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Mezclilla

Carmen Gómez Ojea

La mona sabia

El relato de Gisela, - que volvió de la muerte

Hace pocos días se reunió una pandilla de viejas amigas de colegio a merendar en casa de una de ellas, Gisela, a la que encontraron muy desmejorada y con la piel de su linda cara teñida de un color enfermizo blancuzco- amarillento. Y, como siempre en aquellos casos, Alina fue la metomentodo, meticona y entrometida que le preguntó si se sentía mal, porque no tenía buen aspecto.

Gise sonrió con un rictus amargo y le contestó con fatiga que estaba enferma, muy enferma, por un cáncer invasor, irremediable que iba a acabar con su vida en muy poco, poquísimo tiempo.

Entonces se hizo un general silencio y todas se miraron desencajadas, con caras despavoridas y ojos lacrimosos por el estado alarmante de la querida Gise al advertir la pena y consternación de todas ellas.

Pero de pronto, inesperadamente, con su jocosidad habitual, la enferma comenzó a bromear, de modo macabro, que rozaba el mal gusto, acerca de que estaba en cierto modo muy contenta, felicísima porque la enfermedad aquella la haría adelgazar hasta dejarla descarnada, solamente con el pellejo y los huesos, lo que era más que estupendo, estupendísimo, pues así podría ponerse un traje precioso y muy provocador, sin estrenar, que se aburría encerrado en el armario por causa de la talla, muchísimo más baja que la suya de elefanta.

Y a continuación anunció que iban a brindar con un vino excelentísimo por ese mal suyo para que no la hiciera sufrir y le diera sin dolor un cuerpo de modelo, para hacerse un montón de fotos antes de su partida al otro mundo que hicieran, a quienes las vieran, exclamar con admiración:

Qué tipo, qué figura. Parece una maniquí. Qué pena que se la haya llevado la guadañadora mortífera que siega sin respetar ninguna vida, desde la del rey a la del pobre paupérrimo de solemnidad.

Y a los pocos días Gisela falleció y todas la lloraron con dolor y honda pena y se quitaban la palabra de la boca para elogiarla en tono mayor que el de las otras. Sin embargo a ninguna de ellas le hizo gracia, sino irritación, que la difunta dejara escrito con su puño y letra que no quería que nadie la acompañara al tanatorio ni al cementerio, pues prefería y precisaba hacer ese tránsito en soledad, sin ninguna compañía.

Todas sus amigas cumplieron su deseo, aunque lo juzgaban un capricho que les dolía por considerar que no las apreciaba como merecían.

Y tampoco ninguna podía sospechar ni en el más fantástico sueño lo que iba a ocurrir una noche a la salida de una fiesta, cuando atravesaban un jardín y se encontraron de cara con ella, Gisela, envuelta en una túnica blanca y una sonrisa maliciosa y retadora y que les canturreaba:

La muerta está viva y coleante y ay, ay, ¡ay,

por eso sus amigas

están que trinan y muerden,

ja, ja, ja,

por saberse burladas por la gorda adelgazada,

ja, ja, ja, que las aturde

con sus carcajadas

y que como a sábanas viejas, ¡ay,

y muy ajadas las trata.

Después Gisela decidió dedicarse seriamente a hacer literatura igual que en los días de su mocedad, cuando escribió "Berenice y Marcelo" que comienza así:

"Las famélicas, los harapientos, las pobres y quienes iban por las calles con los ojos desorbitados por el frío me producían malestar e irritaciones que me hacían odiar a las mujeres de mi familia, gordas como lechonas, y aborrecer los colores rojos subidos de los mofletes del hipertenso bien cebado que era mi padre; y detestar con furia las pulseras de oro refulgentes de los rollizos brazos de mis tías, y también odiar la pitillera de platino y diamantes de mi padrino; y detestar con furor a mis primos engreídos y a mi parentela de carteras obscenamente abultadas sobre el corazón inerte y escarchado para lo que no fuera vil dinero.

En las casas de los pobres no había lámparas, solo bombillas fundidas y velas; y el papel higiénico era hojarasca de periódicos recogidos en la calle.

Allí no había tampoco libros ni una bañera. El porqué lo comprendí de pronto, como si me hubieran partido en dos y continuara, sin embargo, espantosamente viva.

En este momento recuerdo con dolor una tarde de marzo, de viento cuaresmal y locos aguaceros, en la que veo a Berenice, mi nodriza y niñera de nombre de reina, que me cantaba romances viejos de incestos, de sangre y de buenos amores, y me llamaba Monita sabia, tumbada en su cama de palo y tapada con una manta de pastor color castaña cubriéndole el cuerpo descarnado que me había dado la leche que hubiera debido ser el alimento de su sobrinito; y me emociona pensar en tanto amor e infinita ternura que me dio generosamente. Y allí estaba mi rosa roja de papel que yo había coloreado para ella con su barra de pintura de labios.

Berenice, la niñera, y el músico, Marcelo, fuisteis mis oculistas, cirujanos y guías que edificasteis con vuestras manos de pobres algo inmensamente rico en mi vida, enseñándome a mirar lejos de mi ombligo y a aprender que prójimo quiere decir próximo, cercano, tanto como el Jesús de Nazaret de los cristianos bagaudas, lejanos de los católicos, apostólicos y romanos y del papado, que viven en comunas donde no hay tuyo ni mío y las madres dan de mamar al hijo de otra madre, en el caso de que esté llorando de hambre y ella no se encuentre ocupada con otra criatura lactante. Y esta gente es cristiana debido a que, cuando era guerrera, descubrió, tras una sangrienta batalla, que en el cuello de los muertos enemigos había una cadena de la que colgaba un pez, indicadora de que eran hermanos suyos, gente cristiana que tampoco veneraba la cruz, por ser un signo de tortura y muerte romana.

Sin ti, Bere y sin ti, Marce, hubiera sido una pequeñoburguesa insoportable no de extrema derecha, pero sí de la derechuza acrítica y malsana.

Berenice y Marcelo, ahora pronuncio vuestros nombres y os doy a la vez millardos de gracias por todo el bien que me hacéis y me hicisteis y os bendigo, que para mí significa hablar bien de una persona, decir de ella que es bondadosa o, lo que es lo mismo, buena, y exaltarla porque ama a los demás como a sí misma sin distingos de ninguna clase.

Y ya termino diciéndoos que os quiere, y por eso, je, je, os aguanta,

vuestra mona redicha y no sabia.

Después Berenice se fue al otro lado del mundo a pelear contra el trabajo esclavo que mata a tanta gente esclavizada y Marcelo, al poco tiempo, se marchó allí, y me consta que son felices amando al prójimo tanto como ella y él se aman."

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