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Susana Fernández

Susana Fernández

Ciudadanos

Carta al presidente del Principado

La necesidad de dialogar para abrir la hostelería esta semana

Durante esta pandemia el ruido político ha distorsionado a conveniencia una y otra vez la voz de los científicos, que nunca ha sido unívoca debido al desconocimiento y la incertidumbre. Quienes, como usted, actúan de forma apriorística y escuchando solo a quienes refuerzan sus teorías, impiden la gestión eficiente del conocimiento que ofrece la panoplia de especialistas. Actitudes como la suya favorecen que el miedo, exhibido habitualmente en forma de imposición o prohibición, haya conquistado el espacio en el que deberían florecer la escucha plural, el análisis y la reflexión.

Politizar esa incertidumbre, señor presidente, es imprudente e impide analizar las medidas que funcionan en otros lugares, y estudiar si son aplicables en Asturias. Obviar ese manifiesto desacuerdo entre los científicos, con un inmovilismo recalcitrante, imposibilita además refutar las afirmaciones falsas, por muy científicas que hayan sido en su génesis. Y el resultado es que se genera una enorme confusión sobre la eficacia de sus medidas, lo que reduce su cumplimiento; porque los ciudadanos, que leen y escuchan a más de un interlocutor, las acaban percibiendo como injustas, innecesarias o incompetentes.

Le recuerdo que en esta pandemia no han existido verdades absolutas. Ni las suyas ni las de nadie. Se han ido cayendo axiomas instantes después de ser enunciados como soluciones irrefutables. El virus que se moriría con el calor ha cogido fuerzas en verano, las mascarillas han pasado de ser innecesarias a imprescindibles –al contrario que los guantes–, los niños que eran supercontagiadores ya son los más inocuos, los antígenos eran la salvación y ahora pueden ser una trampa para los asintomáticos, la transmisión del virus ha pasado de ser por contacto directo a volar en aerosoles, los supuestos inmunes por haber superado el virus se han recontagiado, los cribados aleatorios iban a ser aniquilantes y se han vuelto balas de fogueo y la supuesta eficacia de su gestión sanitaria ha pasado de ser considerada un milagro a una calamidad en apenas dos meses; lo mismo que ha ocurrido en Suecia y lo contrario que ha pasado en Madrid.

Le hemos expuesto en varias ocasiones que las dicotomías son un debate falso y usted insiste en enfrentar la economía a la salud. Es demagógico hacer creer a la sociedad que tenemos que elegir porque su obligación es garantizar ambos. Tiene que dar una respuesta sanitaria a la pandemia para que la economía pueda fluir. El confinamiento y las restricciones no pueden ser tratadas como una medida en sí mismas, porque en ningún caso acabarán con el virus. Solo sirven si se utilizan para planificar, prepararse y reforzarse, cosa que usted no hizo en la primera ola y no tenemos ninguna certidumbre de que lo haya hecho en esta segunda. Veremos si a la tercera va la vencida.

Mientras tanto, miles de familias sufren con las persianas cerradas. Como un Quijote pandémico, sus molinos son los bares y restaurantes, que percibe como gigantes que traen la muerte, aunque ni la realidad, ni los datos, ni una parte de la ciencia avalen sus ensoñaciones. De nuevo la dicotomía de bares abiertos o cerrados, sin grises, sin términos medios. Por ejemplo, la presidenta de la Sociedad Española de Epidemiología, Vanessa Martínez, acaba de recomendar que no se lleven las decisiones al extremo, que los gobernantes no se centren en abrir o cerrar bares y restaurantes, sino que se adopten medidas y modelos que se adapten al entorno y propone, concretamente, la posibilidad de “sacar los bares a la calle”. Adaptarse, señor Barbón. Esa es la clave de la supervivencia ante situaciones extremadamente difíciles como esta. No cerrar los ojos o encerrarse. No prohibir, restringir o cerrar. Adaptarse para seguir viviendo.

Desde Ciudadanos le rogamos que retome de inmediato las conversaciones con los hosteleros y restauradores para encontrar una solución que les permita abrir esta misma semana. Le pedimos que abandone su monólogo prolijo y lo cambie por el diálogo. Le recordamos que quien habla mucho pierde crédito y quienes lo escuchan, esperanza.

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