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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Tunos y tunantes

Trescientos tunos le cantaron el viernes a la Santina, pero en las ciudades universitarias en las que me tocó vivir o trabajar, jamás escuché hacerle gorgoritos a otra Virgen que no fuera la de Candelaria a estos tunantes profesionales de capa sin espada, algunos con más años de coros y danzas que Llamazares en política y con más carreras sin terminar que Fernando Alonso. Mucho loar a la más bonita, a la más morena, pero bien escasa mención a la pequeñina, que a la Canaria gana en solera y galanía. Y ahora vienen a pedirle árnica.

La tuna, como le ocurre a los mineros con Santa Bárbara, sólo se acuerda de la Virgen cuando truena, cuando llegan los parciales y al de la bandurria le pasa por encima el carrito del helado y la florece la siembra de calabazas. No es de extrañar, si gustan entonar con indudable arrojo una letrilla que escuché a una tuna de no sé dónde en una terraza de Gascona, a los acordes de "Clavelitos": "Ocho años ha que empecé / la carrera de ingeniero / y no he podido pasar / ni siquiera de primero. / Por la mañana en el bar, luego en la cafetería / y por la noche a ligar / con las de Enfermería".

La estudiantina de Orihuela se acordó de la Virgen de los Remedios en 1895, a causa de un terrible naufragio de la época: "¡Oh, Virgen de los Remedios! / protege a los descendientes / de los desgraciados náufragos / del buque Reina Regente". Pero fuera de esas menciones, no se recuerda una advocación covadonguista a estos profesionales de la pandorga con más horas de vuelo que los pilotos de Ryanair. Dice el arzobispo Sanz Montes que de joven estuvo en una rondalla. No se imagina uno al prelado cantando tal que así en sus años mozos: "Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca, no se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca". Pecados veniales, en todo caso, de juventud de su excelencia reverendísima.

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