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Embajador

Asturiano y familiar

Elogio de Eduardo Hevia, empresario brillante, adorador del Oriente y vital hasta el final de sus días

El pasado 22 de julio falleció en Gijón Eduardo Hevia Vázquez. Nacido en Mieres del Camino en 1929, se licenció en Ciencias Económicas en el viejo caserón de San Bernardo en Madrid - uno de los primeros titulados asturianos en esa disciplina- e inició una intensa actividad profesional que le llevó a destacar de manera singular en dos campos: la pequeña y mediana empresa y la auditoría interna. La historia de estas dos parcelas de la economía española contemporánea no puede entenderse sin la significativa contribución que él hizo en ambas.

Hombre de poderosa, original y fuerte personalidad amaba profundamente su tierra asturiana. Al casarse hace seis décadas con Neli Sierra, natural de Colunga, se vinculó estrechamente a esa hermosa villa del Oriente asturiano que adoraba y en la que pasaba, tras su jubilación, al menos cuatro meses al año. En Colunga disfrutaba de la playa, de los chigres, de los cafés y de la familia. Le gustaba saludar y charlar con todo el mundo e intercambiar breves e irónicos comentarios con los vecinos y amigos, como suelen hacer de manera magistral los asturianos.

Su amor infinito por Asturias no empañó lo más mínimo su pasión por España. Orgulloso de su condición de español - "una de las pocas cosas serias que se puede ser en este mundo" como solía decir - sufrió mucho en los últimos años la deriva independentista que advertía en ciertos sectores de la población y clase política en algunas regiones de España.

Siempre se sintió orgulloso de la familia que había creado y que él consideraba lo más importante que había hecho en su vida. 61 años de matrimonio, 7 hijos, 17 nietos y 3 bisnietos dan testimonio de la plenitud de su existencia. Se sentía completamente realizado como profesional, como español y como cristiano.

Porque Eduardo Hevia era también un hombre profundamente religioso y de honda vida espiritual. Una Fe que le dio fuerza hasta el último día de su existencia y que supo transmitir a sus hijos y nietos.

Seguidor empedernido del Real Madrid, incansable lector, aficionado al cine, amante de la buena mesa, del vino y de los cigarros habanos disfrutaba especialmente de las comidas familiares que con su numerosa prole organizó durante muchos años o le preparaban sus hijos cuando empezó a tener una edad avanzada.

Estuvo lúcido hasta prácticamente pocas horas antes del fallecimiento y se mantuvo sereno, confiado y tranquilo ante su inminente encuentro con el Señor. Sus hijos y nietos albergamos hacia él un profundo sentimiento de agradecimiento por lo mucho que nos dio y lo mucho que disfrutamos en su compañía. No lo olvidaremos pues su recuerdo seguirá muy vivo en todos nosotros. Como decía Jorge Luis Borges,

"Sé que una cosa no hay, es el olvido / sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido / esa luna, esa fragua, esa tarde".

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