diferente. El hoy “peregrino del mundo” tuvo un duro accidente laboral siendo probador de vehículos. Aquella lesión en la espalda le impidió la movilidad. Casado, de 56 años, con hijas ya mayores “e independientes”, el conocido como “Enrique, el peregrino” no se cansa de caminar ahora que puede y lo hace estos días por Asturias.

Desde hace cinco años, suma destinos a su cuenta particular de recorridos.“ Perdiéndome” por caminos, dice, con la única intención de llegar a lugares santos como agradecimiento por salir airoso de la dura batalla que tuvo que librar para volver a caminar. Desde entones, ha visitado Caravaca de la Cruz, Santo Toribio de Liébana, Santiago de Compostela, Fátima y Roma.

Y, ahora, en Asturias, de nuevo de camino a Santiago, ha encontrado hospitalidad y acogida. Viaja con su burro, de nombre “Espíritu Santo”. “Sé que llamo la atención, pero no busco nada de eso”, confiesa a este diario.

Su historia ha sido recogida en más de una ocasión, pero a él le importa poco o nada la publicidad. Es un hombre “de paz”, “lo que tengo” y con las ideas claras.

Sabe el cordobés que en esta vida lo único que tenemos es el tiempo y que las cosas materiales de nada valen. “Me sorprende mucho la rapidez con la que se vive. Yo, que vivo sin nada, veo todas las señales del camino, pero las personas no lo hacen porque todo sucede muy rápido en su día a día”, subraya.

Ni móvil, ni dinero

No lleva móvil ni dinero y puede alimentarse gracias a la bondad, “como los peregrinos de hace mil años”. “No molesto y tampoco pido”, señala al tiempo que recuerda que duerme en “un hotel de miles de estrellas, el mejor de planeta, nada más y nada menos que en el mismo mundo”. Muchas veces decide pernoctar en la iglesias u otros templos, “donde por la noche nadie se acerca”. Anteayer, jueves, visitó Santa Marina, donde dejó su huella. “Llevo paz y por eso lo que transmito es paz”, cuenta.

Suele dar las gracias a la gente por todo lo que le ofrece y da, y cuenta agradecido la anécdota de la cartera de Soto de Luiña, Elena Suárez, que le dio una empanada y un kilo de plátanos. Los últimos, los compartió porque también “hay que dar para recibir”.

En su peregrinaje a Santiago, no sigue el camino establecido. “No tengo en cuenta las flechas, no soy un indio”, bromea. Lleva varias libretas donde escribir y en ellas invita a la gente a dejar sus impresiones. “Cada vez que las leo, me acuerdo de ellas”, confiesa. No le preocupa cuánto tiempo tardará en llegar a la ciudad gallega. “Solo me importa el presente, que es lo que tengo”, apunta. Estos días comparte experiencias con asturianos y con otras personas que hacen el Camino.

A quienes sorprende su forma de vivir nómada, les dice algo para su tranquilidad: “Tengo un hogar”. Después de un año inmóvil y mucha reflexión personal, siente que debe vivir como le piden cuerpo y mente. Sin excesos, sin dinero. “Las cosas que valen no cuestan dinero”, señala mientras se deja hacer una foto con su burro, “un animal más fiel que el perro”.

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