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Por libre

Querido maldito 2020

Despedida de un año para el olvido

Se va el año, por fin. El año primero de un tiempo maldito que merece olvido. Es grato (y necesario) olvidar a veces, aunque el año uno del dolor nos haya enseñado algunas cosas, especialmente a creer otra vez en lo necesario. Yo creo que el olvido es blanco, como cualquier modo de inocencia. Y creo que el pasado es la huella de un animal que vuela, y que envejecen mejor los días del verano, y que también las ventanas se asoman a nosotros, y que cuando yo me haya ido alguien gastará mi futuro. Y creo que me moriré como los días, al atardecer, con el sol ya caído, y que después sólo seré voz, y mirada, en unas cuantas, pocas memorias. Y que quizás ya lo he perdido todo y mis palabras son solo una oración dada al olvido, y que a estas alturas he muerto ya la mayor parte de mi vida y que antes de decir adiós quiero tener, como en aquellos días azules, pájaros serenos entre las manos y abandonarme a la gracia del silencio. Y que la vida es una inexpugnable incoherencia porque no entenderemos jamás el sistema de orden que usa el tiempo. Y que los caminos se echan, cansados, en mitad de cualquier sitio. Y que fui un niño una vez un verano. Y que a veces arde la noche y toda la esperanza.

Y que la vida es un fuego crónico, una espuma incandescente que renueva sus lumbres con un estrépito de violetas, de deseos en vilo, de iras y silencios. Y que es invierno, y que tengo en las manos un bosque de adioses y que todo sigue estando muy lejano. Y que se le han oxidado los azules a la tarde y la luz cae sobre la arena como una hoja de cobre. Y que es hora de volver porque no hay nada más que echar al fuego.

Y que no es casual que hoy, que proso estas líneas, haya tropezado con un viejo recuerdo que no se ha ido. Yo era aún muy joven la primera vez que estuve en Londres. De allí me traje (en un libro que casi nadie ha leído y que ya ni siquiera sé si escribí) un poema sobre un jardín, un parque cerrado donde el tiempo habitaba detenido. No dije entonces algo que temí decir (vuelvo a confesar que era muy joven) y que regresa hoy con el poema perdido, una inscripción hallada en un reloj: “It’s later than you think” (es más tarde de lo que crees) y que era, en realidad, un precipicio.

Hablo por mí, no tengo más datos. El pasado también se termina. Entonces siempre parece un pájaro con un dolor desconocido que ya no espera la mañana.

“Querido maldito 2020, dos puntos”. Me sería imposible encontrar un inicio distinto a este, para una figurada carta que hubiese de escribirle al año que estamos a punto de concluir. Lo cortés nunca ha de robarnos la valentía, con mascarilla o sin ella, para responder por ejemplo a quienes más bien deberían usar bozal, cada vez que abren la boca. Nunca el pan ha estado tan caro, como en estos tiempos en los que los votos cotizan en los mercados de las redes sociales.

Maldito seas, 2020; que nunca pudimos llegar a imaginar mientras comíamos las doce uvas, acompañando los últimos estertores del 2019, cargados como siempre de tantas ilusiones y de tantos propósitos como fuéramos capaces de incumplir antes de arrancar la primera hoja del calendario, que un año redondo en todos sus guarismos, podría traernos tanta desgracia y tanto dolor. Y sobre todo, tanta incertidumbre a nuestras vidas.

Maldito seas por siempre, 2020; que nos recordaste cuán frágiles somos los seres humanos, por más que algunos sigan soñando con encontrar el Santo Grial con el que alcanzar la inmortalidad. Ha bastado sin embargo un vulgar microorganismo, surgido quién sabe cómo, dónde y por qué, para darnos de bruces con nuestra innata condición mortal de aún más vulgares seres vivos. Aunque si de vulgaridad se trata, haya también quienes se lleven la palma.

Poco, muy poco bueno se puede encontrar en ti, querido maldito 2020. Me quedaría con esas personas que a pesar de todas tus zancadillas, han sido capaces de sortearlas una a una sin descanso; o que incluso habiendo sido derribados, se han levantado más fuertes y desafiantes hacia tu cruel intento de dictadura. Sería imposible enumerar aquí a todas esas benditas almas que con su trabajo diario han entregado la suya, para hacer posible a muchos más, el que esa ‘nueva normalidad’, sin llegar a ser nunca normal, pudiera ser un poco menos dura.

Así que querido maldito 2020: vete de una vez por todas allí donde no puedas hacer más daño del que ya has causado. Y bienvenido seas, 2021. En ti la esperanza de los que nos negamos a creer el que contigo podría llegar a valer más lo malo conocido. Dinos que no puede ser verdad. O mejor aún: demuéstranoslo.

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