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Félix Martín

Después del último “no concierto”

Sobre una pasión nacida de una tarde de 1978 en la basílica de Santa María Magdalena de Cangas

Aquella tarde de invierno de 1978 acudí con mis amigos a la basílica de Santa María Magdalena, en Cangas del Narcea, para escuchar un concierto del Coro Universitario de Oviedo. Tomás Luis de Victoria, Bach, Pachelbel etcétera, me pusieron la carne de gallina. Allí mismo me dije: “Yo quiero cantar en este coro”. A las 48 horas ya había pasado la prueba musical en el Paraninfo de la Universidad, adonde acudí nervioso, y con el papel estudiado hasta en el vestuario que creía acorde para dicho examen.

Después del último “no concierto”

A partir de aquel momento la música fue la única práctica y hasta el único tema de conversación en la tertulia del Café Rialto, después de cada ensayo diario, en tardes que alargábamos siempre más de la cuenta. “Cantar en Caborana, igual que en Nueva York”, era la máxima del maestro Gutiérrez Arias, quien, en palabras del cronista carbayón Manolo Avello, cuando dirigía al coro “movía las manos como palomas en el aire”. De la calidad musical de esta agrupación universitaria dimos cuenta en varias grabaciones discográficas, dos de ellas en directo, desde el Teatro Real de Madrid, y en la catedral de Nueva York.

De esta manera, el excelente nivel del “Uni” fue el reclamo para que todos fuésemos fichados por la Fundación Príncipe de Asturias, formando el coro del mismo nombre en 1983. Durante más de 40 años no he dejado de disfrutar de la música; también con las maestras Encina Cortizo, o María Ablanedo (Temporada de Zarzuela); a veces en la Polifónica Gijonesa, en la Coral de Tapia de Casariego, (con Javier Fernández a la batuta), o en el Coro de la Misa de Gaita, donde continúo con Joaquín Valdeón en la dirección. Y sobre todo en el Coro de la Fundación Princesa de Asturias con las lecciones magistrales diarias del maestro García Miranda, siempre con un repertorio y escenarios de primer nivel por medio mundo, y hasta con ocho espléndidas grabaciones discográficas sinfónico-corales. Todo ello, además, y por si fuera poco de mi parte, muchos años en justa equidistancia con la música tunantesca por el otro medio mundo restante, y los estudios de universidad correspondientes, claro.

Lo que menos podría imaginarme después de 43 años de corista es que mi despedida musical emocionada, sentida, y con el Messías de Händel en las manos, tendría que ser cantando embozado en una mascarilla a modo de sordina. Pero muchísimo menos todavía que finalmente un maldito virus me impediría la despedida en el Auditorio de Oviedo. A partir de ahora llegaré puntual a butaca de patio para escuchar a todos mis coros, y seguir disfrutando de la música como el primer día. Un poco, eso sí, muriéndome de la envidia. “Que donde hay música no puede haber cosa mala”.

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