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Milagro en la Ribera

Esta vez los Reyes Magos, pese a ser también astrónomos, no seguían a ninguna estrella, puesto que el paje que abría camino a la expedición se servía de un mapa en el que aparecía una Y griega como señal infalible, aunque enigmática, del lugar exacto en el que iban a rendir viaje. Se trataba de un valle situado a cinco escasos kilómetros de Oviedo, limitado al sur por Mieres, Morcín y Riosa, al oeste por Santo Adriano, una tierra de sotos y altos amparada por la sierra del Aramo, donde se erguía el famoso L’Angliru.

La caravana de los Reyes Magos se abría paso a través de un paisaje mayestático formado por peñas bravías afincadas sobre laderas de las que en primavera la lluvia y el deshielo extraían todo el verde esplendor de los pastos y el otoño las cubría de rojo y amarillo, pero en estos días de la Navidad se había establecido una niebla compacta que diluía todos los perfiles de la arboleda en una luz gris, uniforme y muy húmeda, que obligaba a avanzar despacio, casi a ciegas. El paje sabía que aquella Y griega significaba los brazos azules de dos ríos que se unían en un tronco común, pero ignoraba por qué ahora la figura de un salmón dibujada entre los dos brazos de la Y griega había sustituido a la imagen de una cabeza de turco cercenada, según constaba en otro mapa más antiguo.

Puede que en el pasado remoto este paraje conocido con el nombre de la Ribera Asturiana fuera un paraíso fértil de guisantes, de fresas, de vacas y terneros, del que habían sido expulsados sus viejos moradores; por eso los habitantes del lugar ahora andaban siempre alertados cuando veían a algún extraño merodeando por el paraje con una libreta en la mano, o armado con un trípode de topografía o bajando de algún cochazo negro con los cristales tintados. Pero en este caso no se trataba de tiburones de alguna inmobiliaria o empresa industrial que podían alterar la vida de una arcadia feliz, sino de los propios Reyes Magos, quienes por su propia naturaleza siempre traen buenos regalos. En aquel entonces obsequiaron al Niño-Sol recién nacido con oro, incienso y mirra. De estos tres presentes el incienso sería usado al instante por la Virgen para contrarrestar el hedor natural del establo. La mirra la extrajeron los reyes de un árbol mítico que, según cuenta Ovidio, antes fue una mujer, quien al transformarse en árbol comenzó a exudar de su corteza una sustancia gomosa con la que elaboran perfumes y ungüentos que servían de suavizantes con efectos medicinales. Finalmente estaba el oro, símbolo de prosperidad y de riqueza. De aquellas tres ofrendas al Niño Dios el oro se había pegado al poder del Estado y de la Iglesia como la piel a la carne. A lo largo de la historia el río del oro comenzó a fluir desde el portal de Belén en forma de cálices, custodias, mitras, báculos, crucifijos, retablos, peanas; y también de joyas, anillos, cadenas, pulseras, condecoraciones y medallas de honor. Qué clase de oro, de incienso y de mirra traían esta vez los Magos a la Ribera era cosa de saber.

A través de la niebla avanzaba lentamente la caravana y en el silencio de la naturaleza comenzó a sonar agua tumultuosa en el fondo de un acantilado. Podía deberse a la corriente del Nalón o del Caudal próximos a abrazarse. Los Reyes Magos como expertos en astronomía sabían por las señales en el cielo que el Niño Dios iba a nacer este año de 2020 el 21 de diciembre a las 11.02 horas, de modo que cuando ya estaban cerca de la Ribera, según había constatado el paje en el mapa, el misterio del solsticio de invierno ya se había producido. En efecto, el Sol ya había nacido, pero estaba oculto por la niebla.

Una mañana, de pronto, desde lo alto de la giba de su dromedario el rey Baltasar fue el primero en advertir que a la niebla que les envolvía se estaba uniendo un humo de color verde amarillo. Poco después Melchor y Gaspar también comenzaron a vislumbrar una nube de vapor que emitía una de las dos altas chimeneas que apenas se erguían poderosamente como fantasmas en la penumbra del horizonte. En seguida se hizo visible el enorme tinglado industrial de la central térmica levantada en el corazón del valle cuyo vientre alimentado con carbón no dejaba de emitir ponzoña en medio de la arcadia.

Los Reyes Magos sabían que para los habitantes del valle aquellas dos chimeneas simbolizaban el bien y el mal, que traían a la vez el beneficio y la ruina como una maldición compartida a medias entre dios y el diablo, que por un lado te da vida y por otro te mata. La térmica arruinó las hortalizas y los manzanos, pero también dio trabajo y jornales. Todo eso lo sabían los Reyes Magos, pero también sabían que el valle de la Ribera tenía un alma verde que había que salvar a toda costa para felicidad de sus moradores. Entre los tres hubo una encendida discusión de la decisión a tomar. Todo menos dejar carbón. Y menos en ese lugar. En un alto en el camino el rey Baltasar leyó a sus colegas la carta que le había escrito una niña.

Fueron quince días de niebla muy compacta. A través de ella llegaron los Reyes Magos a la Ribera el 6 de enero, en que se celebra su festividad de la Epifanía, que significa la manifestación de la Luz. De hecho, esa mañana, sin que lo anunciara la meteorología ni nadie lo esperara, amaneció un Sol Radiante, que no era sino el Niño Dios que estaba creciendo dos minutos en cada día camino de la primavera. De pronto, los habitantes de la Ribera vieron la luz del Dios Sol que les habían traído los Reyes Magos. Bajo un cielo azul en los sotos del valle se oían esquilas de terneros, todas las paneras y hórreos estaban encendidos como ascuas. Una niña que iba en bicicleta fue la primera en descubrir el milagro. La central térmica había desaparecido y en su lugar había ahora terneros, hortalizas y unos extraños frutales que exudaban el ungüento de la mirra y cuyo aroma sustituía al incienso clásico. Por lo demás, el oro era el sol que brillaba aquella mañana, la fuente de una sólida y futura riqueza. La niña cruzó en bicicleta aquel espacio gritando de felicidad por el regalo que le habían dejado los reyes ese año.

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