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Mezclilla

Carmen Gómez Ojea

Aburrimiento y aburramiento

Carta sobre los tejemanejes de politicastras y politicastros

Resoplando de fastidio, amargura y rabia, quiero escribirte esta carta, aunque, así lo creo, su contenido no es algo anómalo ni sorprendente porque, lo mismo que en el poema de Luis Rosales "Todo es igual y tú lo sabes", tú, y la de más acá y el de más allá, pues debido a los tejemanejes de politicastras y politicastros se sabe que politiquería rima con porquería, como también, por ejemplo, Ana Botella con rana sabanera y Rodrigo Rato con podrido ratón. Y no ignoras que la política es sinónimo de suciedad, de aire corrupto, de latrocinios, de hambre, de pobreza, de analfabetismo, de personas asilvestradas, animalescas, incólumes al sufrimiento que producen con su actuación y leyes a la ciudadanía desvalijada, incapaz de hacer frente a sus opresores, quienes la tienen estrujada en los puños de las dos manos para expoliarla salvajemente de todo derecho a actuar con libertad.

Es inadmisible que haya gente tan paupérrima que carezca de todo y que se encuentre tan despojada y desvalida que, cuando se muere, la familia lleva el cadáver metido en un saco y en una carretilla a un lugar apartado para quemarlo y enterrarlo en un pozo cavado en la tierra de un bosque. Y no puede tolerarse bajo ningún pretexto ni añagaza que existan silenciosamente tales macabradas y que las personas sean expulsadas de este mundo, de la vida, bailando la lúgubre danza de la muerte como le ocurrió a la "inocencia" Genoveva Verdejo, prima de Domi Carpio, pertenecientes ambas a la hermandad de mujeres Las Inocencias y que, a falta de prole propia, Veva era tía y madre de una patulea de sobrinas y sobrinos, por lo que su fallecimiento dejó en orfandad a toda esa chiquillería, debido a algo tan lúgubre y horrible como fue que la noche en que volvía a casa, tras haber cenado con sus colegas Las Inocencias para celebrar la marcha del año viejo y la entrada del nuevo, se encontró de cara con la Guadañadora disfrazada de hombre, que le cortó la cabeza y la arrastró por los pelos para dejarla totalmente degollada bajo un banco de un jardín desierto donde, al amanecer, un grupo de jóvenes borrachos la encontraron y se pusieron a bailar con ella, hasta que uno se dio cuenta espantado de que no era una ebria adormilada por el alcohol o las drogas, sino el cadáver de una mujer descabezada que los hizo echar a correr despavoridos llamando a gritos a la policía. Y no fue difícil encontrar al asesino, porque el muy torpe oligofrénico, dos días después de su crimen, entró en la entidad bancaria de su víctima a sacar todo el dinero que tenía ingresado allí, usando la tarjeta de crédito que le había sustraído y diciendo que era su novio y que iban a casarse en breve, una fabulación disparatada, porque Veva Vermejo era lesbiana y vivía felizmente con Yolanda, su pareja, que hizo todos los esfuerzos posibles para que la justicia se ocupara del caso y no hubiera dudas acerca de que aquel sujeto era el actor del crimen, al que encerraron en el calabozo y después fue condenado a cadena perpetua.

Si se gastaran los caudales públicos aportados por el pueblo y que este fuera de verdad soberano y capaz de disponer de todos los medios necesarios para conseguir que no hubiera muertes fácilmente evitables, como que existiera una vigilancia preventiva diurna y nocturna por las calles y una obtención de auxilios inmediatos en casos de infartos, caídas con golpes causantes de heridas muy graves, desvanecimientos o partos inesperados, espontáneos, estaríamos en el mundo vivible al que tenemos derecho toda la ciudadanía sin distinción de clases. Pero, muy al contrario, el erario público es algo privado, maringoneado por los mandamases de la clase privilegiada. Por todo ello la voz del pueblo debería alzarse a mucha altura de belios y decibelios, para condenar tanto latrocinio y despilfarro y mandar a sus casas a quienes se lucraron de manera escandalosa, obligándolos a devolver hasta el último cobre de lo hurtado. La gente, la buena gente, está acostumbrada a permanecer en silencio soportando a los mangantes mandantes que la esclavizan. Piensan erradamente que deben obedecerlos porque, de lo contrario, lo pagarán muy caro. Pues desde la niñez, esas personas que crecen en régimen de sumisión piensan que son inferiores a sus amos de alcurnia engañosa y de estafador alto linaje.

El pueblo debe perder el miedo a la palabra liberadora de Libertad. Tiene que aceptar con alegría que está constituido por personas libres que no son siervas de nadie y mostrarse exigente a la hora de hacer cumplir sus derechos de ciudadanía no sujeta a ningún dueño que le imponga con toda desfachatez obligaciones señoriales.

Querida mía, creo que todo este conglomerado que te envío te hará sonreír burlona, porque una anarquista durrutiana como tú, no de boquilla, me dirá que el pueblo no está para gastar saliva en palabritas hueras ni para agitar por las calles banderas rojinegras, sino para tirar bombas y usar las recortadas, si bien me consta que tu máxima predilecta es la de "No envenenéis a la infancia," condenando la violencia de los adultos. Pero el mundo en que vivimos es un lugar fétido, inmundo, y también triste pese a sus juergas y algarabías desde que Abraham mordió el fruto prohibido del Edén, que no era una manzana, sino el sexo de Eva, según aseguran algunos sabihondos. A mí ese asunto me interesa tanto como saber si Jesús de Nazaret era virgen igual que su madre, es decir, no me importa nada de nada.

Pero no quiero hacerte perder tu tiempo de poeta, así que me despido con un beso y un abrazo y un puñado de versos que acaso te hagan llorar de lástima por lo malsonantes, ripiosos y estúpidos.

Canis es un perro raro.

No es como los demás perros.

No le gusta comer carne.

Le encantan los caramelos.

Merienda café con leche

y cena libros de cuentos.

La amable dueña de Canis

va a la tienda del librero.

Y allí, como siempre, compra

la rica cena del perro.

Y Canis, cuando la ve,

brinca loco de contento

como cualquier otro can

ante un plato de cordero.

¡Huy, huy cómo se relame!

Hum, qué rico. Hum, qué bueno.

Exquisito, delicioso,

como un cachito de cielo.

Pues, pese a que no me crean,

vale más que mil conejos,

mil jamones y faisanes,

mil pollos y mil carneros

y aunque sea de papel,

un solo Patito Feo,

dice Canis con ladridos,

mientras que se zampa el cuento

y se termina esta historia

también al mismito tiempo.

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