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Millas

EL TRASLUZ

Juan José Millás

Un ingenuo

Me canso, me agoto. Duermo pocas horas durante la noche y atravieso los martes y los miércoles y los jueves como el que va del dormitorio a la cocina en medio de una niebla de puré de guisantes. También la calle está borrosa por esta niebla de carácter mental. Podría

Voy a muchos lugares por mera disciplina, porque soy obediente, pero también porque espero encontrar algo que no sé qué es, aunque llevo buscándolo toda la vida. Por eso mismo vine al mundo, porque obedecí a la química cuando me indicó que había llegado la hora y las paredes del útero de mi madre (mi madre, ahora fallecida) se comenzaron a aproximar como insinuándome que me largara. Estaba yo dotado de un cuerpo flexible y de unos huesos elásticos que se adaptaban a las estrecheces del conducto vaginal, ese laberinto de una sola calle. Me planté en el mundo dispuesto a obedecer órdenes, y no he hecho otra cosa a lo largo de la vida. De ahí mi cansancio, mi agotamiento. Obedecer fatiga, te deja sin aliento, pero desobedecer te mata. A mí, sin embargo, me ha matado más obedecer, muerto estoy, a la espera de que las paredes del útero de la realidad comiencen a estrecharse y me lleven a la tumba como un muerto dócil y maduro. Aquí yace un ingenuo que vivió esperando una revelación.

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