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Joaquín Rábago

Las ONG humanitarias, en el ojo del huracán

La polémica sobre la inmigración envenena el clima social

"Tiene que terminar la locura de las ONG", clama el canciller austriaco y actual presidente de la Unión Europea, Sebastian Kurz, refiriéndose a las que se dedican a rescatar a migrantes en alta mar. Kurz, representante de una nueva generación de políticos conservadores, entre quienes está también nuestro Pablo Casado, responsabiliza a las ONG de que haya cada vez más ahogados en el Mediterráneo.

Mientras tanto, los dirigentes bávaros, los mismos que han intentado sin éxito acabar con Angela Merkel, hablan de "turismo de asilo" para referirse a los inmigrantes que llaman desordenadamente a las puertas de Europa. Otros políticos utilizan expresiones como "shuttle" (lanzadera) o "servicio de taxis" para hablar despectivamente de las ONG que operan entre Libia y las costas de Italia. Pero las ONG se limitan a suplir las carencias de unos gobiernos que parecen más preocupados de que no lleguen a sus países más inmigrantes que de salvar vidas humanas.

Al mismo tiempo, no se pueden cerrar los ojos ante el hecho de que la llegada continua y masiva de miserables que huyen de la guerra, la persecución o la pobreza provoca fuertes tensiones en Europa. Y esto ocurre lo mismo en los países mediterráneos, con la honrosa excepción de España, es decir aquellos que han de soportar la mayor carga de refugiados, que en otros que apenas han visto inmigrantes, pero los consideran un problema que quieren prevenir a toda costa.

En unos y otros, la polémica en torno a la inmigración envenena el clima social y somete a dura prueba instituciones y partidos democráticos, a los que los populistas acusan de haber perdido el control y no defender a sus pueblos. Sólo así se explica el auge de partidos como Alternativa para Alemania, la Lega del vicepresidente italiano, Matteo Salvini, el Frente Nacional (ahora Agrupación Nacional) de la francesa Marine Le Pen, y sus equivalentes de la Europa poscomunista.

Es del todo imposible, además de indeseable, sellar Europa a cal y canto, pero hay al mismo tiempo que combatir en origen las causas, tan heterogéneas, del fenómeno migratorio. Y sobre todo explicarlas bien a los ciudadanos. De no ser así, asistiremos al crecimiento en nuestros países precisamente de aquellos partidos que tratan no sólo de frenar la inmigración incontrolada, sino incluso de recortar el derecho de asilo. Y todos habremos perdido.

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