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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

César y Monchu

En la hora ya próxima de la despedida -tal vez momentánea, tal vez definitiva, que en política hasta un cura puede ser el padre de cualquiera- es menester desde estas líneas reconocer y agradecer también el trabajo desplegado estos últimos años en el Ayuntamiento de Gijón por dos jóvenes concejales. Jóvenes por la edad, no por la experiencia, veterana, en las lides del activismo social y asociativo, en el que participan casi desde que los destetaron.

Esos dos ediles que entregan la medalla consistorial y se reintegran a otras ocupaciones son los socialistas José Ramón García y César González, dos adalides de un grupo municipal al que no se le ha reconocido efusivamente dentro de su propia casa el esfuerzo derrochado. Pese a que anduvieron casi desde críos la senda inicial de "Abierto hasta el amanecer" o "Mar de niebla".

César, la cabeza bien amueblada, el orden organizado, la constancia y el rigor, toma el camino de la enseñanza: se va a dar clases a un instituto de Pravia; Monchu, el impetuoso, el hombre de acción, la mentalidad rocosa, el poste en la zona, bajo canasta, al que no mueve en sus convicciones ni un pívot grandullón ni una galerna, se buscará la vida y estará allí donde haya un entuerto que desfacer o una avería que reparar, después de tantos años de fontanería asociativa.

Sirvan estas líneas de homenaje a la labor de los concejales que, desde el PSOE o de las siglas que fueran, cumplida una etapa de su vida, abandonan el Ayuntamiento ligeros de equipaje, pero con la mochila cargada de experiencias de servicio a la ciudadanía. Hoy merece la pena darle a César lo que es de César, y a Monchu, lo que es de Monchu: justo reconocimiento.

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