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Saúl Fernández

Crítica / Teatro

Saúl Fernández

La mente llena de escorpiones

La Compañía Estable de Colombia cosecha la admiración de los espectadores avilesinos que disfrutaron de un "Macbeth" entre punki y fiel a William Shakespeare

Macbeth es el protagonista de una peripecia que se transforma en bomba. Cuando estalla, cubre de sangre, culpa y destrucción todo cuanto le rodea. "Macbeth", la tragedia, da miedo. Hay tormentas que rugen, brujas que vaticinan el futuro y lo que hay en mayor abundancia es el deseo de cambiar, crecer, invadir; el deseo de ser otra cosa y su reverso tenebroso. "Mi mente está llena de escorpiones", llega a decir el protagonista de una tragedia que antes de anoche tomó la encarnadura de Christian Ballesteros, que conmociona cuando es guerrero y que maúlla cuando se enfrenta a su esposa (Diana Alfonso), que le llama medio hombre. El "Macbeth" de antes de anoche fue un espectáculo grandioso, una delicia que encoge el corazón, dos horas gigantes que se alargan después de los aplausos, después de la caída del tirano, cuando el bosque de Birnam ha dejado de moverse, cuando los árboles abandonan sus raíces y pasan factura. Pedro Salazar, el director de La Compañía Estable de Bogotá, en Colombia, presentó un espectáculo perfecto, pulido, destilado de polvo arqueológico; todo esto y también un montaje un poco de punki, que Macbeth, la criatura, escala a costa de un río de destrucción.

El "Macbeth" salió a escena con un vestuario como robado a una panda de moteros (y no podía ser mejor el símil elegido por los responsables de la producción). Esa fue, sin embargo, la única concesión al presente. Salazar -que salió al final a recibir aplausos- es un director a la antigua, de esos que toman a los clásicos por sus solapas clásicas y construyen un clásico de verdad: con su niebla, sus brujas y sus duelos a espada... Salazar es más de Orson Welles que de Calixto Bieito y con esto fue que alcanzó los aplausos y el reconocimiento de una sala que casi se llenó (pese a que fue lunes, julio y un día de verano verano). El teatro en Avilés ya es casi cosa sagrada.

El actor Christian Ballesteros logró encoger el corazón del personal, pero no sólo lo logró él. También la aparición de Banquo (Felipe Botero) ensangrentado. Eso y un juego de luces redondo a cargo de Bogumil Palewicz convirtieron las tablas del Centro Niemeyer en un páramo escocés o un castillo de muerte. Los poderosos sin alma viven en el lamento de la invasión de escorpiones.

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